SENTIDOS. OLFATO (1)


Menos mal que el ser humano huele (acción pasiva) de fuera a dentro; porque a juzgar por los indicicios de lo que sale de nuestro cuerpo, olernos por dentro sería un auténtico suplicio.

Tal vez los olores no sean en sí mismos ni buenos ni malos, ni agradables ni desagradables. Es obvio, viendo las actitudes de algunos animales, que algunos olores que para nosotros son negativos, para ellos no lo son, incluso parecen recrearse en ellos y obtener una información extraordinariamente rica de los mismos.

Bioquímica. Al fin y al cabo somos un producto bioquímico. Desde aquello que consideramos pura materia, como nuestros órganos, nuestros fluidos, nuestros huesos, nuestra piel; hasta, incluso, lo que consideramos más "espiritual", metafísico, no es, posiblemente, más que una combinación, con diferentes márgenes de proporciones, de elementos químicos interactuando para constituir células, a su vez recombinadas en diferentes "productos" que se interrelacionan para hacer de nosotros lo que somos. 

Somos conscientes de que olemos mal. Por naturaleza, nuestro propio olor no nos gusta… ni el nuestro ni el de nuestros congéneres. Combatimos nuestros olores atacando aquello que genera, en sí mismo, por su recombinación con otros elementos o por su degradación, eso que llamamos mal olor. 

Sudamos. El sudor brota de nuestras glándulas sudoríparas por todo el cuerpo. Si no lo eliminamos arrastrándolo con agua, genera olores de diferentes matices según la bioquímica del individuo y sus circunstancias asociadas a esa bioquímica básica pero cambiante. Especialmente nos desagrada el olor del sudor de axilas, ingles, perineo; aunque también, junto al mal olor del sudor, podamos emitir y nos puedan llegar los mensajes excitantes de las feromonas. El sudor de nuestros pies, combinado con partículas de polvo, puede favorecer, en función de nuestra bioquímica, la formación de colonias de bacterias que crecen especialmente entre los dedos y sumidas en la oscuridad y el calor de un pie cubierto por calcetines, medias, zapatos… Y eso huele.

"Salivamos". Segregamos saliva. Su positiva acción para facilitar el reblandecimiento de los alimentos y su previo tratamiento antes de la digestión, hace, además, que ciertos microorganismos que penetran en la boca sean atacados para evitar infecciones. Sin embargo, también sirve de caldo de cultivo a la generación de otros microorganismos o no es capaz de combatirlos. Los restos de comida, unido a lo anterior, la propia biquímica de nuestra boca… puede hacer que adornemos cada apertura de nuestros labios con un hedor nauseabundo que llega a molestarnos a nosotros mismos.

Orinamos. Fruto de la filtración realizada por los riñones, expulsamos por nuestras vías urinarias un líquido variopinto en función de nuestra alimentación y, ocasionalmente, de procesos depurativos; un líquido con diversas gamas de olores y cuyos pequeños restos en la piel o el vello añaden un toque "aromático" especial a nuestra entrepierna.

Defecamos. Digerimos los alimentos y sus restos, tras un largo viaje de más de ocho metros por nuestros intestinos, salen al exterior en una masa de diversa consistencia y color, casi siempre en la gama del marrón, y siempre con una variada y nada agradable variedad de olores. Sin más combate que el papel y por mucho que el combate sea meticuloso, la zona próxima al "desagüe" queda impregnada de restos que ayudan a completar el espectro oloroso del vértice formado por la parte superior-interior de nuestras piernas.

Eyaculamos. Machos, seguro; hembras, algunas (o quizás todas sin que haya percepción evidente por su exteriorización) En el caso de la eyaculación masculina, es obvio que el semen huele; su aroma puede ser agradable o desagradable según la percepción de cada uno, lo que sí es evidente es que los restos anidados en el prepucio y el glande, en la piel del área genital o en el vello de la misma, transcurrido un tiempo sin limpieza, y ya sea el líquido seminal o los espermatozoides en descomposición, producen un hedor característico.

Menstruamos. Las hembras de la especie "sufren" un proceso periódico en el que la bioquímica de sus órganos sexuales produce una compleja sucesión de acontecimientos que generan compuestos biquímicos que, en algunos casos, salen al exterior por la vagina. La especial bioquímica de la flora bacteriana vaginal, la producción de ácido láctico, la fermentación de ciertos compuestos, generan materia que produce olor. Y el remate del proceso que llamamos menstruación es un sangrado, más o menos abundante y duradero (3-5 días de media), fruto de la descamación del endometrio (si no hay embarazo)… y eso, huele.

A todo ello podemos unir el "adorno" que hacia nuestro exterior proporcionan otras producciones biquímicas de nuestro ser que huelen en sí mismos o ayudan a la producción de olores, aunque en su caso sea más la vista que el olfato quien los convierta en "adorno": caspa, grasa capilar, los propios cabellos desprendidos, cerumen de los oídos, mocos en sus multiformes manifestaciones (más sólidos, más líquidos, más claros, más oscuros), esputos (de una amplia gama cromática y de densidad), lágrimas, legañas, pus (en procesos infecciosos de la epidermis)…

Una variada gama de olores, la mayoría focalizada en eso que cierto humorista decía era una especie de sarcasmo divino por haber situado las cloacas en la zona de recreo.

Y nos molesta. Nos molesta por nosotros mismos y por nuestra relación con los demás. No nos gusta oler a los demás y no nos gusta que los demás nos huelan. Por eso combatimos las fuentes de mal olor con lo que llamamos higiene. Nos lavamos para eliminar los productos que producen mal olor y, además, utilizamos productos químicos especialmente tratados para evitar la producción de algunos de ellos o mitigar su olor. E incorporamos a nuestra piel otros productos químicos para generar un olor que resulte agradable. Geles, jabones, cremas, desodorantes, perfumes… las armas contra el olor propio para envolvernos en un olor artificial que resulte agradable.
Baxuanball Ahjeoqoj

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