VERDAD Y MENTIRA

            Seguimos pensando, ardua labor. La letra impresa nos sigue trayendo lapidarias expresiones que arrebatamos a su contexto para, con mejor o peor fortuna, traerlas hasta aquí como sabias ilustraciones de los frutos de esa acción que mantiene en actividad a una parte de nuestras neuronas.

 

            Esta vez buscamos una de las grandes dicotomías de nuestra humana existencia: la verdad versus la mentira.

 

            Como todas las dicotomías, el gran riesgo (¿o no riesgo?) es enfrentarse a ésta con actitud maniquea, es decir, poniendo a cada uno de sus elementos en un extremo y sin nada entre ellos; ya que podemos perder de vista los múltiples matices que la verdad y la mentira pueden llevar, haciendo del espacio intermedio entre ambas una sucesión de sombreados con intensidades escalonadas conducentes hacia una y otra.

 

            Además, ¿sabemos realmente qué es la verdad?. En un sentido absoluto conocer LA VERDAD es, posiblemente, imposible. Somos, existimos, según el prisma bajo el que “miran” nuestros sentidos sin que podamos en modo alguno asegurar que la información que nos dan sea LA VERDAD o que la manera como  interpretamos esa información nos lleve a LA VERDAD. En cualquier caso el Ser Humano se empeña en buscar LA VERDAD y por eso lleva siglos investigando. En este sentido, aunque sabemos cada vez más, conviene no olvidar que

 

            “La ciencia sólo nos da una idea de nuestra ignorancia”

(Robert de Lamennais)

 

            Por otra parte, aunque parezca evidente que

 

            “La verdad existe, sólo se inventa la mentira”

(Georges Brague)

 

            también resulta obvio que

 

            “Existe mi verdad y la tuya”

(Max Stirner)

 

            precisamente por eso que decíamos del prisma con el que miramos y porque

 

            “Nadie es como otro. Ni mejor ni peor. Es otro. Y si dos están de acuerdo es por un malentendido”

(Jean Paul Sartre)

 

            Sabedores de esto, conviene no ofuscarse en la defensa de lo que creemos verdad, porque a lo peor es sólo NUESTRA VERDAD, y acusar al de enfrente de mentiroso puede que sea inapropiado ya que

 

            “Cuando apuntes con el dedo, recuerda que otros tres dedos te señalan a ti”

(Proverbio inglés)

 

            Por este camino, nos acercamos a la comprensión de la mentira. Esto puede ser malo aunque conviene matizar. Efectivamente, hay mentiras y mentiras como hay verdades y verdades. En una de las categorías de verdad/mentira, aquella que tiene que ver con las perspectivas de cada uno, quizás

 

            “Eso que llaman verdad no es más que eliminación de errores”

(Georges Clemenceau)

 

y teniendo en cuenta que

 

            “El hombre que no comete errores, usualmente no hace nada”

(Eduardo J. Phelps)

 

y que

 

            “La mitad de nuestras equivocaciones en la vida nacen de que cuando debemos pensar sentimos y cuando debemos sentir pensamos”

(Ch. Collins)

 

terminamos viendo con ojos benevolentes las mentiras/errores de la verdad de los demás que chocan con nuestra verdad.

 

            Además, hay veces  en las que la mentira es casi nacesaria. Hay “mentiras piadosas” que parecen proteger al que las emite o, con magnífica voluntad (contraria al principio existencial de seres como el Alcestes de Molière), a quien las escucha. Porque

 

            “Hay circunstancias en las que la verdad no puede mostrar su cara descubierta”

(Píndaro)

 

            “La verdad es un ácido corrosivo que salpica casi siempre al que la maneja”

(Santiago Ramón y Cajal)

 

            Esto, sin duda, es discutible (¿No lo es todo?), otros piensan que

 

            “Con el tiempo, es mejor una verdad dolorosa que una mentira útil”

(Thomas Mann)

 

            En ese espacio intermedio en el que transita la verdad a la mentira; la mentira a la verdad, encontramos matices entre sarcásticos y absurdos:

 

            “Cuando habéis eliminado lo imposible, lo que queda, aun improbable, debe ser la verdad”

(Sir Arthur Conan Doyle)

 

            “Lo malo de la verdad es que no sea mentira alguna vez” 

(León Daudi)

 

            “La verdadera verdad siempre es inverosímil”

(Feodor Dostoievski)

 

            “La única manera de engañar que, a veces, logra éxito es ser sincero”

(Ludwig Borne)

 

            “Creo que cada uno es mentiroso a su manera; sólo es sincero el que no es descubierto”

(Susannah Centlivre)

 

            “Sin mentiras la Humanidad moriría de desesperación y aburrimiento”

(Anatole France)

 

            “Di de vez en cuando la verdad para que te crean cuando mientes”

(Jules Renard)

 

            En ese mismo límite se encuentra la peor verdad:

 

            “Dos medias verdades no hacen una verdad”

(Multatuli)

 

            “Todas las verdades que se callan se vuelven venenosas”

(Friedrich Nietzsche)

 

y la peor mentira:

 

            “Los mentirosos más nocivos son aquellos que se deslizan sobre el borde de la verdad”

(John C. Hare)

 

            Entre esas peores mentiras están sin duda las que sin reportar ningún beneficio real a quien las emite, perjudican a otros. Éstas, como quizás todas las mentiras, terminan descubriéndose, antes del perjuicio o, lamentablemente, después, al fin y al cabo

 

            “La mentira tiene las patas muy cortas”

(Popular)

 

            “Se coge antes a un mentiroso que a un cojo”

(Popular)

 

            “Una mentira nunca vive hasta hacerse vieja”

(Sófocles)

 

            Finalmente, tú, lector, como parte de esta historia, sujeto y objeto de esta dicotomía, debes reflexionar, si te apetece, sobre estas cuestiones y llegar a tus propias conclusiones, si son pausadamente meditadas y pasadas por el tamiz de la sinceridad con uno mismo, seguro que serán acertadas. Pero, ¡cuidado!, que

 

            “No hay mayor mentira que la verdad mal entendida”

(William James)

 

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