EDUARDO MENDOZA. LA ISLA INAUDITA. VENECIA EN LA PIEL

 

Eduardo Mendoza; “La isla inaudita” Seix Barral, Barcelona, 2005

 

Fábregas, un empresario catalán desengañado de sus relaciones personales pasadas y de la actividad empresarial cotidiana, se refugia sin planes prefijados en el intrincado entramado urbano veneciano. Los hilos que le unen a la vida dejada tras la huída, van soltándose poco a poco por su propio desapego y por los avatares de la empresa que ha abandonado.

 

Durante un tiempo recibe en la retina los diversos matices de la luz veneciana; sea bajo el manto de plomizas tormentas; sea bajo el brillo reverberante del Gran Canal reflejado en las fachadas de los palacios que a él asoman. Pero, vacío de proyectos, hastiado de olores, bullicio y ausencias, se refugia huraño en la habitación de su hotel después de dubitativos amagos de regreso.

 

Su vuelta al espacio abierto de canales, callejuelas y pasajes se produce de la mano de una misteriosa mujer que, sin aparente interés ni por él ni por nada, se convierte en guía de un recorrido turístico marginal, lejos de los puntos más frecuentados. Conoce así una isla apartada, con las ruinas de una vieja ermita y un decrépito restaurante huérfano de clientes. De algún modo, su visita a la isla inaudita marca un giro en su relación con María Clara, su cicerone. La leyenda familiar que ella le va relatando le va apartando incluso del tiempo.

 

Tintes de ambigüedad temporal, religiosa y personal, mantienen perdido a Fábregas tras su inmersión en la realidad familiar, ajada, pintoresca, incluso misteriosa, de María Clara que se mezcla con la concordante realidad del vetusto palacio en el que viven. Un Fábregas ya enamorado y convencido no sólo de no ser correspondido sino. Incluso, traicionado.

 

Ese su primer contacto con el mundo personal de Maria Clara, se cierra con una caída insospechada en un torbellino de consciencia alterada. Fábregas es arrastrado por el torbellino que le conduce de nuevo al encierro, un encierro calado de pesadilla, compartido con cine enlatado en cita magnética.

 

Casi como prolongación del sueño, huérfano hasta de sí mismo, tras una fugaz y dramática presencia de María Clara, vive, entre las paredes de su celda – habitación del hotel, una furtiva historia de sexo y cariño prestado con una madura pianista. Tal vez desengañado, doliente, encuentra consuelo en un aterciopelado episodio de sus aparentemente inconexos sueños, hasta que, con la misma actitud intrascendente con la que inició su relación de piel y sábanas con Fábregas, madame Gestring abandona sus sueños y él, lejos del desfallecimiento, intenta salir de ellos.

 

Como arrastrado por la atracción de un imán, se conduce hacia el palacio de la familia de María Clara. Allí, una aristocrática reunión de rancios personajes termina devolviéndole la presencia de su ausente amada. Una vieja tradición religiosa veneciana la ha tenido como protagonista, representando el papel de imagen inmóvil de una Virgen que, lejos de ser virgen, descubre a Fábregas una maternidad, envuelta por los opacos velos de la inconfesable identidad de la mitad de los cromosomas que no aportó ella.

 

Nuevamente sin preguntas, Fábregas construye una vida nueva, convirtiéndose en marido, yerno y… padre. Un padre que escribe a su auténtico hijo, al que apenas conoce, revelándole, como implícitamente se nos trasmite, la realidad de una turbia-sincera-transguesora-dulce-carnal-espiritual historia de amor fructificada en una criatura cuya madre es su amada y su padre se adivina envestido de las más altas dignidades de la Iglesia Católica…

 

 

La lectura de la obra de Eduardo Mendoza, debo decir, me ha enganchado. Cierto es que en estos momentos de mi vida, leer se ha convertido en uno de los instantes encadenados que me hacen sentir una cierta ilusión, una ilusión que quiero amarrar con fuerza para alejar los fantasmas de su antónimo. Por ello, no es extraño que una lectura me enganche; pero en este caso creo que tanto la forma narrativa, como el trasunto argumental, como la caracterización de los personajes o la a veces subliminal descripción de la atmósfera veneciana, han calado el tapiz que envuelve mi entendimiento.

 

Y, como siempre que entre mis manos me acompaña un libro, no puedo evitar, mientras sigo el desarrollo de la narración o asimilo los conceptos del ensayo, fijarme de modo especial en algunas expresiones, oraciones, frases, párrafos, que, a veces sin ser sustanciales en la historia, encienden un pequeño avisador mental por ver en ellos, incluso fuera de su contexto, algo que define de un modo especial una actitud, una realidad, una idea… una especie de reflexión filosófica que me atrae por su contenido o por su forma.

 

No podía ser menos La isla inaudita. He aquí las que me han movido a doblar la esquina de la página para recordarme que en ella, subrayada por un bolígrafo a veces temblón por los bruscos movimientos del autobús o del metro, hay una de aquellas:

 

– Un sacerdote habla con Fábregas sobre los milagros de una santo. Observando su actitud, le dice: “En cambio usted, por lo que veo, debe de ser un agnóstico”, a lo que Fábregas responde: “Ca; ni siquiera sé lo significa eso. Yo sólo soy un adulto en pleno uso de razón que se resiste a que le tomen el pelo”

 

– Un poco de misoginia o de constatación de la credulidad andrógina: “Mi madre debió de hacerle creer inicialmente que vivirían juntos un romance corto y fogoso; en realidad consiguió retenerlo a su lado muchos años, durante los cuales vivimos a su costa”

 

– También te encuentras con retratos panorámicos: “Ninguna mujer ama al hombre con el que se casa. Pero, ¿sabe lo que me ocurrió? Que caí en una trampa idéntica en todo a la trampa del amor. Pensé: lo que ahora siento por él lo sentiré siempre: la ternura, el interés, la atracción… Por supuesto, me equivocaba… la atracción física desaparece sin que sepamos cómo. Un día la pasión nos arrebata y al día siguiente ya no es así. Las cosas no suceden paulatinamente: de repente vemos que han pasado semanas y hasta meses sin… sin efecto… ¿Qué ha ocurrido?, nos preguntamos, ¿adónde ha ido a parar aquella fantasía, aquella fogosidad? Y no hay respuesta…”

 

– Mort d’amour: “… permítame discrepar (…) como hombre de ciencia, de eso que usted llama amor” “Dicen que hay quien se muere de eso”. Más bien se aferra a esa quimera cuando se siente morir de otras causas más crudas”

 

– Al final, está claro, Carpe diem!: “Después de todo, y a la vista de lo que acaba deparando la vida, ¿no es mejor hacer un poco el indio y perseguir quimeras?.

 

– La música: “Por supuesto, la música es un arte pasajero; está en su esencia misma ser volátil. Pero es esta noción misma de creación y olvido constante, lo que me aterra: La noción de nuestra propia futilidad.

 

– Y un buen aserto para hacer un autorretrato: “Efectivamente, he vivido mi vida como un imbécil, pero ahora comprendo que no me fue dada otra alternativa y que, puesto que tampoco me será dada otra oportunidad, tanto la queja como el arrepentimiento resultan superfluos”

 Amén.

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