FRÍO Y NEUROTRANSMISORES AL ROJO

Estar encerrado en estos límites materiales… ¿¡Qué digo!?… ser estos límites materiales y tener la mala fortuna de que los neurotransmisores me funcionen de la forma que lo hacen… haciéndome que vea lo que me rodea de un modo que desconozco si los demás llegan a ver… vamos, en realidad, más que “ver” “sentir“.

Tal vez en estos días en los que (y ya era hora) hace un poco del auténtico frío invernal, la mayoría de mis congéneres “vean” el asunto como parecen verlo la mayoría de los que me rodean, es decir: “¡hay que ver qué frío hace!” y todo lo que en relación con la esencia de ese mensaje se suele decir. Incluso, alguno, entrevistado por esos profundos pensantes que son los periodistas televisivos, llega a quejarse de la situación como si la responsabilidad del frío y la nieve fuera de algún organismo público que o bien ha promovido la llegada del aire siberiano o bien no ha querido cerrar el grifo de la nieve. Y, por supuesto, mil voces y reflexiones sobre la influencia del cambio climático.

Quien escribe se para a “cogitar” sobre el asunto y lo primero que piensa es que las quejas son algo a lo que antes se calificaba con una palabra que descargada en realidad de su significado literal, ahora sería tildada de eso que llaman “homófoba” (no sé quién se lo inventó, pero nadie se ha parado a pensar que su significado etimológico está más cerca de señalar el odio o animadversión hacia los seres humanos en general que hacia un grupo específico con una cierta inclinación sexual) ¿Qué son unos pocos grados por debajo del 0 para quien puede abrigarse o refugiarse en un lugar con calefacción?

Y el que escribe, sigue. ¿Cambio climático? Pues, bueno, quizás. ¿Pero nadie recuerda haber pasado más frío que ahora? Parece como si la historia de la Tierra hubiera empezado ayer… a alguno le trasladaba yo en el tiempo 40.000 años atrás, sin moverlo del sitio en el que está… bueno, sí, tendría que moverse un poco hacia arriba para poder situarse en la superficie de la capa de hielo que cubría permanentemente la latitud en la que hoy se queja (y hace 40.000 años no había vehículos de combustión ni fábricas)

En lo que alguno podría empezar a decirme que estoy un poco perjudicado de las neuronas es en la afirmación siguiente: me encanta este frío, hasta me parece poco. Sí, mi ánimo sube unos cuantos enteros su cotización. Camino por la calle (sí, claro, abrigado… aunque no exceso) y disfruto de la sensación del aire frío sobre mi rostro.

Pero, ¡ah!, los neurotransmisores me matan. Porque junto a esa sensación positiva viene de pronto el volcado de memoria física y el cerebro se me pone en azul, se reinicia y me transporta a momentos en los que esa sensación, ese frío ambiental, ese “olor”, ese “sonido” del aire, del viento, de las ramas desnudas de los árboles o de la tupida y oscura cobertura foliar de cipreses, abetos, pinos… era marco de un caminar distinto al huérfano de hoy, en coordenadas geográficas añoradas, en circunstancias distintas, tal vez ni mejores ni peores; pero impulsoras en cualquier caso de eso que vengo en llamar “angustia añorante”.

Pero no debo ser el único que sufre esta extraña recurrencia de recuerdos “integrales” desencadenada por una pequeña brizna de vida en forma de casi cualquier “cosa”. No, no debo serlo cuando el retratador de la vida que es San Joan Manuel ya dejó “melodiada” esa “angustia añorante” que hay en las pequeñas cosas…

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