FRAGA

Nada de panegíricos, ni de semblanzas profundas. Los encomios absolutos ya se los hacen los correligionarios. Los que no compartieron ideas, dejan claro este extremo pero halagan su memoria, en la mayor parte de los casos… alguno habrá descorchado una botella de champán (o de cava…), porque siempre hay descerebrados que confunden las ideas con el culo, y otros, a los que los árboles no les dejan ver el bosque, confunden la persona con el tiempo y prefieren aprovechar para hacer crítica de regímenes periclitados hace tanto tiempo que la mitad de los españoles nacieron después…

Ha muerto Manuel Fraga Iribarne.

Desde que quien escribe tiene uso de razón lo mínimamente razonable para “mirar” los asuntos de la política, Fraga estaba ahí.

Franco estaba presente cuando Fraga juró sus primeros cargos públicos. Franco se murió y Fraga estaba ahí. JC, The King, llegó y Fraga estaba ahí. La Transición llegó y Fraga estaba ahí, con tal presencia que fue uno de los ponentes de la Constitución, uno de los Patres Patriae. Aglutinó a la derecha democrática y supo apartarse de la carrera hacia la Moncloa, sabedor de la rémora que era su pasado “azul”, conformándose con ser el “number one” de su Patria Chica durante tantos años que su nombre casi llegó a ser sinónimo de Galicia.

¿Fue un servidor público antes que un interesado camaleón político? Posiblemente fuera una de las pocas personas realmente sinceras del orbe politicasqueroso; alguien que supo asumir el papel que le tocaba en momentos delicados tanto, primero, de la vida política general como, después, de la del partido que él fundó. La Historia le tratará bien, como tratará bien a otros personajes como Santiago Carrillo, al que se elogiará por su contribución al tránsito a la democracia (alguna vez llegará del todo), dejando en el remoto pasado sus contribuciones a los depósitos de huesos.

En la memoria personal quedarán las escenas en blanco y negro con un joven Manuel, con chaqueta blanca y camisa oscura (que en color daría azul), que compartía encuadre con Franco; sus chichas al aire en la playa de Palomares, sus verbo atropellado, sus latigazos a más de un periodista (me encanta que les den caña) y sus últimos años, renqueante con bastón o ya definitivamente en silla de ruedas.

Lo que en cualquier caso está claro es que él ocupará unas cuantas páginas en la Historia y tú que me lees y yo nos tendremos que conformar con no ser olvidados del todo por los que hoy nos conocen.

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