BLAS ABELARDO, VAMPIRO Y MÁRTIR

Nació persona, de las de carne y hueso; de las de dientes de leche previos a unos normales dientes definitivos.

Pero un buen día, un mal tropiezo le dejó sin conocimiento toda una noche entre los arbustos de un parque. A la mañana siguiente, la neblina teñía de completa irrealidad su mirada, recobrada a la consciencia en los primeros minutos del amanecer.

Llegó a su casa sin recordar lo que había sucedido. Se metió en la ducha y el agua tibia sobre su piel fue el preludio de un viaje a la confortabilidad que se completó, minutos después, con una taza de café. Volvió la normalidad.

Unos días después, mientras se afeitaba, reparó en algo que su costumbre de fijarse poco en sí mismo en el espejo le había impedido observar: cuatro puntos idénticos, colocados de forma simétrica en la base de su cuello y dos de ellos justo sobre la yugular. Sintió un escalofrío al tocarse; pero no dolía… se encogió de hombros y pasó del asunto.

En las siguientes semanas fue experimentando sensaciones nuevas. Había ganado en fuerza muscular y en agilidad y oía cada vez con más agudeza: era capaz de escuchar lo que decían de él sus compañeros de trabajo dos despachos más allá del suyo; gracias a eso descubrió que, como temía, eran todos unos absolutos hipócritas que le sonreían y le daban palmaditas elogiando ante él su trabajo y a sus espaldas le calificaban de simple y se reían de cómo podían aprovecharse de su trabajo para ellos poder dedicarse a hacer solitarios virtuales.

Cuando llegaba la noche, su ánimo se debatía entre el cansancio inherente a la jornada de esfuerzo racional y el irracional acelerón de su organismo; de modo que, por un lado, caía en el sopor del sueño; pero siempre terminaba las noches con la sensación de que una parte de él mismo quedaba en casa dormida y otra se largaba por la ventana, volando y buscando experiencias nuevas.

Después descubrió con alarma que su plato preferido de toda la vida, las sopas de ajo, le producían un irracional rechazo, lo mismo que las gambas al ajillo, las gulas o las albóndigas.

¡Él que se mareaba cada vez que le extraían muestras de sangre, y ahora sentía que su boca salivaba desenfrenadamente cada vez que la vecina se chupaba el índice después de pincharse con la aguja de coser!

El vuelco de su tranquilidad, con todo, le vino el día que descubrió horrorizado, tocándose con la lengua, que sus colmillos superaban con creces la línea de sus incisivos y al ir a mirarse al espejo fue incapaz de encontrar su reflejo.

¡Todo encajaba!

¡Aquel día en el parque! ¡Aquellas marcas en el cuello!

Definitivamente, se había convertido en un vampiro.

Cuarenta años de mediocrididad humana y la perspectiva de una eternidad vampírica de poder y seguridad en sí mismo.

¡Pobre infeliz! Recién asumida conscientemente su condición, saltó por la ventana volando con gozo, pero con la mala fortuna de acertar a pasar junto a una procesión de Semana Santa. El hisopo del párroco salpicó sobre sus alas unas gotas de agua bendita… ¡qué digo, maldita!; y desequilibró su vuelo de tal modo que fue incapaz de esquivar el poste de la luz y sus cables. 40 kilovatios de punta a punta de sus membranosos brazos le precipitaron en picado hacia la lanza de Longinos: madera, pan de oro y pintura para tallar la imagen del romano cuyo pílum traspasó el costado de Jesucristo crucificado… y el autor empeñado en engalanar la figura con una lanza hecha de madera y… ¡plata!

¡Triste suerte la de Blas Abelardo Perdiente Rodríguez-Ibáñez del Río y Ruiz de Abengónzar!

¡Cuarenta años haciendo el canelo y unos días de gloria inconsciente para perder la vida eterna del vampiro!

Allí quedó ensartado en la lanza, el corazón expuesto en la punta de plata…

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