86 SERÍAN 50

Toda la vida dándole vueltas al calendario. Sí, insistiendo una y otra vez en que todo es convencional, que es una forma más como otras muchas posibles de estructurar mentalmente el tiempo; algo muy útil para balances contables y ejercicios fiscales; pero siempre esclavo de unas cuantas fechas recurrentes.

Sus 86 años le pesaban tanto que se preguntaba cómo era posible que esa a la que él llamaba tercera pierna, de aluminio reforzado, resistiera y le sostuviera en sus torpes desplazamientos. Ese bastón venía acompañándole durante un tiempo superior al que nadie que no compartiera su sangre había permanecido a su lado. Venía a ser una especie de compañero, de amigo, al que contar las mil y una “batallitas” que ya nadie quería escucharle. Hoy le ayudaba a surcar el camino ceremonial.

El día había amanecido gris, plomizo, como a él le gustaba. Al levantarse, como de costumbre, había acudido a la ventana y, apoyado en el alféizar, había dejado que el frío despertara las últimas de sus ya pocas neuronas que aún dormían, y había permitido que unas cuantas de las finas gotas de lluvia que el cielo escupía picotearan su ajada y arrugada tez. La voz amiga del sistema domótico le había llamado la atención sobre el hecho de que su acción estaba obligando a un reajuste en el reparto de producción de calorías del sistema de climatización, que había aumentado el gasto energético por encima del límite programado. Cerró la ventana antes de que el sistema procediera a hacerlo “a la fuerza” y pensó que debía dedicar unos minutos a reprogramarlo para que en determinadas circunstancias pudiera hacer cosas tan “peligrosas” como aquella.

Había salido con tiempo suficiente para llegar a la hora. Intencionadamente, había dejado sobre la mesa las “smart glasses”. Sabía que ello suponía quedar desconectado de la red; pero quería que aquella mañana fuera “natural” (dentro de los límites que esa palabra podía tener a esas alturas) Algunos habían optado ya desde hacía unos años por someterse a una sencilla intervención quirúrgica que instalaba un pequeño módulo de conexión receptor-emisor que permitía el enlace cerebral con la red, de modo que eran innecesarias las “tontichofas”, como él llamaba a esas lentes que permitían controlar con ondas cerebrales los enlaces (además, decía, las lentes protegían también de la luz solar, de modo que los “injertados” debían usar gafas de sol, a no ser que también se hubieran implantado las córneas adaptables que protegían el globo ocular con un sistema sensible a la luz, algo que a él le parecía “tétrico” ya que oscurecía los ojos hasta tal punto que en condiciones de intensa luz solar quienes lo portaban parecían una especie de monstruos de película con los ojos completamente negros)

Llegar hasta la Puerta del Sol le había llevado prácticamente el mismo tiempo que treinta años atrás. Aunque los medios de desplazamiento habían conseguido acortar enormemente la duración de los viajes de medias y largas distancias, los pequeños trayectos no habían modificado sustancialmente el parámetro Tiempo; pero sí el de Comodidad. Ahora se podía optar por pasear de modo “natural” en superficie por unas calles de las que había desaparecido por completo el tráfico de vehículos de combustión y de toda clase de vehículos que no fueran sistemas individuales de desplazamiento como las tradicionales bicicletas o los más modernos sistemas de aerodeslizamiento y magnetodeslizamiento o de propulsión electrosolar (él mismo disponía de una silla deslizadora que se negaba a utilizar por mucho que sus hijos, que se la habían regalado en su octogésimo cumpleaños, le insistían en ello: él decía que no quería postrarse en una “silla de ruedas”, por mucho que las ruedas brillaran por su ausencia) Y también se podía recurrir a los pavimentos móviles de velocidades escalonadas, aunque, claro, se precisaba una soltura de movimientos que ningún anciano se atrevía a poner a prueba.

Aquel día él había optado por el transporte colectivo subterráneo, el que todo el mundo seguía llamando “metro”, algo que no tenía punto de comparación con el metro que él recordaba de su infancia, cuando aún circulaban algunos de los vagones del tiempo de la inauguración del sistema a principios del siglo XX

La Puerta del Sol era como una fotografía tridimensional de sus orígenes. La corporación municipal había aprobado diez años atrás la enésima remodelación de la plaza para hacerla volver a la fisonomía de su primera hora. Incluso había vuelto a adoquinar el pavimento y a instalar vías de tranvía: unas cuantas reproducciones de los originales “cangrejos” y de todos los modelos que circularon por la ciudad servían de reclamo turístico para hacer recorridos hasta la Plaza de Oriente o hasta la Puerta de Alcalá. Se había respetado (¡faltaría más!) el cartel publicitario de Tío Pepe (aunque hubiera dejado de existir el fino de tal nombre e incluso la añeja firma de Osborne; lo que lamentaron muchos enólogos y muchísimos nostálgicos de lo tradicional) Pero junto a ello se habían hecho algunas concesiones a la modernidad. El edificio del Gobierno de Madrid (que fuera Casa de Correos, Ministerio de Gobernación y sede de la Presidencia de la antigua Comunidad Autónoma) ostentaba sobre el pináculo de su tradicional reloj un sistema holográfico que mantenía aún (y así lo haría hasta acabar el primer mes del año, dos días después) el holograma de “Feliz 2045” en unas letras tridimensionales que cada 20 segundos cambiaban de tipología y efectos de color.

Sus pasos se dirigieron hacia la Carrera de San Jerónimo… unos pasos pausados y costosos; pero resueltos. Al fondo se dibujaban las instalaciones de las Cortes (nombre que conservaban por pura tradición) sobre un cielo en el que las nubes comenzaban a desmadejarse dejando entrever un azul difuso. El torrente de descargas sinápticas comenzó a reproducir en la superficie de sus sentidos olores, texturas, formas, colores, sonidos y sabores con medio siglo de solera. Su corazón, controlado en su acompasado tintinear por el químico aporte cadencioso de un implante recargable comenzó a desacompasar su ritmo… si hubiera llevado las “smart glasses” una vocecilla le habría advertido de la situación recomendándole detener su actividad y enviando una alerta de nivel 1 a su centro de control médico.

Llegó a la Plaza de Canalejas justo en el momento en que unos cuantos rayos de sol comenzaron a cincelar de sombras y luces las fachadas de aquellos centenarios edificios. Un resplandor de plata surgido de un charco sobre el pavimento le hizo cerrar los ojos y clavó en sus retinas un punto blanco que palpitó a amarillo, a naranja y finalmente a rojo cuando, superada la esquina de la Calle de la Cruz, la vetusta entrada del café le taladró definitivamente el sosiego. Aquellas doradas líneas que definían la asidera de la acristalada puerta parecían justo la mitad del aspa de prohibición de entrada al abismo. Finalmente, fue la mano de una amable cliente, ya satisfecha por el servicio y en trance de salida, la que permitió que no fuera necesario el esfuerzo de empujar aquella mezcla de materia en vertical. Su “¡Gracias!” no debió llegar a los oídos de la benefactora dado el trémulo quebranto de voz que lo acompasó.

La mesa estaba libre… no pudo evitar una infinitésima aceleración de sus torpes pasos para evitar que alguien se anticipara a ocupar aquella silla. La meta parecía estar a una distancia eterna; pero al fin alcanzó sus límites. Era el altar. Era el ara de un sacrificio a los dioses del infinito. Jadeante, depositó sus escurridos glúteos sobre la horizontal superficie y posó sus antebrazos en el mármol redondo de la mesa. Enfrente, la cristalera del mirador vomitaba proyecciones de ayeres hacia la plaza, hacia la Calle de Sevilla y, más allá. hacia la de Alcalá; y tamizaba hacia dentro el fluctuante devenir de resplandores blancos producidos por los rayos solares chocando con fachadas y charcos.

Articuló un débil “uno con leche” en respuesta a la muda pregunta de la camarera apostada en un silencioso y vertical requerimiento a su vera. El bucle del tiempo formado en su mente le hizo olvidar añadir a la breve respuesta una precisión necesaria, algo así como “uno con sabor a uno con leche”, lo que entonces indicaba ese producto sin lactosa, sin azúcares, sin cafeína, sin grasas… sin todo, que no era nada más que un líquido que permitía imaginarse que uno tomaba café.

Unos segundos después la taza descansaba sobre el mármol, con la intermediación de un plato… la imagen repetida casi cincuenta veces… Y lo primero que le asaltó fue el lamento porque no fueran cincuenta. Los últimos cinco años las dolencias intestinales, del corazón y de esa maldita inserción de los aductores en la pelvis, le habían impedido oficiar la ceremonia anual… pero aquel constituía la quincuagésima órbita solar… un número demasiado redondo… ¡de oro!… como para consentir que pasara sin ceremonia… y, además, también era lunes…

Una sucesión de flashes sinápticos transmitió a su ser consciente la serie de recuerdos tantas veces rememorados… dos horas en tres segundos. Recuerdos…  y cafeína… el cáliz de la transubstanciación, consagrado ritualmente, iba aportando a su organismo compuestos químicos marcados en rojo en sus informes de optimización médica.

Los neurotransmisores aceleraron el tráfico bioelectroquímico… el aire parecía no entrar en suficiente volumen en sus pulmones y un profundo suspiro presionó su corazón… y sus lagrimales desbordaron la presa. Una gota salina concluyó su trayecto sobre piel en una barbilla temblorosa y cayó al fondo de una taza en la que sólo quedaba ya un arco marrón claro.

La vacía mesa del mirador que quedaba frente a su vista…, una vista que no reparaba en ella por estar clavada en el infinito, se convirtió de pronto en foco de su mirada. Una pareja de jóvenes hizo de la mesa separación y vía de transmisión entre ambos. Hablaban; pero él no oía lo que se transmitían. Las manos de ambos se buscaron sobre el mármol y se entrelazaron… el oxígeno se estaba convirtiendo ya en elemento deficitario en su corriente sanguínea.

Tal vez por efecto de los compuestos prohibidos para su salud que contenía el cáliz del sacrificio; tal vez por la suma de la revolución bioquímica acelerada por el removimiento del almacén de recuerdos, el entorno pareció contraerse frente a su mirada. Un halo oscuro fue ciñendo el círculo de su vista frente a él, enmarcando exclusivamente el perfil de aquellos dos jóvenes. Y, de pronto, una sombra cruzó la escena. Todo era cada vez más oscuro; pero podía distinguir el contorno de una cara enmarcada por una nutrida cabellera oscura… Su corazón se desbocó y un flujo asfixiante subió de su brazo izquierdo hasta el cuello…

Sintió cómo su cabeza perdía su posición enhiesta a la vez que un punzante e insoportable dolor contraía su pecho… por un momento le pareció que delante del rostro que tenía enfrente temblaba nervioso un bucle de pelo… y todo se apagó.

Los jóvenes del mirador volvieron su rostro, asustados, hacia alguien que ya no les veía. Frente a ellos, el ruido de la cabeza de un anciano al impactar con una taza de café y con la mesa, había llamado su atención. En la mesa, un hilo de café había corrido hacia el borde del mármol y goteaba en la silla que, frente a él, permanecía vacía…

One Response to 86 SERÍAN 50

  1. otihcac dice:

    ¡ TOMA CASTAÑA! No dejas de sorprenderme.

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