CUANDO LOS COMIENZOS NO VAN AL PRINCIPIO

José Luis Sampedro; “La estatua de Adolfo Espejo” (1939) y “La sombra de los días” (1947),

Círculo de Lectores, Barcelona, 1996

Círculo de Lectores publicó en 1996, en un mismo volumen, las dos primeras obras literarias de José Luis Sampedro.

 

La estatua de Adolfo Espejo pasó de su mente de 22 años al papel en 1939 y quedó guardada en una carpeta a la que el autor identificó con la palabra “Palotes”, aludiendo a los primeros trazos del niño principiante en la escritura (como destreza), en la que desde 1935 guardaba sus iniciales aproximaciones a la Escritura (como arte) Esta primera creación narrativa con entidad de novela fue hurtada por el autor de forma intencionada al conocimiento general hasta 1994. Según él mismo argumenta en el prólogo a la edición de Círculo de Lectores por una modesta prudencia, considerándola sólo una especie de ensayo, de entrenamiento.

 

La sombra de los días, escrita en 1947, consiguió un accésit en un Premio Internacional de Primera Novela; pero el contrato de publicación que llevaba aparejado no llegó a cumplirse.

 

En 1994 ambas obras fueron finalmente publicadas… los comienzos de José Luis Sampedro como novelista vieron la luz pública cuando él alcanzaba los 77 años, 55 después de escribir la primera de ellas.

 

 

La estatutua de Adolfo Espejo, nos presenta a un joven que, recién acabada la adolescencia… y el bachillerato, vuelve a Melilla desde el internado religioso en el que ha permanecido realizando sus estudios. Más que él las protagonistas son las sensuales mareas que acarician o golpean, según sus intensidades, las orillas de su carne recién llegada al mar tras la adolescencia transitada con las ojeras del internado: desde las furtivas miradas y electrizantes contactos superficiales con una joven en el compartimento del tren, esos que se sienten como tales de piel adentro y no se sabe si son sentidos como tales de piel afuera, hasta las voraces mareas de la sensualidad alquilada.

 

 

La sombra de los días es una sucesión de descripciones, de sentimientos, sobre un protagonista ausente, Antonio Castillo, muerto durante la guerra, al que rememoran cuatro de sus ocasionales compañeros de singladura por su corta vida: un camarada del frente, un amigo de la niñez, otro de la juventud y una mujer, desveladora de los velos del amor en su adolescencia.

 

 

La calidad de los dos relatos, tanto en la técnica narrativa como en el argumento y la definición de los personajes, es incuestionable, pero me cansa el excesivo uso de adjetivos.

No me han enganchado ninguna de las dos historias, por más que haya sentido algunos pasajes como salidos de experiencias y sensaciones propias.

 Con todo, me ha gustado la forma introspectiva de la primera y la estructura “multispectiva” de la segunda.

 

 

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