LOS PELIGROS CÓSMICOS. I.1.- Nosotros mismos. La Guerra

La guerra.
La importancia del concepto "guerra" en cualquier lengua, la trascendencia de su contenido significativo, los conceptos asociados, hacen de ella uno de los "pilares" de la civilización, por muy lamentable que sea.
Arthur C. Clark, en 2001: una odisea en el espacio reflejó de un modo a la vez lúcido y cruel el posible punto de inflexión, el antes y el después, la puerta hacia la interminable sucesión de guerras. Un grupo de homínidos defiende ante otro grupo su pequeña charca de agua. Lo hace con gritos y gruñidos. Después de un intercambio de aspavientos el otro grupo se aleja. No ha habido ni siquiera aproximación entre ambos grupos, ni el más mínimo roce físico. Pero la "iluminación", en forma de basáltico monolito, llega a un grupo de homínidos que, tras "tocar" esa especie de árbol de la ciencia, "descubren" que el uso de los huesos de animales muertos para golpear a otros animales les proporciona nuevos alimentos… ese mismo grupo, en nuevo enfrentamiento por el "control" de la charca, logra hacer valer sus "razones" ya no sólo con gritos y gruñidos sino matando a golpe de hueso al líder del grupo opositor…
 

Huesos, piedras, flechas, lanzas, espadas… trabucos, espingardas, cañones, escopetas, rifles, ametralladoras, granadas, minas, bombas… miles de años de continuos progresos en las técnicas y tecnologías para matar.
¿Hacen falta motivos?. Siempre los ha habido. Reales o encubiertos. Ya podía ser la obtención de los recursos alimenticios necesarios para subsistir a costa de los demás; ya el afán por controlar las fuentes de obtención de dichos alimentos; ya el afán expansionista; ya la guerra santa contra el no fiel a la fe de este lado o del otro; ya un mal gesto de un rey a otro; ya el supuesto rapto de la mujer más bella, esposa a la sazón de otro rey; ya la guerra preventiva; ya la guerra defensiva; ya la guerra de salvación. ¿Habrá existido una docena de días sin guerra en ninguna parte del mundo?
Puestos a batallar, el valor de la vida deja de cotizar en bolsa. Los directores de la película (salvo honrosas excepciones, siempre en retaguardia) lanzan a sus huestes a morir matando tras la enfervorizada arenga de turno, cargada de poéticas alusiones al valor de la vida entregada por una causa siempre justa (¡Fratres! … mantened la formación, permaneced a mi lado. Si os encontráis solos, cabalgando por verdes prados, la cara bañada por el sol, no os inquietéis, ¡estaréis en el Elíseo! ¡Y habréis muerto!). Ebrios de grandilocuentes principios (Patria, Fe, Bandera, Clase, Hambre, Pueblo), con las ataduras de la cordura desanudadas por el odio y por el miedo, los "curritos" de la guerra atizan mandobles, clavan, acuchillan, golpean, empujan, pisan, aplastan, disparan… cortan cabezas, abren abdómenes desparramando intestinos, cercenan miembros, rajan cuellos… la sangre salpica, empapa ropas, baña las armas, su sabor y su olor lo envuelve todo… gritos de rabia, de empuje, de pánico, de dolor… ruido de armas chocando, de disparos, de explosiones que revientan cuerpos salpicando fragmentos humanos por doquier… y, después, silencio… un silencio tachonado de ayes heridos… y muerte… kilómetros de muerte… milenios de muerte. Orejas, cabezas, "cabelleras"…: trofeos de victoria o muescas contadoras de víctimas.
¿Los vencidos?. Mejor morir en el combate o convertirse de inmediato en una res (siempre mejor tratada). La esclavitud, el mejor mal tras la derrota: fuerza de trabajo para el vencedor, gasolina de la civilización. Tal vez espécimen para sacrificar a alguna divinidad. Tal vez simplemente ejecutado: fusilado, degollado, empalado, descuartizado…
Muestras del salvaje ensañamiento con el vencido salpican la historia.
¿Y los "daños colaterales"? Hoy, tiempo de la "guerra civilizada", se llama así a los daños sufridos por la llamada población civil… porque ahora se supone que los que está autorizado matar son los soldados… antes no había distinción, se guerreaba contra "los otros", fueran armados o no. Mujeres violadas, vejadas, vilipendiadas; ancianos y niños masacrados.
 
Si ya resulta trágica la guerra por el enfrentamiento entre pueblos distintos, ¿cómo catalogar el enfrentamiento entre pertenecientes al mismo pueblo?. Aquí, las razones son incluso más poderosas que las que justifican la guerra contra otros; suelen estar cargadas de poderosos principios ideológicas. Las revoluciones, las guerras civiles amplían el horizonte del ensañamiento de humanos contra humanos. ¿Qué es una revolución sin limpieza selectiva, sin "depuración"? ¡Hala!, ¡que rueden cabezas!, ¡juicios sumarísimos…o, ¿qué digo?, ni falta que hace un juicio! ¡a por el traidor, el enemigo del pueblo, el contrarrevolucionario!
 
 ¿Y qué decir de las limpiezas étnicas? Pertenecer a una determinada "comunidad genética" puede encumbrar a la categoría de superhombre a los que forman parte de la comunidad dominante y condenar al exterminio al que tiene la desgracia de nacer en el grupo equivocado en el momento inapropiado… millones de muertes por un matiz de color en la piel o una nariz más grande.
 
¿Y qué decir del potencial destructivo de las armas modernas? No se las llama "de destrucción masiva" porque incorporen el 16% de IVA. Sean armas nucleares, sean gases, sean armas biológicas, la capacidad exterminadora es enormemente mayor que la de aquel hueso…
 
Sí, probablemente somos el mayor peligro cósmico para nosotros mismos.
 
 

 

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