LOS REYES MAGOS

 

 

“Mi infancia son recuerdos… “, comienza el poema de Machado. Entre esos recuerdos, ocupan un lugar especial, entrañable, las mañanas del “día de Reyes”. La magia materializaba su sortilegio cada alborada, fría fuera, cálida en el corazón, de los seis de enero de mis primeros años.

 

La invasión de la “american way of life” no había triunfado aún en aquellos años sesenta en los que ni había MacDonnalds, ni Fosters Hollywood. Papa Noël, San Nicolás o Santa Claus, sólo eran figurines de las películas hollywoodienses que no hacían sombra a mis queridos Reyes Magos.

 

Las vacaciones de Navidad traían el descanso del primer trimestre del “cole” y el comienzo de la sucesión de días con luz, olor y sabor especial. La reunión familiar de la Nochebuena, la comida en casa de la abuela el día de Navidad, el ritual de las uvas, tensa sucesión de bocados que había que hacer coincidir con las campanadas, en la Nochevieja; y la espera, la enervante espera de la “Noche de Reyes”. Suponía, sí, la inminente vuelta al colegio; pero traía los regalos. “¿Me dejarán el fuerte, el coche, el tren eléctrico?”. Uno hacía análisis del año pasado, sin mucha memoria, por si algo podía haber supuesto un borrón en la lista real, y apretaba los ojos para dormir pronto y dejar campo libre al birlibirloque. Si había insomnio, cualquier ruido alertaba sobre la proximidad de los camellos, la entrada de un paje o de un rey; pero había que quedarse quieto, si no quizás pasaran de largo. Y, finalmente, ahí estaban, habían aparecido en el salón, al pie del belén, junto a los zapatos, los brillantes paquetes…

 

Los años no pasan en balde, un “amigo” te rompe la ilusión con no sé qué milongas respecto a tus padres; pero te hace sospechar, de modo que terminas por verlo claro cuando descubres un paquete en un armario, unos días antes de que muera tu última auténtica Navidad. Esa ilusión perdida no se vuelve a recuperar hasta que, jugando un papel totalmente diferente, ves la luz que ilumina, un nuevo seis de enero, la cara de tu hijo.

 

Terminas diciéndote que da igual cuál sea la verdad si puedes ser cómplice de una maravillosa mentira, aunque tu motivación por conocer te lleva a saber todo lo posible sobre la verdad. Un buen día empiezas a hurgar en los libros buscando los orígenes de todo lo que te interesa y llegas al asunto de los Reyes Magos.

 

Resulta que la tradición sobre los Reyes Magos ha tejido una compleja historia que une en una misma madeja el Antiguo y el Nuevo Testamento…

 

Melchor (Melchior), rey de Nubia y Arabia, Baltasar (Balthasar), rey de Godolia y Saba, y Gaspar (Jaspar), rey de Tharsis y Egrisoula, confluyeron por caminos diferentes en el Monte Calvario, cerca de Jerusalén, les guiaba una estrella que anunciaba el nacimiento del Salvador. Fueron recibidos por Herodes III el Grande, rey de Judea, a quien informaron sobre su peregrinación y pusieron rumbo a Belén. Su periplo de 13 días desde sus lugares de origen concluyó en un humilde cobertizo donde se encontraba la Virgen con el Niño, a quien entregaron sus regalos.

 

Melchor ofreció oro, signo de divina majestad, en forma de una manzana esférica y 30 denarios. La manzana perteneció a Alejandro Magno y, en manos del Niño, se convirtió en polvo de oro. Los 30 denarios habían sido llevados por Abraham a su salida de Ur y terminaron en manos de la Reina de Saba que se los dio a Salomón, éste los depositó en el Templo de donde fueron robados por los árabes que conquistaron Jerusalén en tiempos del rey Roboam. Llegaron después a manos de Melchor quien los entregó a María. En el viaje de huida a Egipto, la Virgen perdió los denarios y fueron encontrados por un beduino quien se los dio a Jesús en el tiempo de su predicación. Jesús los depositó en el templo y fueron los que el Sanedrín entregó a Judas por su traición.

 

Baltasar entregó incienso, signo de divina potestad, que terminó en el Templo de Jerusalén para los sacrificios.

 

Gaspar, oscuro de piel, ofrendó mirra, símbolo funerario y de la fragilidad humana, una parte fue mezclada con vinagre y ofrecida a Cristo en la Cruz y la otra fue añadida por Nicodemo a los perfumes utilizados en el embalsamamiento de Jesús,

 

Los Reyes siguieron de lejos la vida de Jesús y, tras su muerte, acudieron juntos al Apóstol Tomás para que les bautizara, convirtiéndose ellos mismos en predicadores. Decidieron reunirse todos los años en el Monte Vaus a cuyo pie fundaron la ciudad de Sava. Melchor murió a los 116 años, ocho días después de Navidad, Baltasar, con 112 años, murió el día de Reyes del mismo año y Gaspar, con 109 años, falleció seis días después. Sus restos, depositados en Palestina fueron entregados por santa Elena, en el siglo IV, a san Eustorgio, griego que fue nombrado obispo de Milán, donde, en la Iglesia que hoy lleva su nombre, los enterró. Allí se encontraban, según esta tradición, cuando el emperador Federico Barbarroja ordenó a Rainaldo de Dassel trasladarlos a la Iglesia de san Pedro de Colonia, donde hoy se veneran.

 

Toda esta historia, con otros muchos detalles, fue recopilada por Juan de Hildesheim, prior de los carmelitas de Kassel (Alemania), en su obra Historia Trium Regum (1364-1374), reuniendo todas las tradiciones conservadas hasta entonces.

 

La base se encuentra en el Evangelio de San Mateo (Capítulo 2, versículos 1 a 12), único de los evangelistas canónicos que alude a los Reyes Magos. Mateo se muestra en todo su Evangelio, especialmente preocupado por certificar el cumplimiento de las profecías de las Escrituras  en todo lo concerniente a Jesús. Por otra parte, no pocos estudiosos creen ver un halo sincrético en esta aportación exclusiva de Mateo. Efectivamente, los sacerdotes y sabios persas de la religión mazdeísta creían en la cíclica llegada de un “salvador divino” (Saoshyant), generador de épocas de renovación. Según esta creencia, el salvador nacería de una virgen descendiente de Zaratustra y traería la resurrección universal y la inmortalidad del ser humano y, además, sería anunciado por una estrella. Quizás, auténticos sabios persas vieran un prodigio celestial no constatado históricamente y acudieran a Belén o, quizás, Mateo pretendió con su relato confirmar no sólo las profecías hebreas sino también las mazdeístas.

 

Sea como fuere, desde el texto de Mateo no vuelve a haber referencias a los Magos de Oriente hasta textos apócrifos del siglo III al VI, a los que se unió una rica tradición popular medieval. De todas esas fuentes bebió la obra citada de Juan de Hildesheim.

 

La decisión de Federico Barbarroja de trasladar los presuntos restos a Colonia, impulsó el culto a los Reyes Magos a partir del siglo XII. Procesiones y representaciones dramatizadas de la Epifanía (manifestación), se extendieron por Europa.

 

En España, las primeras representaciones semilitúrgicas se iniciaron por influencia de los monjes cluniacenses en el siglo XI, como un medio de acercar los misterios bíblicos a los fieles. En el siglo XII aparecerá el primer drama sacro en lengua castellana, precisamente, el Auto de los Reyes Magos que, con modificaciones, se sigue representando el seis de enero en la Catedral de Toledo. Posteriores composiciones difundieron por toda España una tradición especialmente enraizada en la cultura religiosa.

 

Sin entrar en valorar su existencia histórica, no cabe duda de su trascendencia simbólica en la exégesis bíblica. Su propio nombre, sea en su orginal “magusáoi” (adivinos y astrólogos) o “magavan” (el que lleva regalos), guarda un significado profundo, ya por su papel de confirmación de las profecías, ya por su protagonismo en el inicio de la tradición de ofrenda y veneración cristológica. Pero además, la tradición les ha hecho símbolos de diferentes tripletas de conceptos confluyentes en la figura de Jesucristo: las tres razas primigenias surgidas, según la Biblia, de los hijos de Noé (semitas, camitas y jafetitas),  los tres continentes del mundo antiguo (Europa, Asia y África), las tres partes del tiempo (pasado, presente y futuro), los tres estados de la sociedad medieval (sacerdotes, guerreros y trabajadores) o los tres momentos de la vida del ser humano (juventud, madurez y vejez).

 

En cualquier caso, los Reyes existen. Existen en la misma medida que existen Caperucita, Astérix, Skywalker, Goku o cualquiera de los personajes que ilusionan a los niños o quizás más. Y eso, la ilusión de los niños, no tiene precio, ni religioso ni monetario.

 

2 Responses to LOS REYES MAGOS

  1. Maria Victoria dice:

    Es verdad que siempre hay un "amigo" que te quita la ilusión, y a veces una hermana que te dice que ha visto un Madelman como el tuyo. Pero también es verdad que se recupera cuando tienes hijos solo por ver su carita.

  2. RosaM dice:

    La ternura y la erudición están presente en esta maravillosa entrada.Gracias.Feliz año para ti.Un beso.Rosa

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