MÚSICA

 

Música.

Melodías… letras.

¿Por qué no puedo escucharlas sin hundirme en unas u otras o en ambas, sintiendo como propios los mensajes que me mandan?

Tal vez disfrutaría plenamente de unas u otras o ambas.

No sufriría por unas u otras o ambas.

 

Antes de la adolescencia, tal vez ni disfrutaba ni sufría por unas u otras o ambas. Escuchaba, quizás, con neuronas no dañadas por la experiencia, con neurotransmisores casi por estrenar y con los almacenes bioquímicos de la memoria casi vacíos. Sonaban aquéllos Raphael, Fórmula V, Los Diablos, Los Brincos, Pekeniques, Karina, Mari Trini, Víctor Manuel, o el totémico Miguel Ríos. Alguien me decía que The Beatles eran unos melenudos pamplineros… pero a mí me gustaban. Y, superando el primer impulso de considerarla aburrida, la clásica armonía de orquestas, cuartetos, solos de piano de los Mozart, Beethoven, Liszt… me iban atrapando en las líneas del pentagrama.

 

Pero la adolescencia, junto a, y, quizás también, por la revolución integral del mí mismo, me trajo las primeras vinculaciones de sones con suspiros. El Sol que iluminó con sus rayos hirientes ese mi tiempo me enseñó a sentir a uno de mis dioses musicales. "Mediterráneo", "Tu nombre me sabe a hierba", "Como un gorrión", "Cenicienta de porcelana"… Joan Manuel volcó en mí, con sus canciones, una eterna remembranza de sonidos exteriores, luces, olores y estremecimientos del alma.

 

Queen moduló sinfónicamente la tregua impuesta por las indecisiones y los noes, mientras Serrat seguía aderezando recuerdos y los clásicos seguían ganando terreno con todas sus vertientes: Verdi, Puccini, Pachelbel… Wagner… Brahms… Mendelsshon… ¡las interpretaciones de Pavarotti, de Carreras, de Domigo, de von Karajan…!

 

Y llegó el principio de un fin para añadir a las sensaciones de añoranza las de animadversión asociada a sonidos grabados en trances de pesadilla… ni mencionarlos…

 

El fin de un principio fue el principio de la posesión por nuevos dioses. Presuntos Dioses implicados en una fugaz historia llena de vivificación y luego de amargura por las no-respuestas, por las no-preguntas.

 

Y cuando creía que empezaba la eternidad y que las añoranzas inspiradas por letras y melodías de mis dioses se convertían definitivamente en profecías de tierras prometidas alcanzadas, once canciones hirieron mi alma y la hundieron en una agonía que, acelerada a tirones de lapidarias expresiones, ha convertido el once en infinito.

 

Ya no puedo escuchar sin añoranza, sin punzantes dardos de angustia… sin recuerdos de dulces instantes perdidos o amargos severos momentos.

 Y quisiera dejar de soñar que no puedo escuchar… y escuchar que sueño.

 

Baxuanball Ahjeoqoj

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