DIE IN VRBE

Nacimiento mío en el ager fue; extraña por ello mi estancia en la urbs me semejó.

Roma. El nombre suyo en todo el orbe resuena y la idea de paz, orden y legalidad en las mentes de los no ciudadanos provoca.

Por la Vía Apia a la loba llegado fui.

(iiiiiiiii traductio, in temporis)

Había rendido un tributo a Venus en uno de los mediocres lupanares a los que mi peculio podía aspirar. La mañana pintaba fresca aunque soleada cuando acomodando mi túnica a la percha de mis huesos salí por la mohosa puerta de aquel antro. Vagué por las calles empedradas hacia el centro de la ciudad: no quería marcharme sin contemplar los mármoles del foro. Los carros con harina, con vino, con carne, iban avanzando, casi al mismo ritmo de mis pasos, para suministrar de recursos a las tabernae… y Roma se iba desperezando. Pude ver una de las patrullas “limpiando” una esquina de los restos destripados de un desafortunado viandante nocturno que debió tener un fatuo encuentro con alguna partida de maleantes; también contemplé, evitando con dificultad la carcajada, cómo uno de mis compañeros de madugada recibía sobre su cabeza el vaciado de excrementos arrojado por alguna ventana de una ínsula. Y una sinfonía de olores fue ribeteando el discurrir del tiempo y de mi avance: humedad, moho, excrementos y orines (de caballos, asnos y… eso que venimos en llamar personas), semen desperdiciado, humores vaginales, rescoldos de hogueras, primeros humos de primeras hogueras para propiciar el rompimiento del ayuno nocturno, sudor rancio de los muleros y demás patulea de la primera hora… Pero mis presas corporales empezaron a solicitar alivio a la contención de la noche. Y yo, acostumbrado a mear y cagar casi donde me venía en gana, me veía de pronto perdido en la duda de dónde plantar el pino que mi cuerpo exigía con urgencia. Y poco más allá lo vi: uno de esos lugares públicos para soltar la inmundicia producida por el cuerpo. Acostumbrado a acuclillarme tras un matojo y soltar compuertas, aquello me pareció algo extraño. Sí, los transeúntes parecían ignorar mi presencia y hasta la suya propia; iban a lo que iban y se acabó. Pero ya me costó entrar viendo aquel pedazo de númida que guardaba la entrada. No, no me dijo ni pío, pero su mirada examinadora me pareció que traspasaba mi piel y marcaba con un “te he visto y sé a lo que vienes” las mismísimas paredes de mi corazón. Si no hubiera sido por las apreturas me habría ido en busca de las murallas para salir fuera del recinto de la ciudad o de alguno de los solares producidos por el derrumbe de alguna de esas ínsulas construidas con suspiros en lugar de cemento y ladrillo. Ya era todo un reto remangarse la túnica y bajarse las bracae delante de los “asistentes”; pero era casi imposible concentrarse en la faena viendo a todos entrar y salir, sentarse, apretar… No, no era capaz, a pesar de los esfuerzos; pero tenía que hacerlo. Ahí entraba uno, se sentaba, tras la operación de liberación de barreras de tela, hacía un gesto leve, una mueca, y se oía el “plof” producido por la parte de sus entrañas que caía en el canal de agua que arrastraba los restos de la cena del día anterior. Intenté concentrarme en el ruido del agua que corría bajo mis posaderas y el de la que discurría por el canalillo central sobre el que se apilaban varas con pedazos de esponjas clavadas (algo que a primera vista me recordó los espetones con carne de jabalí que me habían saciado en mi pueblo hacía tres noches). Por fin, mis tripas hicieron el trabajo que mi cabeza era incapaz de ordenar y con una cierta explosión arrojaron su carga. Sé que me ruboricé, porque el calor de mis mejillas era inconfundible, cuando dos de mis compañeros de “fatigas” giraron el rostro al escuchar el estruendo… ¡ellos, que llevaban un buen rato apostillando cada frase de su aparentemente animada conversación con sonoras ventosidades que habían llegado a provocar la curiosa mirada del númida de la puerta. Pero, bueno, el paquete ya estaba entregado. No tenía más que probar la sensación producida por la ceremonia que había observado hacer a los que me habían precedido en la finalización de la tarea. Cogí una de las varas con esponja, la mojé en la canalillo y me la pasé repetidas veces por el valle que forman mis nalgas. Conforme a lo que parecía estipulado, dejé aquella esponja, con las evidencias marrones del uso dado, sobre el poyete y comencé a acomodar mis prendas. Un cierto escalofrío acompañó a mis gestos cuando vi cómo uno de los esclavos recogía, entre otras, la esponja que había conocido partes de mi cuerpo que yo no había visto jamás, y procedía a enjuagarlas en el chorro del caño que alimentaba el canalillo central… sus manos liberaban las esponjas del tinte marrón que las adornaba… me giré, casi al borde del vómito, y me dirigí a la puerta. La mirada del númida fue casi tan locuaz como el gesto de su mano: había que pagar por cagar… hurgué en mi bolsa y deposité en la palma de su manaza un as que pareció perderse en el infinito. Y de vuelta a la calle pareció como si hubiera transitado un túnel de tiempo: allí donde una cagada antes había cuatro carros y tres caminantes, había ahora un amasijo de gentes, carros, caballerías… Parecía como si una presa se hubiera desbordado y su contenido de personas se desparramara por las calles hacia el foro… me lancé a la corriente, rumbo al centro, preguntándome si aquellos olores eran producto de la suma de pestilencias de los que me acompañaban o fruto de una mala operación con la esponja…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: