ONCE CANCIONES

Duelen de dentro a dentro

once canciones

que mías haría

para regalarte

si no fueran tuyas

por en ti guardadas,

por ti escuchadas

de suspiros arrobada.

Si no las supiera

de contenidos ardientes

para alimentar fuegos

por alimentar fuegos

de alimentar fuegos

que hielan mi sangre.

 

Canciones perdidas

para mí para siempre

aunque sus versos,

si limpios de añoranza ajena,

habría hecho míos

para pintarte mi pena

para decirte mi anhelo

para enseñarte mi cielo

para contarte mi duelo

o pedirte sonrisa

o pedirte caricia.

 

Sólo guardarlas,

ordenando sus ecos,

es escribir, aunque sea escribirte;

es suspirar hacia unos oídos

ideas asumidas,

del todo o en parte;

es enviar en melodiosa botella

un mensaje de auxilio,

pleno de anhelos,

a salvadores alados

a salvadores bravos

a salvadores recios;

aunque, resignada,

en la propia misiva

al mar lanzada,

renuncies a ellos.

 

Despertar queriendo regalar

es haber soñado

a quién qué regalar.

 

Desear algo con lo soñado,

quizás es no saber qué querer

o tal vez tenerlo muy claro.

 

Tal vez sea sentir

la vida arrebatada

y no saber

si querer perderla

o recuperarla

mientras es arrastrada

por un dulce viento

de ternura y fuego.

O sentir querer

la vida recobrada

por sentir perderla

ahogada en su mirada.

 

Y convencer al alma

que, aunque alguna de sus alas

chille que un gesto,

tal vez una caricia

o hasta un beso,

fueron errores

prendidos en el tiempo,

no son más que la justa medida

de un anhelo.

 

Y que es digno y honesto

hasta hacer el amor,

aunque sea escondidos

por un hálito de respeto

de los ojos que no ven,

de quienes quedan,

durante unos instantes,

en el olvido.

 

Porque cuando algunas barreras

son derribadas

no es fácil volver a ubicarlas

y puede doler

no poder

volver

a beber

si el manantial,

aun sin barrera,

se aleja de algún modo

y, sintiendo la sed,

reclamar su regreso

no obtiene respuesta

y roba hasta el aire

que el alma respira.

 

Sin aire, oliendo la ausencia,

tal vez se sienta que el olvido

puede sellar la distancia,

y si la oferta de eternidades

tras el regreso

no obtiene respuesta,

el final de cada día

puede ser un suplicio

de melancolía

que desvele la vida

y haga de la noche un día

huérfano de mar.

 

Y quizás en los desvelos,

el pasado añorado,

el presente querido.

el futuro helado,

dirija al alma al refugio

del calor olvidado,

y ponga en el curso

del surco del barco

en singladura ausente,

durante un tiempo errante,

un dolorido,

añorante,

arrasado,

punto y aparte.

 

Y, al final, diez entramados

de sentidos versos

quedan conversos

en fieros tabúes

que hieren al despuntar sus sones,

tanto por su riada de ideas

como por ser un medio

por este alma torturada

utilizado otrora

y en esta hora

para decir de mil formas

aquello que siente.

Y no haber nunca recibido,

ni escrito por ti,

ni dicho con voces grabadas

recíprocas construcciones.

 

Y otro entramado,

querido,

flor de autoestima

sonando en sones

de otros lares

marca cada reclamo

de contactos celulares

que en muchos de los casos

quedan entre tus ojos

y la luminosa superficie

en la que se dibuja

un nombre

o un mensaje.

 

Y yo, que muero

en cada mirada huida,

en cada gesto displicente

en cada ausencia

en cada reproche

en cada arrebato de genio;

y vivo con renovada ansia

con cada tequiero

con cada caricia

con cada beso,

siento que muero

por no poder

yo ser

quien quiera ser por ti regalado,

con quien algo quieras tener,

quien te regale tu vida,

sin habértela robado,

quien contigo no lamente

ningún error cometido

y no necesite esconderse

para acercarse a tus labios;

siendo para ti todo,

hasta, incluso, tu amigo;

respirar tu mismo aire,

no sentir el olvido

por controlar la distancia

y, al final del día,

ponerle a nuestra vida

unos puntos suspensivos

anhelantes de más texto

escrito por nuestras manos

con tinta de universo.

One Response to ONCE CANCIONES

  1. Anónimo dice:

    Me ha encantado.

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