PENSAR

Pensar parece a veces difícil. Somos porque pensamos; pero casi nunca pensamos por qué somos. Fluimos de ayer a mañana a través de un aparentemente eterno hoy y la vorágine de las horas, devoradas por preocupaciones dispares, impuestas por necesidades creadas más que reales, nos impiden posar nuestra vista en nosotros mismos, examinarnos, analizarnos… en definitiva, Pensar, con mayúsculas. Recurrir a quienes se paran a hacerlo no es, quizás, lo mejor; pero no es malo. Por eso recogemos aquí algunas de esas conjeturas firmadas; ésas que nos resultan chocantes o que nos llaman la atención sobre algún aspecto que no habíamos considerado relevante; incluso, aquéllas que nos resultan graciosas o chispeantes. Todas nos pueden servir; pero ninguna tanto como aquélla que obtenemos del fondo de nuestras propias reflexiones.

 

            Y bien, parece que pensar… o mejor, pensar bien, es patrimonio de aquéllos que saben porque han aprendido; tal vez sea sólo fruto de la inteligencia, de la capacidad de cada uno y no del aprendizaje, tal vez porque

 

“Las ideas son como las pulgas, saltan de un hombre a otro; pero no pican a todo el mundo”

 

            Esto puede ser un problema pues

 

            “Si los hombres se limitaran a hablar solamente de lo que entienden, apenas sí hablarían”

(A. Graf)

 

En cualquier caso, siempre es preferible ser sincero, es un débito que tenemos con nosotros mismos y con los demás y no hay nada como aceptarse, autoestimarse. En ese sentido “viene al pelo” decir

 

“Avergüénzate menos de confesar tu ignorancia que de porfiar en una seria discusión que la haga patente”

(E. Joceline)

 

            En esa misma línea, a veces, la inseguridad respecto a los pilares que soportan nuestros argumentos, nos hacen callar y omitir nuestras opiniones, por más que pudieran aportar algo vital a una discusión y nos devanamos entre la intervención dubitativa y el silencio inconformista, cayendo en aquello de que

 

            “Hay algunos hombres que no dicen lo que piensan y otros que piensan demasiado lo que dicen”

 

            Al final, resulta, que de tanto pensar, algunos nos creemos algo tan distinto que no sabemos si somos un producto exclusivo de la naturaleza… y, ¡qué narices!, lo somos… algo irrepetible, insustituible. Pero, claro, también caemos en la tentación de dudar de nuestro equilibrio: ¿me estaré volviendo loco?. ¿Y quién sabe dónde está el límite de la locura?. ¿Hay que creer que…?

 

            “La cordura y el genio son novios; pero jamás han podido casarse”

(Amado Nervo)

 

            No, tal vez no; pues quizás la locura es una forma especial de racionalidad en la que unos cuantos privilegiados están más cerca de la verdad que la mayoría, esa mayoría que por ser distintos les llama locos, tontos, imbéciles… y se inventa sistemas subjetivos de medir esa condición. Algunos se han acercado a esa vertiente de la existencia humana y han atisbado ciertos aspectos positivos:

 

            “Ningún tonto se queja de serlo; no les debe ir tan mal”

(Noel Clarasó)

 

            “La tontería es infinitamente más fascinante que la inteligencia. La inteligencia tiene sus límites, la tontería no”

(Claude Chabrol)

 

            “La diferencia entre el inteligente y el tonto consiste en que aquél vive en guardia ante sus propias tonterías, las reconoce cuando apuntan y se esfuerza en eliminarlas, al paso que el tonto se entrega a ellas encantado y sin reservas”

 

            “Cada uno de nosotros de vez en cuando es un cretino, un imbécil, un estúpido o un loco. Digamos que la persona normal es la que combina razonablemente todos esos componentes o tipos ideales”

(Umberto Eco)

 

            La cordura, la razón, la verdad, todo es, quién sabe, fruto de nuestra particular perspectiva y nada nos asegura que los demás vean todo de la misma forma aunque nos lo parezca. La sabiduría popular nos dice que “en este mundo cruel,/ nada es verdad ni es mentira,/ todo es según el color/ del cristal con que se mira” Y sin que nos metamos en más hondos y trascendentes razonamientos, puede que nos sirva de consuelo pensar  que

 

            “En la escala de lo cósmico, sólo lo fantástico tiene posibilidades de ser verdadero”

(Teilhard de Chardin)

 

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