SONRISA SIN RELOJ

No le hacía falta reloj. Sus latidos cadenciaban los minutos del día y le decían en cada momento la hora que compartimentaba la jornada para el resto de los mortales, y sólo precisaba confirmaciones someras, tan sólo necesarias para cruzar instantes con cita.

Su sonrisa iluminaba los bordes de la nada y hacía que surgiera el todo. Y sus ojos limpios acunaban el sosiego.

Su mano estremeció mi mejilla y anudó definitivamente los dedos de la fortuna a un trance de meses sin reloj, de pieles arrobadas y cielos enlosados.

Detrás de su mirada y de las caricias de sus manos, detrás del terciopelo de sus labios, siguió viva una realidad por ambos conocida, que tal vez pudo caer al abismo de la victoria, pero que triunfó sobre el cénit de mi derrota… una más de las pocas, pero todas.

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