CUÁNTO PENAR PARA MORIRSE UNO

Morir no es un acto… y menos un acto positivo. Uno “SE” muere porque sí, “le mueren” las circunstancias. Da igual que la razón inmediata sea una u otra, hasta que uno se muera de uno mismo.

Por más que se empeñen en llenar kilómetros de trazos de tinta sobre papel, pergamino o papiro, con elucubraciones sobre elixires y fórmulas mágicas de inmortalidad y eterna juventud, todos terminamos muriendo… y pasamos al “estado” más duradero: muerto.

Vivimos una gota de tiempo. Los átomos de los que estamos hechos tal vez formaron parte del mismísimo Sol hace millones de años, pero sólo vivimos unas decenas de ellos.

En el curso de esa misérrima existencia nos creemos poseedores de una eternidad, cuando en realidad somos una pura nada. Pero cada instante vivido nos parece un mundo… y lo es… porque no tenemos ni tendremos nada más.

Cada uno valora de forma diversa esos instantes pasados. Algunos con relativamente pocos años “sufridos” concluimos que para qué haberlos sufrido… aunque la añoranza de cuatro instantes sea evidencia de que al menos existieron esos cuatro de gozo. Mas, viendo desde fuera, uno no puede por menos que admirarse de ciertas vidas y casi envidiarlas justo en el instante en que terminan.

Puede que esa admiración venga de la mano de un periplo de hechos llamativos, de obras maestras, de actos encomiables… o puede que se trate simplemente de admirar un sincero, incólume, perpetuo sentimiento de unión… de eso que llaman amor.

Sí, los versos de los poetas románticos o la prosa de sus relatos pudieron en su momento cincelar sensaciones; después, la cruda realidad de experiencias padecidas puede llevarte a romper las estatuas esculpidas y pensar que se trata tan solo de vanas entelequias sin materialización en vidas reales. Pero cuando cerca de ti contemplas una de esas historias… terminas envidiando una vida como esa en la que dos se hacen uno y hasta envidiando la muerte de quien no puede aguantar quedarse en sólo una mitad… y en ese instante cualquiera otras circunstancias se te antojan fútiles.

Y, sí, envidias lo que tú no tendrás.

Si te prestan las palabras bordadores de las mismas casi llegas a poder expresar lo que tu ser siente. Y hoy me inspiran los de casi siempre.

Me inspira ese Miguel de apellido Hernández que concluía su soneto con

No podrá con la pena mi persona
rodeada de penas y cardos:
¡cuánto penar para morirse uno!

Y me inspira el dios de todos mis instantes para la hora del instante en el que a mí me toque, si es que tengo la fortuna, ser inspirador de alguna reflexión como la que aquí termino.

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