COMER O NO COMER, HE AHÍ LA CUESTIÓN

Los aspectos ridículos de las religiones son incontables. Uno de los que llaman la atención es el de las prohibiciones referentes al consumo de determinados alimentos, ya sea de modo temporal o absoluto. Cristianismo, especialmente catolicismo, judaísmo, hinduismo e islam tienen a este respecto sus particulares recetas.

Los católicos practicantes, si quieren mantener sus “puntos” del permiso de circulación que conduce al paraíso deben abstenerse de comer carne los viernes de Cuaresma; bueno, no toda la carne; porque sí se pueden comer un pedacito del cuerpo de su divino fundador después de que un sacerdote materialice en la misa el birlibirloque de la transubstanciación y haga que una torta de harina sin levadura se convierta en la carne de Jesucristo y una copa de vino con unas gotas de agua pase a ser la sangre del “Hijo de Dios” (siempre que hablo de esto me viene a la cabeza aquello de El Milagro de P. Tinto: “Vale que sean tres personas; pero que una sea paloma… es que no lo veo”; así como lo de la fabricación de las obleas por el P. Tinto “original” que, tal como dice el padre Marciano, se pasó la vida repartiendo hostias y se murió deseando haber repartido alguna que otra hostia más…)

Los judíos siguen una estricta regulación respecto a qué se puede comer y cómo debe ser obtenido y tratado el alimento. La torá es la base para el establecimiento del llamado cashrut, reglas que determinan qué se puede y qué no se puede comer; los alimentos que cumplen con los preceptos son alimentos casher o kósher. Hay animales impuros por definición como el cerdo (¡ay los bocatas de panceta!), caracol ((a mí, particularmente, sólo me va la salsa), calamar (¡bocata de calamares!… ¡marchando!); pero hasta los puros pueden terminar no siéndolo si se sacrifican de modo inadecuado: en determinado momento, con ciertos utensilios… Además, deben ser desangrados… bueno, un coñazo que afecta también al uso de la sal, a la elaboración del vino o del aceite… así, claro, en las sociedades industrializadas con una cierta presencia judía (Israel, claro, Estados Unidos…) a los productos de venta en supermercados se les suele incluir en el envase, además de las informaciones nutricionales o sobre caducidad, la mención expresa a su condicón casher – kósher.

Los musulmanes, de acuerdo con la ley islámica (la sharia) y conforme a lo que expresa el Corán califican a los alimentos impuros como halal (aunque, en principio este término se refiere a cualquier práctica correcta en el marco del islam), siendo los preceptos muy parecidos a los judíos.

Los hindúes, por su parte, consideran sagradas a las vacas con lo que no se las puede sacrificar ni consumir su carne. Nada de chuletones, solomillos o entrecot.

Las razones que amparan en cada caso la determinación de lo que se puede comer o no, son en principio puramente metafísicas, adjudicándose a la revelación y al mandato divino. Nada de razones referentes a sus posibles efectos perniciosos en el organismo humano tras su ingestión.

Vale que cada uno coma lo que le venga en gana; sea porque le gusta o porque se lo manda su religión y haga cada cual de su capa un sayo con lo que le nutre y con los sabores que se pierdepero no toquen las narices. Vale que si me voy de viaje a Arabia Saudí me tenga que conformar sin comer unos buenos tacos de jamón ibérico o una correctamente “tirada” sidra. Vale que si me voy a la India no puede pedir un filete de ternera. Pero que no me venga a un país cuya legislación es laica (o al menos eso dicen) un fanático patán de ninguna religión a decirme que le ofende lo que yo como…. ¡o hasta que hable de lo que como!… ¿le digo yo lo que tiene que hacer?…pues si alguno se ofende porque digo que me relamo con buen chorizo de Cantimpalos o con un jamón de Trevélez, que le den morcilla (perdón, que la morcilla es “súper haram” y “súper no kósher”, porque además de proceder del cerdo está hecha con sangre)

Si es que es verdad, la religión es el opio del pueblo, no deja razonar y a lo único que conduce es a enfrentar a la gente por estupideces.

Amén.

Entre cot y cot, sin lechuga

¡Ooooh! el jamón, jamón, jamón... jamás jamarás jamón como lo jamas aquí

Sí, sí-dra

Y la morcilla... de Burgos

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