PERVIVENCIA DE LA MEMORIA

La tecnología nos permite hoy almacenar en muy poco espacio una gran cantidad de información. Para mí, más importante que la afirmación en su totalidad, lo fundamental es que se pueda almacenar información.

 

Pero, como decía en algún otro lugar, nada nos puede asegurar que esa información, o el acceso a ella, permanezca. ¿Será siempre posible, en el futuro, acceder a la información almacenada en disquetes, CD-ROM, HD,s,, tarjetas de memoria, “pen drives”… o cualquiera de los sistemas de almacenamiento digital existentes?

 

El ser humano comenzó transmitiendo la información por vía oral, sin más soporte de conservación que su memoria. Aquel primitivo Homo Sapiens que contaba, al amor del fuego, una y otra vez, determinadas historias, no hacía más que depositar la información en las mentes, en la memoria, de quienes le escuchaban. Ciertos conocimientos y experiencias podían transmitirse por la simple repetición de gestos: tallar un bifaz ante la anonadada mirada de un niño no era más que lo mismo, depositar información en su mente.

 

Algunos de los conocimientos, por su potencial otorgamiento de cierta superioridad sobre los demás, se fueron convirtiendo en patrimonio exclusivo de los “iniciados”; el “secreto” se podía codificar con un lenguaje simbólico especial o proteger mediante el compromiso de silencio de los integrantes del reducido grupo de “conocedores”: eran las primeras formas de encriptación y de claves o contraseñas de acceso.

 

La invención de la escritura revolucionó  por completo el concepto de transmisión y almacenamiento de información. Durante mucho tiempo, fue en sí misma una forma de encriptación de la información puesto que sólo unos pocos “iniciados” eran capaces de descifrar y de plasmar las cadenas de caracteres en las que se codificaba aquello que se deseaba conservar.

 

En este punto, la eficacia de la conservación venía determinada, en principio, por la superficie sobre la que se trazaran los caracteres del correspondiente código de escritura. La piedra, el metal, el barro cocido, la madera, las láminas de papiro trenzadas, la piel de oveja tratada, etc. eran soportes más o menos perdurables en función de su naturaleza y de la respuesta de la misma a accidentes como la erosión, el fuego o el paso del tiempo.

 

Junto a la cuestión del soporte material de la escritura, la conservación de la información y su difusión dependía también de la repetición. Copiar manualmente, una y otra vez fue durante mucho tiempo la única forma de difundir la información escrita. Así fue hasta la aparición de la imprenta que multiplicó “ad infinitum” la posibilidad de reproducción de un mismo texto.

 

Después, el paulatino crecimiento del número de individuos adiestrados en la interpretación y trascripción, en la lectura y escritura, permitió el aumento en la difusión de la información e, incluso, de la pura ficción para entretener o, subliminalmente, transmitir ideas.

 

Tratados, anales, ensayos, narraciones, memorias, periódicos… transmitían información y la conservaban guardados en bibliotecas, hemerotecas, archivos…

 

Y hoy, en la era digital, terabytes de información circulan por la red mundial, en redes corporativas o locales, depositada en servidores, en equipos locales, computadores personales, equipos móviles, unidades portátiles, discos compactos, DVD,s…  y avanzan tecnologías en desarrollo o en proyecto que permitirán almacenar aún más información en cristales de cuarzo o hasta, incluso, en soportes biotécnicos.

 

Sí, parece que la progresión en la capacidad y eficacia del almacenamiento de información nos aproximan a la certeza de que la misma perdurará. Pero, volviendo al inicio, ¿será posible que en el futuro toda esa información desaparezca total o parcialmente?

 

La historia está plagada de hechos que supusieron la destrucción accidental o, la mayor parte de las veces, intencionada, consciente o inconscientemente de su trascendencia, de inmensas cantidades de información.

 

Los millones de volúmenes que contenía la biblioteca de Alejandría fueron  pasto de las llamas en las calderas de los baños del sultán de turno, otros depósitos ardieron accidentalmente o como consecuencia de acciones de guerra, otros textos perecieron como consecuencia de la persecución específica de sus contenidos por intolerancias e intransigencias religiosas o políticas. Bastaba con anatemizar tal o cual libro, tal o cual actor y hacer con los ejemplares “malditos” grandes hogueras ante enfervorizados pirómanos del saber, de la opinión discrepante con la suya…

 

Mas, casi aún peor que la eliminación de una información es su manipulación, la amputación de aquello que no conviene, la inclusión de contenidos que conviertan el texto otrora respetado en un apañado artificio que justifique las directrices políticas o religiosas dominantes de turno. Y tal cosa ha sido realizada de un modo continuo a lo largo de la historia. Desde la eliminación a golpe de cincel de nombres de faraones de los relieves de pilonos u obeliscos, hasta la eliminación de fragmentos y la inclusión de otros en textos considerados sagrados por las religiones correspondientes.

 

Y, ahora, ¿qué?. ¿No está la red infestada de contenidos absolutamente falsos, de tergiversaciones, de malas interpretaciones, de fraudulentas copias mutiladas, modificadas al gusto? ¿No hay piratas informáticos, “háckers” y demás calaña que, con el diseño de virus, troyanos, gusanos, etc., parecen empeñados en “chupar” lo que les conviene y destruir la información de los demás? ¿No es posible que desde instituciones gubernamentales del futuro se apliquen a los medios informáticos políticas de persecución como las que sufrieron los libros? ¿Serán tan “eficaces” como lo fueron en el pasado la Inquisición o el III Reich?

 

Nada nos asegura la pervivencia de la información veraz, de la memoria ideológica, científica, técnica, histórica… Sólo nos queda la posibilidad de “colgar” opiniones como ésta en el soporte que sea y confiar en que el futuro no sea como el pasado.

 

 

Baxuanball Ahjeoqoj

 

 

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