EL HIMNO DE ESPAÑA

 

El Himno de España

 

La polémica de una melodía y, sobre todo, de una letra

 

Los españoles no nos pondremos nunca de acuerdo (¿los españoles? ¿o los políticos españoles inflamadores de las diferencias de opinión?), aunque nuestras diferencias estén casi siempre en la superficie de lo tangible y no en el fondo de nuestra esencia. Llevamos siglos peleándonos hasta la sangre por ser pobres y no soportar a los ricos, por ser de un pueblo y pretender ser más que los del pueblo de al lado, por querer que los demás piensen como nosotros. Pero por encima (o por debajo, según se mire) de nuestra endémica enfermedad maniquea con síntomas clasistas, clericalistas-anticlericalistas y nacionalistas bulle una idiosincrasia de la que son más conscientes los que nos miran desde fuera que nosotros mismos. Y los símbolos nos han atado a nuestras diferencias, rara vez hemos estado de acuerdo completamente en alguno y nos hemos empeñado en esgrimir el preferido más que en favor de algo en contra de los que no lo comparten.

 

Necesitamos un tiempo en el que nuestros políticos descansen de enfrentarse entre ellos por vanas cuestiones de método y se centren en conciliar conceptos y, después de consolidar lo básico, se empeñen en borrar las diferencias latentes en los símbolos y promuevan el consenso definitivo sobre aspectos como la bandera o el himno, respetando la tradición histórica pero mirando en el futuro más que en el pasado. Por mi parte, tengo claro que España es una realidad que está por encima de absurdas disquisiciones y desearía que dicha realidad no fuera dilapidada por las egoístas aspiraciones de políticos de pacotilla que han elevado a la categoría de irredentos derechos, sólo materializables en la división, las legítimas aspiraciones de preservación de las identidades de los pueblos que conforman el conjunto. Y creo que los símbolos deben unir y no dividir. Lo peor es que hoy por hoy parece ser poco menos que imposible llegar a un punto de encuentro sobre tales símbolos.

 

En el caso del himno juega, en primer término, la cuestión de fondo sobre el sistema político. La Marcha Real o Marcha de Granaderos, que gana abrumadoramente por número de años de vigencia, parece vinculada, aunque no necesariamente, a la Monarquía; mientras que el Himno de Riego, por más que naciera en el reinado de Fernando VII y fuera declarado por primera vez himno oficial el 7 de abril de 1822, durante el Trienio Liberal, está imbricado en la parafernalia simbólica de la II República.

 

Visto exclusivamente en su vertiente musical, y dado su común origen monárquico, parece irrelevante la pugna y puestos a valorar las virtudes musicales de uno u otro, sigue "ganando" la Marcha de Granaderos (en 1931, el diario El Sol decía, al día siguiente del estreno del Himno de Riego como himno de la República, que "si se desecha el actual himno – se refería a la Marcha Real – no debe ser aceptado ninguno de los conocidos hasta ahora, pues son muy malos. El que ayer ejecutó la Banda de Alabarderos, convertida en banda republicana, original del maestro Esplá, es una pieza poco inspirada”)

 

Otro tema es el de la letra. La música mueve niveles de sentimientos distintos a los conceptos expresados con palabras y sólo cuando la vinculamos a éstos se hace símbolo de los mismos. La mayor parte de las letras de los himnos nacionales tienen innegables connotaciones bélicas esgrimidas como afirmación de la

identidad propia frente a otros, ya sea de la específica nacional (cual es el caso, por ejemplo, del himno de Escocia "Flor de Escocia", frente a Inglaterra) o de la liberación de sistemas opresivos o absolutos (cual es el caso de La Marsellesa). La letra original del Himno de Riego es eminentemente belicista, enmarcada en la decimonónica lucha entre liberalismo y absolutismo, por lo que su éxito debería estar descartado de pleno derecho por quienes abogan por principios pacifistas, solidarios, tolerantes… de buen talante. Otra cosa es el texto alternativo que se cantaba en los centros de enseñanza promovidos en México por exiliados españoles, bastante más suave en sus contenidos. Por su parte, la Marcha Real ha conocido distintas letras, aunque ninguna ha tenido carácter oficial. La más conocida, redactada por José María Pemán (por encargo del General Primo de Rivera, no por Franco), no tiene ninguna alusión belicista; no hay sangre, armas, lucha, vencedores o vencidos. Su pecado es haber sido amparada, que no oficializada, por el régimen de Franco y, tal vez, ese segundo verso que parece evocar el saludo fascista, por más que las alusiones a los yunques y las ruedas; al trabajo y a la paz, puedan recordar la dialéctica propia de las llamadas democracias populares entre los años cuarenta y noventa del siglo XX.

 

 Así pues, la cuestión parece ser baladí en la España del siglo XXI; pero no lo es por mor de la actual esquizofrenia política. No hay más que fijarse en el hecho de que, asumida al amparo de la Constitución la oficialidad de la Marcha Real o Marcha de Granaderos mediante el Real Decreto 1560/1997, del 10 de octubre de 1997, aún no ha sido posible llevar a buen puerto el proyecto de establecer una letra para el himno.

 

Desde la aprobación de la Constitución, ha habido dos intentos significativos. El primero fue promovido por José María Aznar que encargó la redacción a los escritores y poetas Jon Juaristi, Luis Alberto de Cuenca, Abelardo Linares y Ramiro Fonte, buscando en su elección pluralidad ideológica y territorial. Pero el proyecto no pasó de su presentación al Gobierno; la tensión política del momento y las discrepancias entre gobierno popular y la entonces oposición socialista, impedían alcanzar el consenso imprescindible, por lo que el proyecto quedó en eso, en proyecto.

 

El segundo lo ha protagonizado recientemente el Comité Olímpico Español, sensibilizado ante una inquietud popular: la sana envidia suscitada al ver y oír cómo en los prolegómenos de encuentros de fútbol, rugby, baloncesto; o en los momentos de homenaje a los vencedores en distintas competiciones deportivas, los participantes o los triunfadores de otros países se funden en un vibrante coro con los seguidores presentes en las gradas e inundan el espacio circundante con la entonación de unos versos que, aun sin entender su significado, terminan conmoviendo; mientras que los triunfos españoles deben conformarse con verse adornados por la música, alguna lágrima emocionada o un festivo "la-la-lá". Pero la tan popular iniciativa del COE, con libre participación de los ciudadanos para aportar sus propuestas, chocó con la miopía política desde que la letra elegida se filtró a la prensa. La pretensión de convertir la propuesta escogida en una proposición de ley tramitada como iniciativa popular ha quedado hasta la fecha enterrada. Leyendo los versos de la composición hecha por Paulino Cubero uno se pregunta qué es lo que no pueden aceptar la mayor parte de los españoles y qué es lo que estremece las sensibilidades de nadie. ¿Hay algo inaceptable para un liberal, para un socialista, para un comunista, para un democristiano? ¿Qué hay que no pueda aceptar un catalán, un vasco, un gallego, un madrileño? (claro que a esta última pregunta sólo podrían responder los que siendo tales se sienten también españoles; aquellos que no se lo consideran y que pretenden su exclusión de lo español, deberían abstenerse de opinar sobre lo que los españoles quieren respecto a sus símbolos)

 

Aquellos que aplastaron antes de su posible implantación la letra para el himno de España propuesta por el Comité Olímpico Español, tachándola de patriotera o que anatemizan la letra que aprendimos de niños por considerarla franquista, deberían escuchar con atención la letra del que fue himno de España entre 1931 y 1939 y que sigue siendo el que eleva, junto con el añadido color morado a las igualadas bandas de la bandera, a los defensores de lo que fue o podría ser una España republicana. Sí, el Himno de Riego es para los nostálgicos de la II República el himno de España, tildan a la letra de José María Pemán para la Marcha Real de fascista… tal vez porque no se saben ni han escuchado con atención, o leído, la letra del Himno de Riego. ¿Las invocaciones a España valen en el Himno de Riego y no en el de Pemán? ¿la palabra Patria o Nación tienen distinto valor en uno y en otro? ¿el "vencer o morir" es más pacifista en el de Riego que la ausencia de citas guerreras en el de Pemán? ¿las referencias al trabajo y a la paz en éste no tienen valor y sí la ausencia de las mismas en el de Riego?

 

Podríamos cerrar la polémica olvidándonos de Marcha Real y de Himno de Riego. Si nos guiamos por lo que más se canta en las gradas de los estadios, incluso en fiestas o momentos de reunión de españoles cuando se intenta hacer una manifestación de sano patriotismo, deberíamos entronizar a Manolo Escobar y hacer de su "¡Que Viva España!" el himno oficial (desde luego, no habría que hacer demasiado esfuerzo institucional para promover su aprendizaje).

 

Si queremos mantener unas ciertas raíces tradicionales, yo propongo un pasodoble muy popular que sirvió de nostálgico referente a los emigrantes y exiliados españoles tras la guerra civil y que no fue cuestionado por los poderes triunfantes. Se trata de "Suspiros de España", pasodoble compuesto por Antonio Álvarez Alonso en 1902 y hecho famoso por las interpretaciones de Concha Piquer o Estrellita Castro y más recientemente interpretado por El Consorcio, grupo vasco heredero de Mocedades. Quizás, la expresa mención de Dios, lógicamente del dios cristiano católico, sea cuestionable; pero nadie me puede negar su conmovedora melodía y su electrizante letra.

 

Tal vez haya que hacer borrón y cuenta nueva y componer letra y música del himno sobre una partitura en blanco; pero no alcanzo a ver cómo poner de acuerdo a los políticos (más que a los españoles en general) sobre quién compone y qué contenidos son admisibles en la letra.

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