EL VALOR DE LA PALABRA

Hablar es una cualidad del ser humano.

Hablar permite comunicarse, transmitir ideas, intenciones, deseos, sugerencias y órdenes.

Sin embargo, en la palabra se encierra por lo general la mentira, la falsedad.

Hablar no debería ser gratis. Cada palabra que pronunciamos tiene su importancia y si la soltamos al aire sin convencimiento, más vale que no la emitamos.

Lo normal es que una intención expresada verbalmente genere en quien la escucha el convencimiento de que quien la expresó cumplirá lo dicho… la posterior evidencia de que fue sólo una gratuita manifestación de una intención, sin más fundamento que el pasajero atisbo de un propósito sin pleno convencimiento, hace que quien recibe el mensaje termine convenciéndose de que la persona emisora carece de credibilidad en ninguna de las intenciones que manifieste.

Esto es así en las relaciones personales cotidianas, en las que el incumplimiento de las palabras dadas hace que cualquier cosa pueda ser dicha y prácticamente ninguna sea creída.

Es evidente que la transcendencia del incumplimiento de las palabras es una cuestión subjetiva en ese plano de las relaciones personales y que es algo especialmente relativo. Decir, por ejemplo, que se acudirá a un encuentro para charlar y no hacerlo tendrá importancia en función de la actitud hacia el hecho de las personas implicadas. Pero es evidente que existen expresiones cuya emisión genera una lápida personal inviolable… bueno, deberían generarla, porque, en la práctioca, un excesivamente elevado número de personas se pasa por el forro de sus caprichos lo inefable y categórico de ayer si la conveniencia de hoy es otra.

Tal vez porque la palabra ha perdido su valor después de tanta mentira es por lo que existen los contratos, los acuerdos, los convenios, que se llevan al papel, se firman y se elevan a públicos mediante instrumentos protocolizados ante notarios (escribanos públicos) o sancionados por jueces… Da igual, aun aquello que ayer se firmó puede ser conculcado hoy sin el menor escalofrío.

Si todo esto sucede en el plano privado, en el público el asunto se eleva a la enésima potencia. Porque, aunque me llevan a esta reflexión otras previas sobre asuntos no púlblicos, es un asunto público el que me ha empujado a lanzarme sobre el teclado.

En el ámbito político es posiblemente en el que el valor de la palabra es menor. Todo vale en una campaña electoral, en una reunión bilateral, en un comunicado publicado… pero no es lo mismo predicar que dar trigo.

Sin embargo, parece que determinadas palabras valen más que otras. Que un candidato, o hasta un Presidente de Gobierno formule una promesa en el Congreso o en una declaración pública, genera escepticismos (posiblemente porque ninguno suele cumplir) Pero si llega una organización, con más de 40 años de mentiras a sus espaldas y dice A, parece que todo el mundo se lo cree como algo emanado, casi, casi, de la mismísima divinidad.

Es el caso de la noticia aparecida hoy sobre la adquisición por parte de la Ertzaintza (Policía Vasca) de una dotación de coches patrulla. La noticia realmente era que ninguno de los vehículos iba dotado de sistemas de blindaje que hasta hace unos mese eran obligatorios. La razón: como ETA anunció el cese de la por ellos llamada “lucha armada” (o sea, del asesinato) ya no parece necesario blindar los coches, y más teniendo en cuenta que por el precio de uno blindado se pueden comprar tres sin blindaje. ¡Sí, señor! la palabra de ETA vale su peso en oro. Hay que liquidar las nóminas de los guardaespaldas que hasta ahora eran obligada compañía de cargos públicos, hay que desactivar sistemas de precaución… porque, claro, la pabara dada por ETA es ley… y, además, no hay ya ningún peligro procedente de ninguna latitud ni de ninguna corriente de fanáticos…

Esperemos que el ahorro no se pague con sangre y cuerpos mutilados o pulverizados como durante tantos años nos regalaron los ahora líderes de la paz.

En cualquier caso… la palabra es cada vez menos valiosa, especialmente la de algunos.

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