CELEBRAR EL AÑO NUEVO

Hay diversas formas de celebrar la entrada del nuevo año (del calendario gregoriano; año regular internacional).

Hay un buen número de personas que asocian las primeras horas del año al grito, la música a todo volumen, el baile y, sobre todo, el alcohol. Parece como si sólo una buena melopea, de esas que le hacen a uno perder la conciencia de la realidad, fueran capaces de llevarles de la mano a los parajes del nuevo año. Lógicamente, caídas las barreras puede caer cualquier cosa. El aguante tiene sus límites en función de las personas en cuestión y del tipo y cantidad de sustancias ingeridas; pero al final, todos terminan entregándose a Morfeo, no al de Matrix sino al dios del sueño: puede ser sobre la hierba de un parque, en un banco, en una cama desconocida o en la propia. De esta manera, el año, comenzado como si hubiera que VER todas sus primeras horas, continúa en las primeras horas del día (horas de día, de luz, de sol) con las persianas oculares bajadas; y continúan con el malestar propio de la correspondiente resaca. Bueno, es una opción.

Hay otras personas que se quedan embelasadas con las maravillosas programaciones de televisión; normalmente un refrito de actuaciones musicales grabadas. Hasta quien se pone a practicar el sano deporte de los juegos de mesa. Vamos, que hay de todo.

Para aquellos que no trasnochan demasiado, una de las formas más “cultas” de celebrar el inicio del año es contemplar el Concierto de Año Nuevo de la Orquesta Filarmónica de Viena que tiene lugar en la mañana del día 1 de enero en la sala del Musikverein de la capital austríaca. Las composiciones de los hermanos Strauss y de Johann Strauss padre llenan la hora larga del Neujahrskonzert, que viene celebrándose desde 1941  El concierto finaliza con la interpretación de El Danubio Azul, que desde hace unos años incluye la intervención en directo de bailarines, y por último con la Marcha Radetzky, en la que el público presente en la sala interviene con sus palmas.

Hoy, la sala estaba llena como siempre, con espectadores apostados casi en cualquier posible rincón. Y hoy me ha llamado la atención la imagen cosmopolita que mostraba el auditorio. Aunque los atuendos fueran todos muy occidentales, lo que quedaba especialmente patente en el caso de los hombres, la tez y los rasgos de los epectadores revelaban sus variopintos orígenes: orientales, árabes, indostánicos… Pero claro, la entrada en el Musikverein no es gratuita… no hay demasiadas localidades… así es que es de suponer que allí está lo “mejorcito de cada casa”. En la expresión de algunos se atisba la satisfacción por contarse entre los privilegiados que sientan sus posaderas en la sala… ¿y detrás?  Pues a mí (no sé por qué hoy y no otros años) me venía a la cabeza la inmensa cantidad de personas de los países de los que esos privilegiados provienen que no han oído siquiera hablar del concierto y por cuyas mentes no pasa la posibilidad de adquirir una localidad porque bastante tienen con poder subsistir cada día; y también me asaltaba la pregunta sobre si las fortunas personales de los presentes proceden todas del trabajo y el esfuerzo…

Sala del Musikverein

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