LOS HADZA. BUCÓLICAS UTOPÍAS O PREHISTORIA ENQUISTADA

 
El número de Enero de 2010 de la revista National Geographic (edición española) incluye un artículo de Michael Finkel, con fotografías de Martin Schoeller, titulado sencillamente "LOS HADZA". Se trata de un relato que podríamos catalogar como reportaje etnográfico sobre el grupo humano de dicho nombre que habita en pequeñas comunidades en una reducida área próxima al Lago Eyasi, en la zona del Gran Rift Valley, en el norte de Tanzania.
 

Las imágenes han sido obtenidas de http://www.nationalgeographic.com.es

Los Hadza son un pueblo cazador y recolector, un auténtico salto atrás en el tiempo a las sociedades humanas del Paleolítico. Naturalmente, no se trata de un pueblo que haya permanecido completamente aislado hasta la llegada de Finkel y que, por tanto, podamos considerar un reflejo directo de cómo eran las sociedades paleolíticas. Los Hadza conocen la existencia de otras maneras de vivir, de otras formas de obtener alimentos, incluso algunos de ellos han parmanecido durante algún tiempo en ciudades o en relación con otros pueblos que calificaríamos de "avanzados" o "desarrollados"; aunque, por lo que dice el autor, no manifiestan ninguna inquietud por alterar su forma de vida en busca de ningun sistema que les permita aumentar sus recursos. De todas formas, la "contaminación" de la sociedad contemporánea llega en forma de ropa, calzado, cazuelas, cuchillos, adornos; parece que no en forma de tecnologías de otro tipo (por lo que dice Finkel, se deduce que ni siquiera un encendedor para hacer fuego)
 
En la descripción de Finkel sobre diversos aspectos de la sociedad hadza se percibe una clara admiración por su carácter natural, esencial, sencillo. Nos habla de la inexistencia de reglas, de la carencia de obligaciones sociales, de la despreocupación por el paso del tiempo, sin religión, sin miedo a la muerte. Nos dibuja una vida en pequeños grupos de unos treinta individuos que comparten lo que recolectan las mujeres y cazan los hombres. Hasta esta última división de funciones, coherente con su estado de desarrollo cultural, que lógicamente incluye la dedicación de las mujeres a la crianza y cuidado de los hijos, es tratada con indulgencia y se contrarresta con afirmaciones como que las mujeres "no sufren ninguna de las subordinaciones forzadas inherentes a tantas otras culturas".
 
En definitiva, una sociedad idílica. Así, Finkel termina diciendo "envidio a los Hadza en algunos sentidos, sobre todo por la ausencia de ataduras de la que parecen gozar. Viven sin posesiones. Apenas tienen obligaciones sociales y las responsabilidades familiares son mínimas. No están sujetos a restricciones religiosas. No son esclavos de horarios, trabajos, jefes, facturas, atascos, impuestos, leyes, noticias, dinero. Están libres de preocupaciones. Disfrutan de plena libertad para eructar o ventosearse sin necesidad de pedir disculpas, para coger la comidan que desean y dedicarse a fumar y a correr a pecho descubierto entre los espinos". Claro que no tiene más remedio que confesar "pero yo no podría vivir como ellos. Toda su existencia -tengo esa impresión- es una acampada llena de peligros. No hay un médico en kilómetros. Te caes de un árbol, te pica una mamba negra, te ataca un león, y no hay nada que hacer. Las mujeres dan a luz en el bush, de cuclillas. Uno de cada cinco bebés muere antes de cumplir un año, y casi la mitad de los niños no llegan a los 15. Tienen que soportar un calor extremo, sed y nubes de moscas tse-tsé y mosquitos portadores de malaria".
 
Finkel concluye que pasó con los hadza unos días que transformaron su percepción del mundo, diciendo que gracias a los hadza se siente "más sereno, en mejor sintonía con el momento, más autosuficiente, un poco más valiente y menos acuciado por una prisa constante". Claro, ante un impacto tan trascendente afirma que en él se despertó "el deseo de que exista algún modo de prolongar el reinado de los cazadores-recolectores", aunque reconoce que sabe "casi con toda seguridad que es demasiado tarde"
 
Y aquí vamos con el tema de fondo. Éste es uno de esos asuntos en los que resulta tremendamente difícil adoptar una postura fija sin que mostrar una opinión no te deje pensando que hay factores respecto a los que piensas lo contrario. Existen hoy en el mundo un ramillete de comunidades humanas que se han mantenido aisladas de la civilización, viviendo en sintonía con la naturaleza, sin las preocupaciones de la  vida "civilizada". Lógicamente el avance de esa civilización, el crecimiento de las sociedades urbanas, la explotación de los recursos naturales, etc. va limitando los espacios en los que ese aislamiento es posible de modo que esos grupos simplemente desaparecen, bien por la asfixia de sus modos de vida o por su incorporación. ¿Habría que combatir este hecho y preservar aisladas a estas sociedades? ¿Tratar a seres humanos como especies protegidas por estar en vías de extención? ¿O documentar mientras persisten sus modos de vida, sus rudimentarias tecnologías, etc. e integrarles plenamente? Lo que está claro es que resulta un poco hipócrita pretender que perviva un "reinado de los cazadores-recolectores" en medio de un mundo tecnológico globalizado como si con ello salváramos nuestra conciencia, tuviéramos un modelo de utopía bucólica a la que poder unirnos temporalmente sin renunciar a nuestra vuelta a las comodidades de la vida moderna cuando se nos pase el venazo naturalista. No creo que sea justo preservar una sociedad como la hadza a modo de bichos curiosos a los que visitar. Quizás, en definitiva, estas cuestiones sean una evidencia más del inconformismo con el sistema; un inconformismo siempre parcial: no nos gustan determinadas formas, ciertos condicionantes de nuestra vida, preferiríamos volver a unos supuestos orígenes naturales; pero sin renunciar a las ventajas que ese sistema nos proporciona.
 

 Las imágenes han sido obtenidas de http://www.nationalgeographic.com.es

 

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