DE TEMBLORES: YO SÍ QUE TIEMBLO, PERO DE RABIA.

¡QUÉ ASCO!

Menos mal que hoy en día existe este ciberespacio en el que cualquiera puede escribir y puede buscar fuentes de diverso corte para informarse, para saber de las opiniones de los demás. No me extraña que haya determinados sectores políticos a los que les provoca urticaria: la LIBERTAD con mayúsculas molesta a los que quieren diseñar la libertad de los demás, a los que se empeñan en adoctrinar a la gente diciéndoles lo que debe pensar y creer, lo que pueden o no compartir con los demás…

Gracias a que uno puede colgar vídeos, escribir entradas en un blog o intervenir con sus comentarios en los de los demás o hacerse leer en páginas de periódicos, entrar en “chats”… Hay mucha bazofia incomible, mucho colgado de sus propios delirios existenciales; pero hay mucha verdad al margen de las “verdades oficiales”.

Los periodistas no son (se puede rastrear en algunas de mis “entradas”) santo de mi devoción. Estoy convencido de que la mayoría actúa con muy buena intención e intenta informar lo mejor posible. Pero, primero, son víctimas de un sistema educativo nefasto que en aras de evitar el “fracaso escolar” hace que con cuatro conceptos mal aprendidos cualquier hijo de vecino se plante en un aula universitaria. Luego, el sistema universitario, víctima también del generalizado aflojamiento de las tuercas, produce titulados más o menos preparados para afrontar su vida profesional; pero con considerables lagunas de base: puede que un graduado en Ciencias Económicas y Empresariales sea un perfecto conocedor de los sistemas financieros y esté muy versado en el funcionamiento de las estructuras macroeconómicas; pero es probable que desconozca por completo la obra de Larra, el trasfondo social de la España de 1931 o la distribución de las placas tectónicas en el Pacífico; porque, claro, ninguno de esos asuntos le entraba en el examen. En esa línea, el periodista es algo más que un notario de actualidad… aunque puede serlo; sí, un periodista podría tener vocación de eso y limitarse a los consabidos “¿Qué?, ¿Cuándo?, ¿Dónde? y ¿Cómo?” y así transnmitir las noticias con la mayor imparcialidad posible. Lo malo viene cuando entramos en el terreno que vienen en llamar “investigación” y empiezan a querer responder a “¿Por qué?”. En este punto sólo deberían poder entrar los periodistas que, además, estuvieran sufiicientemente preparados. Si, por ejemplo, se va a dar la noticia de un terremoto, se puede decir qué ha pasado, cuándo, dónde y cómo y cerrar la boca o la pluma, o el procesador de textos si carecemos de loa formación adecuada para hablar de porqués. Pero no, aquí todos saben de todo y no tienen ni p. idea de nada.

Pero lo peor no es eso. Lo peor es la desfachatez asociada a la “ola de la noticia”. Importa lo que vende y lo demás importa una m. hasta que vuelva a estar en la ola. Y eso es fruto del “sistema”: el periodista tendrá trabajo mientras su empresa le mantenga el contrato, si la empresa gana, el perodista tiene empleo; si no, a la calle. Si la empresa gana es porque vende; o porque recibe muchas visitas en su versión digital y, en consecuencia, los anunciantes pagan por insertar sus atosigantes reclamos publicitarios. Por eso se buscan lo que llaman “noticias de alcance”, con historias “humanas”, de “testimonio”, de “impacto” y si, además están aderezadas de morbo, mejor, porque a la masa le remueve el morbo… Así, llevamos una semana larga despertando, viviendo y casi soñando con las noticias del terremoto de Japón, y más de lo asociado a los problemas causados a las centrales nucleares que a otra cosa (Ahora compite el tema con el no menos desdeñable asunto de los bombardeos en Libia) Hay miles de muertos, de damnificados, gente desaparecida, que ha perdido todo… pero de ellos se ocupan menos. Hay, sí, grandilocuentes gestos de solidaridad: minutos de silencio, camisetas de futbolistas con mensajes o en japonés… qué sé yo. Pero ya.

Con todo, algunas noticias dibujan una situación caótica en grandes ciudades de Japón, gente huyendo, saqueos, pánico… En este sentido me han llamado la atención algunos vídeos aficionados grabados por algunos españoles residentes en Japón, colgados para tranquilizar a sus familias, temerosas ante las noticias:

Los problemas surgidos en las centrales nucleares pasarán; habrá, sí, consecuencias a largo plazo por una radiación un poco más alta de lo normal, lo cual es muy lamentable y merece su atención mediática; pero es un riesgo con el que debe contarse ante el uso de las rentabilísimas centrales nucleares (si no que se lo pregunten al Ministro de Industria español, el señor Don Miguel Sebastián Gascón, que ya ha dicho que por el momento no se puede prescindir de las centrales nucleares porque nuestra producción energética depende en un 20% de ellas) Y el pueblo japonés, como ya demostró después de la II Guerra Mundial, reajustará “la maquinaria” tocada por el desatre y volverá a despegar…

Quienes no parecen vayan a despegar son los pobres haitianos. Hace un año, los mismos periodistas que ahora no paran de parlotear sobre Japón, nos daban el desayuno, la comida y la cena con las desgracias de los haitianos. Entonces, se olvidaban de la miseria en la que vivían antes del terremoto, como ya se han olvidado de la miseria en la que siguen viviendo. Volvieron a prestar atención a la sociedad más pobre de América cuando se desató el cólera; pero ya ni de eso se acuerdan; y Haití sigue teniendo la tasa más alta de mortalidad de mujeres durante el parto en América, un sistema sanitario caótico al que sólo salva la ayuda de organizaciones no gubernamentales como Médicos Sin Fronteras; una de las tasas más elevadas de delincuencia, de violaciones… y, además, sigue padeciendo los efectos del cólera y los del terremoto… pero esto ya no vende periódicos ni merece la pena ser manifestado en los telediarios, para los que, además de Japón y Libia, es mucho más importante el fútbol, el cotilleo del famosete de turno o las estupideces que se dicen los políticos en el Congreso.

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