MOÑARQUÍA VS REPÚBICA

Hace 80 años la jornada que llevaba en el calendario el mismo número que hoy amaneció convulsa como lo habían sido tantas y tantas y lo serían muchas más. Pero aquel día supuso un cambio transcendental.

Era martes. El domingo habían tenido lugar elecciones municipales. Se trataba de elegir a los concejales de los ayuntamientos; pero de algún modo se respiraba un aire plebiscitario que dividía las opciones en dos grupos, uno favorable a la continuidad del régimen monárquico y otro proclive al cambio.

Los años anteriores habían distanciado a la institución monárquica de amplios sectores de la sociedad. Muchos intelectuales se pronunciaban abiertamente en contra, se acusaba al rey de connivencia con el golpe que en 1923 inició la dictadura del General D. Miguel Primo de Rivera y de ser una rémora para el despegue de la sociedad hacia la modernidad.

Europa y el Mundo, además de una importante crisis económica, iniciada a finales de los 20, eran también escenario de una serie de movimientos ideológicos de matices distintos cuando no opuestos. Desde la casi recién creada Unión Soviética irradiaba una especie de marea revolucionaria que llenaba de esperanzas a amplios sectores de las sociedades industriales y catalizaba en diversos grupos polítcos y sindicales los afanes de muchos (el tiempo se encargaría de demostrar que hasta los sistemas que nacen de la base del pueblo y con la esperanza de la igualdad, caen en manos de oligarquías). El nacionalismo teñía otras corrientes con una concepción totalitaria del Estado (entendida entonces, sin el matiz peyorativo posterior, como la integración de la totalidad en el mismo) y con presuntas superioridades raciales.

Y en España, a esas cuestiones se unía, por una parte, el crecimiento de nacionalismos burgueses, en parte fruto del desigual y erróneo tratamiento de la asimétrica realidad que en la Edad Media se materializaba en la expresión “las Españas”; y, por otra, la medular presencia, dominando conciencias e instituciones de la Iglesia, siempre en Misa y repicando.

Así es que la división sociopolítica era multiforme, con un eje de clase, otro localista y otro de conciencia: aristocracia-burguesía-proletariado; unitarismo-regionalismo-autonomismo-federalismo; clericalismo-anticlericalismo-laicidad.

Buen caldo para una sopa.

Las noticias de los resultados de las elecciones del domingo ponían en ventaja a los grupos defensores del cambio de régimen y aquellos que no supieron o no quisieron estarse quietos y esperar a los resultados oficiales, prendieron la mecha. Si hubieran esperado, no habrían tenido el respaldo indirecto de las urnas ya que por votos y concejales habrían ganado los monárquicos; pero la precipitación de acontecimientos se encargó de hacer inútil el sello de la Junta Electoral Central. Al mediodía ya había un gobierno provisional y por la tarde, tras un Consejo de Ministros de urgencia, el rey puso pies en polvorosa y tomó un tren para Alicante, se embarcó y simbolizó el fin de su reinado arrojando la corona al mar. España era, de facto, una república.

La República nació con esperanzas y comenzó una andadura que podría haber sido pródiga, pero las circunstancias se encargaron de impedir que pudiera demostrarlo. las distintas dualidades mencionadas más arriba se encargaron de zarandear el barco una y otra vez. Atajó a duras penas movimientos revolucionarios de corte marxista y anarquista, pero terminó cayendo en el peor de los dualismos y el fallido golpe de estado de un sector del ejército con los Generales Mola, Franco, Queipo de Llano, etc. a la cabeza, propició una guerra civil y el principio del fin de la república poco más de cinco años después.

Y al cabo de los años, volvió la monarquía.
En 1868, se fue Isabel II; en 1874, volvió su hijo Alfonso XII
En 1931, se fue Alfonso XIII; en 1975, volvió su nieto Juan Carlos I

Sí, Juan Carlos I ha sido uno de los principales artífices de la transición española hacia la Democracia y es de agradecer; pero la mente del que esto escribe no termina de entender que eso legitime a su hijo para ocupar, cuando él falte, la jefatura del estado. Y es que la monarquía en el siglo XXI no es más que un adorno arqueológico. Que sí, que a efectos prácticos da igual tener Rey que Presidente de la República, que puede que cuesten lo mismo, desde el punto de vista de los presupuestos públicos; pero se me remueven las entrañas al pensar que una determinada familia pueda conservar el derecho a ser sostenida por todos los ciudadanos. Yo podré dejarles a mis hijos (después de impuestos) más o menos herencia, ganada con mi esfuerzo; pero ninguno podrá heredar mi puesto de trabajo. ¿Por qué narices un ciudadano por el simple hecho de ser hijo de otro, tiene que tener el derecho a colocarse a la cabeza del estado? Parece más lógico que demuestre su capacidad y sean las urnas las que decidan quién, con un carácter más o menos decorativo o más o menos decisorio, se hace cargo de la más alta representación del estado.

Haciendo bueno el título de la entrada, y desde la premisa de que, al final, me va a dar igual, no sé si, para celebrarlo, cogerme una cogorza o enfrascarme en alguna entrepierna (aunque sea la mía)

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