¿EXISTE LA VERDAD?

¿Qué es la verdad?

Es más ¿Existe la verdad?

 

Somos un conglomerado de otros seres vivos. Un amasijo de células que se unen formando órganos y tejidos o cumpliendo funciones individuales específicas. Unos organismos formados básicamente por agua y carbono.

 

Millones de años de evolución han hecho que nuestra combinación de células formadoras del órgano que llamamos cerebro sean capaces de almacenar en una biblioteca bioquímica el conjunto de sensaciones que vamos experimentando durante nuestra vida y utilizar las pequeñas unidades de información almacenadas para elaborar ideas, pensamientos originales y utilizarlos para darnos a nosotros mismos solución o respuesta a los mínimos o grandes retos que nos va presentando la vida. Y, además, nos permiten “pensar”

 

Posiblemente (Seguramente) lo que ha hecho que nuestra especie se haya convertido en lo que es, que sea capaz de pensar no sólo en las soluciones materiales directamente relacionadas con la subsistencia, sino que pueda generar ideas superiores, trascendentes, imaginativas; ha sido la capacidad de comunicar esas ideas de una manera más o menos eficaz con sus semejantes: que sea capaz de hablar.

 

Sí, hablar. En esa evolución, determinados órganos, fisiológicamente destinados a otros menesteres (respirar, morder, tragar), se adaptaron a la emisión de sonidos. Dichos sonidos, combinados adecuadamente, respondiendo a las convenciones tácitas establecidas entre los “hablantes”, nos han servido no sólo para transmitir mensajes destinados a organizar una cacería de mamuts o una migración en busca de territorios feraces, sino que, a diferencia de otros animales capaces de comunicarse de algún modo, nos ha permitido transmitir nuestras ideas abstractas.

 

Pero…

 

Pero, realmente, transmitir las ideas mediante palabras termina siendo una gran trampa. En la vida cotidiana, entre las personas “de a pie”, o en las relaciones de alto nivel entre personas que por su condición pueden influir en la vida de los demás, lo más habitual es que la palabra sea, intencionada o fortuitamente provocadora de incomprensión… y de mentira.

 

La historia está llena de casos y circunstancias que evidencian que la relación idea-transmisión-recepción-comprensión conduce normalmente a una equívoca materialización de lo que llamamos verdad. ¿Cómo entender si no, por ejemplo, que las presuntas verdades transmitidas por personajes cruciales en la historia de las ideas religiosas hayan generado incomprensiones, odios y muertes entre diferentes facciones seguidoras de unas u otras interpretaciones de la “verdad” transmitida?

 

Y no puede ser de otra forma. Cuando “construimos” en nuestra mente el mensaje que queremos comunicar lo hacemos de un modo no verbal. Partimos de nuestras sensaciones, de nuestros recuerdos, convicciones, prejuicios, imaginaciones, etc. Y, sí, trasformamos esa elaboración mental en una sucesión de sonidos asociados en palabras. En ese punto, el de la composición del mensaje, intervienen otros aspectos nada baladíes: la educación y la cultura; de ellos depende que el mensaje sea lo suficientemente preciso, adecuadamente construido y transmitido. Puestos en el mejor de los casos, ni siquiera en ése, el mensaje transmitido será plenamente identificable con la idea original… y el “problema” no habrá hecho nada más que empezar.

 

Efectivamente, la pérdida de “integridad” en la relación idea-mensaje se acrecentará como consecuencia de mil y una posibles distorsiones antes de ser escuchada por nuestro interlocutor. Pero, es más, llegado a él vuelven a actuar su cultura y educación para comprender adecuadamente o no el mensaje recibido y sus imaginaciones, prejuicios, convicciones, recuerdos, etc. para asimilarlo.

 

Así, no es extraño que la correcta comunicación de ideas y hasta de informaciones entre personas sea realmente difícil cuando quien habla y quien escucha se encuentran en planos diferentes. Y al decir “plano” no me estoy refiriendo solamente a una cuestión de cultura o de capacidad intelectual. A veces, tú, que te valoras como una persona normal, preocupado por cultivarse algo pero conocedor de sus limitaciones, consciente de no ser un dominador absoluto del sistema de signos verbales que maneja y que conocemos como castellano o español, y que procuras transmitir tus mensajes del modo más preciso posible, te encuentras con que no consigues hacer llegar plenamente tus ideas a los que te rodean y lo asumes porque sabes que para conseguirlo habría que utilizar para comunicarse algo parecido a la telepatía; pero te desesperas cuando lo que transmites no es una idea sino un hecho, cuando pretendes transmitir a tu interlocutor algo objetivo, y compruebas que él interpreta tu mensaje de un modo completamente diferente.

 

Peor es que intentes hacer entender a tu receptor un mensaje que pretendes “didáctico” y no consigas que entienda absolutamente nada. O cuando le comunicas algo relativo a una opinión tuya y él entiende de un modo diferente, o hasta contrario, dicha opinión. O incluso cuando esa opinión mal entendida queda depositada en la mente del “malentendedor” y asumida como propia de ti y transformada en una etiqueta clavada en tu frente.

 

Y con todo, no termina siendo tan malo malentenderse cuando son matices los malentendidos mal entendidos; lo realmente trágico es que a las dificultades de entendimiento generadas por todos los condicionantes a los que me he referido, se una la mentira: la herramienta más utilizada a lo largo de la historia de la comunicación.

 

Y hay personas que cuando comunican son incapaces de distinguir la verdad de la mentira, o terminan creyéndose sus propias mentiras y de nada vale, a quien cree que la verdad debe ser incuestionable y sólo, como mucho, ocultada cuando tal hecho puede producir más beneficios que perjuicios (sobre todo si es para los demás, no para uno mismo), demostrar con evidencias que las mentiras recibidas son descubiertas; el mentiroso seguirá justificando sus mentiras con nuevas mentiras…

 

Así, en determinados supuestos de comunicación resulta prácticamente imposible saber si quien te habla te está contando la verdad, si es que le entiendes mal, si es una mentira con ligeras pinceladas de verdad o una verdad adornada con mentira.

 

Y, para acabar, si dos personas que contemplan un mismo hecho, que son testigos de un mismo acontecimiento, interpretan y relatan el mismo de modos diferentes ¿cómo podemos tener la seguridad de que quien nos habla nos dice la verdad cuando nos “cuenta algo”?

 La verdad, la mentira; jing y jang; jang y jing de la comunicación humana.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: