LOS PELIGROS CÓSMICOS. I.- Nosotros mismos

 
Llevamos peleándonos desde la aparición de la civilización. Buena parte de los recursos tecnológicos, del ingenio humano, han estado al servicio de la obtención del mejor, más eficaz, más avanzado armamento para matar más, para destruir más.
 
Hemos etiquetado siempre a los demás como nuestros enemigos. Los amigos de un momento pasaron a ser los enemigos del momento posterior y con el mismo interés que juntos pusimos en aniliquilar a un tercero, nos empleamos en aniquilar al amigo de ayer.
 
Lo curioso es que casi siempre lo hacemos de forma colectiva, en función de nuestra pertenencia a un grupo. Necesitamos pertenecer a un grupo con el que nos identifiquemos, otros individuos con los que coincidamos en un conjunto de principios básicos; los otros grupos son enemigos… aunque a lo mejor, si nos parásemos a entender sus principios básicos, nos daríamos cuenta de que no difieren de los nuestros.
 
Durante buena parte de la historia, la obtención o el afianzamiento de la obtención de los recursos económicos, inicialmente de los alimentos, ha sido la razón de los enfrentamientos. "Aquéllos han tenido buena cosecha y nosotros no. Si no comemos moriremos… antes que morir nosotros matémosles a ellos y quitémosles la cosecha"
Al menos entonces el motivo era directo y compartido por convencimiento propio; después, cuántas veces las auténticas razones, conocidas por los que gobiernan, han sido ocultadas a los combatientes, convenciéndoles de otras trascendentes razones.
 
Pero sin duda una de las razones más esgrimidas como motivación para la eliminación sistemática de los demás ha sido la religión, algo fundamentado en cuestiones de imposible demostración, precisamente por ello ideal para que quienes esculpen sus principios convenzan a los "creyentes" de cualquier cosa.
 
Y seguimos sin enmendarnos. Por mucho que hayamos avanzado en el conocimiento del cosmos, seguimos en manos de interesados manipuladores de la opinión de los grupos en los que nos compartimentamos que, si en ello se empeñan, convencerán de la necesidad de morir matando ("curiosamente", casi ninguno de los "convencedores" se han puesto nunca al frente de sus huestes lanzadas al combate).
 
Obviamente, pues, el primero de los grandes peligros a los que nos enfrentamos en esta nave llamada Tierra en la que viajamos somos nosotros mismos.
 

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