LA FIESTA DE LA DEMOCRACIA

La fiesta de la Democracia, dicen.

La fiesta de los políticos, digo.

El ritual de las elecciones concita la atención de todos… de todos los políticos.

Es su momento estelar. Adiestrados por los asesores de campaña se ponen las galas que correspondan al audotorio para el que mienten. Si hay que mentirles a eso que ellos llaman “trabajadores y trabajadoras”, se quitan la chaqueta y la cobarta, se suben las mangas y se desabrochan la camisa. Ellas lo tienen más difícil porque no hay ninguna prenda femenina, como la americana y la cobarta en el caso de los hombres, que parezca marcar la distancia en campaña entre colega y pijo. Luego, ya en el cargo arañado a la voluntad de los electores otro será el cantar; habrá, incluso, quien llene su ropero con trajes y corbatas de marca “by the face” a cambio de una comisioncilla, una recalificación de terrenos o una concesión a dedillo. Pero, eso sí, siempre llenos de dignidad, que cada uno es el paradigma de la decencia, del bien hacer, de la honestidad y del buen talante y los demás, cuervos, hienas y raposas listos para merendarse los cadáveres.

Resulta vomitivo escuharles, siempre alardeando de sus logros y ninguneando los del oponente; siempre menospreciando al contrario y autoensalzándose; siempre acusando a los demás de aquello que está, primero, en el debe propio. Hace tiempo que, cuidando la salud de mis intestinos, renuncié a escuchar para sopesar opciones. He vomitado pocas veces en mi vida y no quiero hacerlo ahora. Además, ¿para qué escuchar lo mismo de siempre?

Ellos se lo guisan y ellos se lo comen, así es que se lo guisen con los ingredientes que no sean mi chicha; para que luego, cuando me coman, que yo sienta al menos salvada mi dignidad.

Andamos, sí, por estos pagos del extremo suroeste de Europa de campaña electoral para que los políticos se recoloquen en Ayuntamientos y Comunidades Autónomas (las del montón, no las “vedettes”, que van con su propio calendario de carnaval electoral). Hay muchos que insisten en presentarse para el mismo cargo que “aprisionan” desde hace demasiados años; otros que se quieren pasar de cargos en el gobierno general a reyes de taifas y otros que para colocarse mejor y colocar a sus amigos no tienen reparos en incluirse en las listas del partido al que en las anteriores elecciones ponían a parir.

 Y para convencer a la masa, que sólo les importa en momentos como éstos, montan el tinglado de la campaña electoral. Se les llena la boca de expresiones grandilocuentes, como honestidad, y se permiten el lujo de interpretar, sin preguntarte, qué es lo mejor para ti; aunque en realidad les importe un carajo lo bien o mal que estés: les importa su bienestar personal, que se traduce en detentar cargos con sueldos millonarios que ellos mismos se otorgan y actualizan. No conocen la vergüenza; la fidelidad a los principios es algo que carece de sentido para ellos; el compromiso es algo con lo que comerciar sin intención ninguna de cumplirlo…

Para qué seguir.

¡Cucha, cucha!

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