PERVIVENCIA

 

Existen sólo dos formas de pervivencia, que no de inmortalidad.

 

Nada, absolutamente nada, nos puede asegurar que, ni siquiera esas formas de pervivencia, nos hagan inmortales.

 

La consciencia no es más que un estado de la materia, incluyendo lo que habitualmente entendemos por energía. Pensamos porque existimos en el nivel de evolución en el que estamos y, de algún modo, existimos porque pensamos.

 

Morir supone un fin definitivo para ese conjunto de materia orgánica e inorgánica enlazada en el conjunto de nuestro ser. Como mucho, cada elemento de ese conjunto se transforma, aunque sólo sea en algo capaz de alimentar a otros conjuntos orgánicos.

 

En ningún caso nuestra pervivencia puede ser consciente, porque la esencia material de nuestra consciencia deja de existir con la muerte.

 

Por ello, sólo podemos esperar pervivir en otros organismos; que nuestra materia pase a formar parte de ellos y después de otros hasta un punto futuro impredecible.

 

Ésta es la primera posibilidad. Tal vez permitir que todo lo que en nosotros sea útil al morir sea empleado para solventar problemas orgánicos de otros o para ser transformado en algo que pueda servir a algún fin. Hasta incluso que, una vez extraído todo lo aprovechable, nuestras cenizas alimenten a algún organismo.

 

Pero la cadena en la que nuestra esencia material entraría, tal vez terminara por diluirse en la nada de eternas combinaciones.

 

Hay otra forma de pervivencia: existir en la memoria de otros.

 

Para la mayoría de los mortales, el círculo de expansión de su memoria, de su remembranza, se reduce a su familia y amigos. En la mayoría de los casos, ese círculo se irá estrechando con el paso del tiempo, no mucho, al ir muriendo aquellos que los conocieron… tal vez si en las familias se transmitiera de generación en generación el recuerdo de los antepasados propios, esa pervivencia sería más duradera; pero, ¿cuántos saben algo, tan siquiera el nombre, de antepasados suyos más allá de sus bisabuelos o tatarabuelos?… sólo aquellos cuyos antepasados están incluidos entre los más “inmortales”, los que han dejado algún rastro en la historia y son conocidos por sus hechos de un modo más o menos generalizado.

 

Sí. Tutanjamon, Alejandro Magno, Julio César, Ricardo Corazón de León, Leonardo da Vinci, Cristóbal Colón, Louis Pasteur, Adolf Hitler, Josip Stalin, Karl Marx, Albert Einstein…. todos aquellos que ocupan alguna entrada en enciclopedias son, en mayor o menor medida, “pervivientes”. Algunos estarán, claro, en la memoria de sus descendientes, pero los más “pervivientes” están en la memoria de millones de organismos murientes y estarán en la de otros muchos mientras sus hechos sean rememorados, por positivos o negativos, en el futuro.

 

¿Qué fue de los egipcios que excavaron el hipogeo de Tutanjamon? ¿Qué de los miles de macedonios que cayeron en el periplo asiático de Alejandro? ¿Qué de los miles de legionarios cuyos cuerpos quedaron en los campos de Italia, Hispania o las Galias en las campañas de César? ¿Qué de los cruzados que acompañaron al rey Ricardo? ¿Qué de los tripulantes de las carabelas de Colón? ¿Qué de los colaboradores de Pasteur? ¿Qué de los millones de muertos, judíos, gitanos o arios, producidos por la megalomanía de Hitler? ¿Qué de los millones caídos de uno u otro lado por las revoluciones inspiradas por la doctrina marxista?… ayudaron a propiciar la pervivencia del “inmortal”, pero ¿quién recuerda siquiera sus nombres?

 

Millones y millones de seres muertos… muertos… de – sa – pa – re – ci – dos. Algunos tuvieron la “fortuna” de que su nombre quedara esculpido en una lápida; aunque, con el tiempo, cualquier mirada posada en ella será incapaz de saber sobre ellos nada más que eso, su nombre.

 

¿Y cuántos murieron pensando que al otro lado del “apagón” de los sentidos les esperaba alguna forma de vida eterna?… ¡Tantos! Sí, incluso muchos de los “inventores” y mantenedores de los sistemas doctrinales que sustentaban aquellas creencias…

 

¿Qué me queda, pues, a mí?

Me queda la conciencia de que cuando me “apague” quedaré en la memoria de unos cuantos y que, en el mejor de los casos,  alguno de ellos trasmitirá algún recuerdo sobre mí que, seguramente, se diluirá con el paso del tiempo.

 

Sí, quizás “colgar” ideas como ésta, dejarlas en los almacenes virtuales de la red, sea otra forma de pervivencia… mas con la fragilidad de la propia pervivencia de las estructuras electrónicas que la sustentan hoy. ¿Conservará para siempre el servidor de hoy o el que le sustituya mañana los registros de alguien que un buen día dejó de presionar con sus yemas las teclas que transmitían los códigos binarios que componen este texto?

 

Baxuanball Ahjeoqoj

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