VUELVE LA NÁ-VIDAD. NAVIDAD, NAVIDAD… LA P.M. DE LA NAVIDAD (Sit!, Merde!)

Cada vez me revienta más esta temporada del año.

Si ya de por sí las manifestaciones sociales asociadas a festividades con contenido religioso me empalagan (y en algunos casos me producen náuseas), las de ahora colman el vaso de los despropósitos y me asquean hasta el extremo de querer desaparecer de la nómina de la empresa Humanidad Ltd.

Resulta que ahora a todo el mundo se le llena la boca de “¡Feliz Navidad!”, desde el jefe que pasa de ti todo el año (o sólo se acuerda para colocarte los más pútridos marrones, lo que se conoce como “el brownning“); pasando por el compañero, que te ignora cuando no te apuñala (más que por la espalda, a tus espaldas); y terminando por el que tienes debajo de ti en el organigrama laboral, que habitualmente defeca en toda tu familia (en sentido figurado, se entiende). Y yo digo que ¡maldita sea su estampa que sólo me desean felicidad para un día del año ¿¡Y los otros 364!?

Ya, bueno, los hay que, además, más que nada porque va en la misma frase hecha, te desean un “Próspero Año Nuevo”, lo que estaría bien si no fuera porque es tan hueca como la anterior frase-deseo. Todo es consecuencia de la oblgación del uso social y de esa especie de euforia incontenible que parece contagiarse con rapidez en estas fechas (será la perspectiva de comilonas y bebelonas o los efectos de las que ya van en marcha)

El aspecto comercial no es menos vomitivo. Ya sé que de algo tienen que vivir los comerciantes, pero ¡cómo explotan el tema de las cenas y comidas navideñas (los precios se inflan como globos) y cómo timan a Papá Noël y/o a los Reyes Magos!

La televisión se llena hasta las trancas de anuncios de cavas, turrones, dulces navideños, juguetes… A los niños les inundan el cerebro con las maravillas del juego Tal o la muñeca Cual, de series y películas estomagantes (made in USA) con Santa Claus como protagonista directo o indirecto; y a los mayores con “impactantes” historias sobre la solidaridad humana despertada por los “profundos” sentimientos navideños, cuando no teñidas de la misma “magia”, con santaclauses de todo tipo.

Y venga el asunto de los repartos de intereses familiares. Que si cenas en casa de; que si X viene a casa a cenar… que si Fulanito se mosquea porque te vas a casa de Zutanito… ¿Vamos, un asco!

Dan ganas de montarse en un taquión (si es que existen realmente) y volver cuando todo haya pasado… ¿qué digo?, mejor ni volver.

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