BREVE CUENTO PARA NO JUGAR

 
 

Tenía una pequeña pelota. Una pelota brillante. Una pelota de superficie suave que cabía en mi mano. Una pelota mágica.

 Parecía sentirse a gusto arropada por mis dedos. Si vibraba levemente, yo desplegaba los dedos, botaba una vez sobre mi palma y se lanzaba al suelo.

 Un impulso físicamente imposible la hacía botar alto, muy alto; una vez, otra; siempre ante mí, de tal modo que yo pudiera seguir su trayectoria.

 Cuando estaba en su punto más alto, parecía sonreírme con un leve balanceo. Después, caía , botaba una, dos veces más y tan físicamente imposible como el impulso inicial, cuando lo esperado sería un tercer bote más corto que el segundo, un cuarto más corto que el tercero, y así sucesivamente; se quedaba pegada al suelo, como cansada, como dormida y… de pronto, volvía a vibrar y, con un nuevo impulso, subía hasta mi mano, quedando cobijada entre mis dedos.

 Mi mano percibía el calor de una especie de agradecimiento; pero también comprobaba que con cada nueva aventura de liberador vaivén de impulsos y botes, su diámetro crecía levemente.

 Llegó un día en el que vibró con más fuerza que nunca hasta entonces. Me asusté, pues no esperaba señal tan tremenda; pero confiado en su habitual comportamiento, abrí la mano esperando que cayera. Mas no fue así. El impulso inicial la lanzó hacia el cielo. Ascendía, y en su ascenso, parecía aún buscar mi mirada con pequeños balanceos. Pronto, mis ojos casi más adivinaban que veían su perfil mientras seguía elevándose. Hasta que, de tan lejos, perdí su rumbo.

 Mi mano sentía aún caliente, de su esfera suave, la piel que la abrazaba, cuando un viento helado recorrió mi espalda, subió por ambos lados de mi cuello y electrizó mi cabeza. Ya en brisa transformado, descendió por mis brazos y alcanzó las manos. La tibia sensación de la palma y de los dedos, regazo de mi pelota brillante, desapareció.

 Como loco, miraba en todas direcciones esperando vislumbrar la trayectoria descendente que sirviera de camino al regreso de mi añorada pelota; mas era en vano.

 Por fin, tras varios días, volví al lugar donde todo aquello había comenzado. De pronto, en uno de los miles de escudriñantes oteos, mis ojos avistaron un punto que rápidamente se acercaba. ¡Era mi pelota! ¡Mi brillante y cálida pelota!. Botó a mi lado; pero no se paró como tantas veces antes, siguió botando y rebotando como si no quisiera encontrar mi mano, que intentaba inútilmente atraparla.

 Había crecido de tal modo que, cuando por fin comenzó a detenerse, y su trayectoria buscó, o accidentalmente pasó, por mi mano, mis dedos fueron incapaces de abarcarla.

 Ya no podía abrigarla con mi mano y no podía abrazarla con la dos porque sólo intentarlo hacía que saltara. Por evitar que, saltando, creciera hasta al punto de hacer imposible sujetarla, sostuve con mi palma, con creciente esfuerzo, su esfera. Cuanto más crecía, menos suave y cálida se mostraba su superficie y ya no brillaba; pero yo seguía viendo en ella aquella pelota pequeña, brillante, suave y mágica.

 Ayer, dejé de ser un niño. Me lo ha dicho el manzano que florecía, el almendro que fructificaba y el cerezo ya desnudo de sus rojos pendientes. Yo sólo sé que mi pelota vibró ayer por la mañana, empezó a botar y rebotar a mi alrededor, dándome varias veces en la cara y, de pronto, se elevó desapareciendo entre las nubes.

 

Baxuanball Ahjeoqoj

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2 Responses to BREVE CUENTO PARA NO JUGAR

  1. Rosa Mª says:

    Esta vida es un juego, a veces cruel y macabro y cuando nos lo tomamos en serio es cuando más sufrimos.

  2. RosaM says:

    Muy bonito, me hace soñar.
    Un saludo.
     

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