A VUELTAS CON LA RELIGIÓN

 
La libertad de pensamiento es uno de los derechos inalienables de la persona. En la práctica es imposible cercenar este derecho, en tanto en cuando las ideas se mantengan encerradas en los límites del individuo. Es otro de esos derechos inalienables el que da sentido a cualquier tipo de presión sobre el primero: el derecho a expresar libremente las ideas. La libertad de expresión es, en este sentido, un derecho complementario del derecho a poder pensar libremente y, por otro lado, la base para la difusión de las ideas de unos o de otros individuos y que así puedan ser compartidas y valoradas por los demás.
 
Pensar es algo consustancial con el ser humano; pero durante la mayor parte de la historia ha sido algo sometido a la vigilancia del poder establecido, siempre preocupado por mantenerse, sobre la base de un sistema de ideas diseñado precisamente para ese fin.
 
La religión es un sistema de ideas. Inicialmente, no es más que un conjunto de razonamientos, casi siempre dramatizados, que pretenden dar una respuesta a las grandes preguntas de todo ser pensante: ¿Qué soy?, ¿Por qué?, ¿Para qué?, ¿Cómo?, ¿Cuándo?, ¿Dónde?
 
La observación de la naturaleza mostraba al ser humano un conjunto de fenómenos para los que no había más explicación que la intervención de fuerzas sobrehumanas capaces de crear y destruir. Por otra parte, el nacimiento y la muerte, inaprehensibles; debían estar controladas de algún modo por la voluntad de esas fuerzas. Y, además, algo debía de vigilar el comportamiento de los seres humanos para premiar o castigar en función de sus conductas, visto que los propios seres humanos eran incapaces de hacer valer una auténtica justicia (jamás). Y como tendemos a personificar no era difícil llegar a materializar todas esas ideas en una o varias figuras a las que colgar el cartel de "DIOS"
 
La religión, cualquier religión, incluye una cosmogonía y un corpus moral. Éste, más complejo o más sencillo, es el conjunto de normas éticas cuyo cumplimiento asegura el beneplácito divino y, en consecuencia, la salvación, la vida eterna, el nirvana. Es en este ámbito en el que se concentran las armas para el control de los comportamientos y las actitudes. En principio, nada malo si de lo que se trata es de canalizar, ordenar, proteger… lo malo es que la tentación de utilizar la norma para asegurar el control ha sido por lo general imposible de evitar.
 
Religión y política han ido casi siempre de la mano. El poder político se ha servido de la religión para imponerse y la religión se ha amparado en el poder político para imponer su doctrinacuando no han sido una misma cosa. En todo caso, se ha tratado de una alianza interesada, encaminada a dominar a los ciudadanos.
 
Y lo peor de todo es el exclusivismo. Fomentado por el poder religioso o político, el convencimiento de ser los únicos poseedores de la verdad y la demonización de cualquier otra religión ha sido fundamento de odios, guerras y muertes.
 
Los principios doctrinales de la religión suelen constituirse en pilares inamovibles frente a los que no cabe la más mínima duda, porque la simple duda es ya un ataque a la esencia de la propia doctrina. Cuando la experiencia y el análisis de los fenómenos va encontrando explicaciones a las preguntas ancestrales, la religión, en principio, reacciona como lo haría un erizo, cerrándose sobre sí mismo y erizando sus púas para dañar al presunto agresor.
 
La ciencia, especialmente en los cuatro o cinco últimos siglos (con honrosísimos precedentes), ha ido arrinconando a la religión como fuente de explicaciones cosmogónicas, de modo que las religiones organizadas, con una estructura jerárquica de su "aparato" dirigente, han tenido que hacer encaje de bolillos para mantener sus principios, recurriendo a la interpretación simbólica de sus escrituras sagradas allí donde tiempo atrás exigían la creencia literal; o incluso acudiendo a un esoterismo de claves arcanas presuntamente codificadas en mensajes rocambolescos (pasando primero por una resistencia acérrima a reconocer la evidencia científica, perseguir a sus formuladores y sus formulaciones escritas e intentar eliminarlos, a veces con argumentos tan poderosos como la hoguera)
 
La diferencia entre la ciencia y la religión es que la primera se fundamenta en principios empíricos, fruto del análisis, de la experimentación, siempre con la disposición a la revisión; mientras que la religión se basa en principios metafísicos; en creencias inamovibles no en evidencias.
 
Las sociedades contemporáneas desarrolladas incluyen en sus sistemas legales como algo consustancial con su definición como sociedad el respeto a la libertad de pensamiento y a la libertad de expresión. Como prolongación de dichos principios permiten que cada individuo profese la religión que considere oportuno o que no profese ninguna, y regula la libre manifestación de esas creencias en la medida que mantenga el respeto a los restantes derechos fundamentales. Incluso, algunas de dichas sociedades desarrolladas regulan la enseñanza religiosa en la escuela pública, tomando en consideración la confesión mayoritaria entre su población.
 
La religión proporciona hoy en día un sustrato ético-moral; pero nada que no pueda proporcionar una educación ético-moral puramente cívica y laica. Y, desde luego, aporta unas explicaciones cosmogónicas que caen por su peso ante la demostración científica.
 
Tal vez los poderes políticos de estas sociedades estén excesivamente preocupados por las consecuencias de una paulatina limitación de la "mentira piadosa". Teniendo en cuenta que ese poder político emana en muchos casos del propio sustrato religioso, el asunto se antoja aún más difícil. Y a la vista de las reacciones que se producen ante cuestiones nimias en cuanto se toca por los pelos el asunto religioso… No hay más que recordar la que se montó en los ámbitos musulmanes cuando Salman Rushdie publicó sus Versos Satánicos, o cuando un humorista danés publicó un chiste sobre Mahoma. Y no digamos en el mundo católico ante pretensiones laicistas de cualquier tipo, como, por ejemplo, el hecho de que se ofrezcan alternativas a la enseñanza de SU religión en la escuela pública, como si debiera mantenerse su obligatoriedad.
 
No tiene sentido que en sociedades en las que se ha superado (aparentemente) la irracionalidad de imposiciones de conducta se tenga que consentir cualquier forma de manifestación externa de religión alguna si supone una merma de cualquiera de los derechos sociales conquistados.
 
Es evidente que el futuro de la Humanidad no puede estar en manos de la religión. El conocimiento, la razón, el saber, informan más sobre la Verdad que especulaciones de birlibirloque que hay que creer porque sí. Por ello, el gran reto del futuro es lograr que los seres humanos no necesiten los salvavidas de plomo que les proporcionan las religiones. Que asuman que los dioses inventados a imagen y semejanza de los hombres no están detrás de cada uno de sus actos; pero que éstos deben ser moralmente correctos, simplemente por respeto al resto de los seres humanos ¡Difícil empresa!
 

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