UN PAR DE ZAPATOS

– ¡Ay, chica, es que ese par de zapatos me encanta, estoy enamorada de ellos!

Y se los compró.

En los siguientes días no dejó de ponérselos. Los limpiaba con esmero, los mimaba. Evitaba caminar por lugares embarrados, vigilaba las escaleras mecánicas para que los escalones no rozaran las puntas ni los tacones; pisaba con precaución, para evitar contratiempos… y acomodaba el vestuario, incluso con compras específicas, para que todo fuera a juego con los zapatos.

¡Ay, aquellos zapatos!

Pero, como diría Machado, musicado por Serrat, todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar… y los zapatos acabaron en el desván, olvidados, ignorados, malhadados. No es que fueran despreciados u odiados, no; sencillamente, dejaron de estar de moda, de ser el referente visual de sus propios pies, y ya no había ocasión ni indumentaria a juego para calzárselos.

Y los zapatos rumiaron su soledad. Allí, entre otros pares apartados; entre otras camisetas, abrigos, pañuelos; olvidados, su vida dejó de ser de zapato, huérfanos de pie, y pasó a ser la de 8 de copas en una baraja para jugar al tute. Sus suelas se agrietaron, la plantilla interior se endureció y curvó, su color se diluyó.

Y un buen día…

– ¡Mira estos zapatos, cómo me gustaron cuando me los compré!, ¡pues, vuelven a estar de moda, me los voy a poner!

Pero los zapatos, endurecidos, ajados, agrietados, parecían no quererse dejar: estaban hechos a la oscuridad del armario y al olvido.

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