LA PASCUA

La Semana Santa, así con mayúsculas, es una celebración cristiana, directamente relacionada con la conmemoración de la sucesión de acontecimientos  que constituyen buena parte de la razón de ser de tal confesión religiosa, los hechos que se sucedieron, según los evangelios canónicos, desde la llegada de Jesucristo a Jerusalem y su presunta resurrección, previo ajusticiamiento.

Comienza con el llamado Domingo de Ramos (“al que no estrena algo, se le caen las manos”) en el que se conmemora el clamor popular que acompañó la llegada de Jesucristo a Jerusalem, siendo aclamado como Rey de los Judíos, lo que constituyó, en el entramado del guión evangélico, la gota que colmó el vaso del aguante del Sanedrín, que decididamente se propuso quitarse de enmedio al nazareno. De este modo, el Jueves se conmemora el momento de la llamada Última Cena, tras la cual se produjo la oración en el Huerto de los Olivos y el prendimiento. El Viernes se conmemora el proceso de la Pasión, con el “juicio” ante el Sanedrín, ante Herodes y ante Pilatos, la tortura de la flagelación, el camino al Calvario y la Crucifixión. Y finalmente el Domingo se rompe el dramatismo de las jornadas anteriores con la celebración de la Resurrección.

Los acontecimientos descritos, sucedieron, según los evangelios (habrá que hablar más de eso), coincidiendo con la celebración de la Pésaj judía (conviene insistir en el punto de que Jesucristo era judío), a partir del 15 Nisan (no Nissan) del calendario lunar judío, en la que se conmemora la salida de Egipto.

Casualmente (), la celebración coincide con celebraciones paganas en las que se festeja el fin del invierno y el “paso” a la primavera, con tradiciones que se solapan con las judeocristianas. Así, el término Easter, que designa inglés la Semana Santa, proviene del nombre de la diosa anglosajona de la primavera.

En el caso de la celebración cristiana, es en la confesión católica y en la ortodoxa en las que la ceremoniosidad es mayor, estando asociada a ella diversas manifestaciones rituales cargadas de patetismo. Los Vía Crucis, las vigilias, las procesiones… Éstas tienen un especial arraigo en España, siendo uno de los aspectos más tradicionales; los “pasos” fueron objeto de la labor creativa de algunos de los principales escultores del barroco hispano y mantienen una especial vinculación con el sentimiento religioso de amplias capas de la sociedad.

Tradición, religión…

Pues a mí tanta Pascua me hace la pascua.

Recuerdo mis años de infancia en los que por obligación debía empezar las vacaciones escolares acudiendo a la misa del Domingo de Ramos con una palma: me daba una vergüenza ajena-propia tremenda por mucho que mis compañeros también las llevaran; y lo que, desde luego, no admitía era llevar una de esas palmas adornadas con cintas y haciendo florituras… Lo peor venía en la noche del jueves y, sobre todo, el viernes y el sábado: cines, teatros y demás espectáculos cerrados; nada de música, salvo la clásica-sacra; y, en televisión, oficios religiosos, el Vía Crucis del Papa y, para entretener, Ben-Hur o Quo Vadis?

Los tiempos han cambiado. La sociedad es mucho más abierta y el sentimiento religioso se manifiesta paralelamente a otras posibilidades de entretenimiento sin imposición. Pero sigue habiendo demasiada presencia de lo “sagrado”.

Ya me revienta (me hace la pascua) el simple hecho de que el calendario laboral y escolar esté marcado por celebraciones religiosas. El calendario actual, heredero del romano y apropiado por la Iglesia, se ha extendido como calendario civil, regular o como lo queramos llamar, por todo el mundo; no es el mejor modo de compartimentar el tiempo; pero no es del todo malo si le hicieran algunos ajustes y si nos pudiéramos desprender de la adscripción religiosa de las festividades (ya volveré algún día sobre esto); pero esto de la Semana Santa clama a todos los cielos, ¡por Tutatis!. El hecho de que tenga que coincidir con la sucesión de días de la semana tiene su ventaja: ¡siempre hay “puente”!; pero como debe celebrarse de modo que el domingo de pascua coincida con el primer domingo después de la primera luna llena tras el equinoccio, hace que su posición en el calendario varíe desde el 22 de marzo al veintitantos de abril, como pasa este año. Así es que la distribución trimestral de los tiempos académicos, por ejemplo, se ve totalmente afectada: este año el 2º trimestre ha tenido tres meses y medio y el tercer trimestre tendrá aproximadamente dos, un desastre.

Otro tema que me revienta (que me hace la pascua) es lo incordiantes que son las procesiones de Semana Santa. Empezamos con los cortes de tráfico; algo que sería conveniente de un modo permanente en determinadas zonas de las ciudades; pero que hecho por eso… Luego la parafernalia de los ayes, de los redobles sordos de los tambores… toda una puesta en escena de una bendecida orgía sadomasoquista: nazarenos encadenados, flagelantes… sangre, sufrimiento…

No sé, tal vez deberían hacer con las procesiones lo mismo que con los carnavales en Río de Janeiro, hacer un “procesionódromo” a las afueras de las ciudades (por supuesto, pagado por los fieles que quieran, para eso tienen sus cofradías) y así evitar que los ciudadanos no creyentes tengan que aguantar las consecuencias.

En este sentido, me ha llamado la atención la prohibición de una especie de “procesión alternativa” convocada por ciertos grupos que se dicen ateos, hecho que se ha producido en Madrid. La prohibición ha sido justificada por las autoridades con algunos argumentos bastante peregrinos, aunque la cuestión, para mí, no es que esté mal que se evite una procesión sino que se permita cualquiera que juegue con insensateces. Es ridículo que se celebren las procesiones católicas y que la vida de una ciudad se supedite al paseo de representaciones de torturas y sangrientas ejecuciones; pero también es ridículo que se haga una pantomima de ello. La etiqueta “ateo” es en sí misma negacionista, negativa más que positiva. Quien “no cree” porque “piensa”, pasa de darles motivos de crítica a los que prefieren “creer” sin saber y sin pensar, porque es para ellos más cómodo dejar que otros les digan lo que es.

Amen.

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