HAMBRE Y SENSIBILIDADES

Que hay seres humanos que pasan hambre es algo que sabe cualquier ser humano, sea de los que la pasan o de los que tienen la fortuna de poder comer.

En cierto modo, da igual dónde se pase hambre y por qué: basta con echarnos una mirada a nosostros mismos y valorar si pasamos hambre o no y echar otra mirada a nuestro alrededor y valorar si son otros y no nosotros quienes pasan hambre.

Puestos así, quien escribe estas líneas se considera un ser inmensamente afortunadopuedo comer todos los días (al menos de momento, con el permiso de los políticos que nos desgobiernan y de los bancos que se ríen del sistema que ellos mismos sustentan… )

Miro en mi entorno próximo y, mira, resulta que veo gente no mucho más allá del portal de mi casa que no parece vivir en la abundancia, que pide para comer y no parece recibir para mucho más que eso…

Miro un poco más allá y veo que hay zonas de las ciudades de países como el que habito, que se dicen desarrollados, en las que la gente vive (malvive) en la pobreza más absoluta.

Miro un poco más allá y veo países en los que una buena parte de su población (en algunos casi toda) vive en la miseria … y pasa hambre, auténtica hambre (mientras algunos de los responsabls de los destinos de esos países viven a cuerpo de rey de espaldas a los problemas de sus conciudadanos).

¿No conmueve?

Claro… ¡e indigna!

Indigna todavía más cuando echas cuentas de lo que pagas en impuestos cada mes, en cada producto o servicio que compras o pagas y consultas los presupuestos generales del estado y ves que hay millonarias partidas para ayudas internacionales que parecen no llegar a sus destinos (eso sí, junto con enormes partidas para subvencionar auténticas estupideces o para alimentar los favores de “colectivos”, grupos y grupúsculos de todo pelaje).

Con todo, te dices a ti mismo que tal vez eso no es suficiente y que quizás arañar un poco de tu salario mensual para echar una mano a alguna ONG puede ser una buena manera de contribuir a una empresa que te parece justa… y necesaria. Tu conciencia se queda algo más tranquila. De manera que cuando sobrevienen circunstancias puntuales de alarma (terremotos, hambrunas…) escuchas las campañas, con la indignación inherente al hecho de que tales reclamos sean necesarios, pero con la tranquilidad de que, te dices, yo ya contribuyo.

Y es que evidentemente las campañas en los medios de comunicación se tiñen de un aire de publicidad consumista que pretende tocar la médula sensible de la gente igual que el “spot” anterior o el posterior intentan sensibilizar al televidente con los beneficios  contrastadísimos de la ingestión de determinada margarina muy rica en Omega 3 o con el “tirón” que vas a lograr si aderezas tus emisiones axilares con tal o cual desodorante. Pero, con todo, uno termina soportando esos anuncios llenos de dramatismo, colocados en las horas más impactantes (no hay nada como decirte que ayudes contra el hambre a la hora de comer)

Lo que parece indignante hasta extremos dificilmente mensurables es que nadie juegue con la sensibilidad de los niños para conseguir dinero aunque sea para una buena causa. Sí me parece imprescindible que los niños que tienen la fortuna de poder comer todos los días… ¡y que incluso se permiten el lujo de un “esto no me gusta” o un “no quiero más“!, se les haga conscientes de que son afortunados y que hay muchos niños (y, por supuesto, muchos adultos) que no tienen su suerte. Lo que no se entiende es que al niño se le utilice como medio sensible para, de algún modo, forzar a los padres a contribuir.

Esto es lo que sucede con algunas “campañas” organizadas en colegios para recaudar fondos (ora para Haití; ora para Somalia). El planteamiento de la cuestión te hace sentir insultado porque te informan a través de las llamadas “circulares”, de extremos sobre la situación que si no conocías es que vives de espaldas al Mundo (cosa, por otra parte, que cada vez voy considerando más como casi necesaria para mi salud mental); luego, “mosqueado” porque parece que dan por supuesto que hasta que ellos te han informado no sólo no conocías el asunto sino que, claro, no has hecho nada para contribuir… pero ni con esto ni con nada anterior; y, finalmente, “rebotado” porque determinen por decreto la cantidad con la que tienes que contribuir. Encima, no sólo no te permiten hacer una contribución anónima, sino que debe ser tu hijo quien lleve el dinero y públicamente lo introduzca en una hucha en medio de la clase, de modo que lo que se genera es una especie de competencia entre los niños por ver quién da más y quién da menos (¡imagínate si tu hijo no lleva nada…!) Así, después, escuchas “pues Fulanito ha dado 5 euros y le han dicho que qué generoso“, “pues Menganito sólo ha dado 10 céntimos“, “Zutanito no ha llevado nada

¿No habría bastado con dedicar tiempo en el horario lectivo a trabajar la cuestión general de la solidaridad y de la lucha contra el hambre y sensibilizar expresamente, en este caso, ante las circunstancias que requieren intervención más urgente (que no es sólo Somalia…)?

A lo mejor es que hay que vestir después la página web del centro presumiendo de la considerable contribución “del colegio” a la lucha contra el hambre en Somalia.

¡Y, maldita sea, es que nadie va a acabar con el hambre!

¿O es que es más rentable que siga muriendo gente por desnutrición?

¿Por qué parece ser más rentable un escudo antimisiles?

¿Por qué indemnizaciones millonarias a banqueros retirados como “premio” por haber hecho quebrar al banco, o casi?

¡Que paren el Mundo, que me apeo!

 

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