TIROS, INSENSATEZ Y THE BEST (INVASIÓN A LA TIERRA – BATTLE L.A. – LA BATALLA DE LOS ÁNGELES)

Uno ve cine para entretenerse, normalmente sin pretensiones grandilocuentes… y más vale porque por lo general guionistas, productores, directores y actores van guiados esencialmente por hacer un trabajo lo más pulcro posible, sí, pero esencialmente rentable. La fórmula la entendió especialmente bien la industria cinematográfica norteamericana que pronto se convirtió en el epicentro del cine mundial y hoy sigue siendo la fábrica de $ueños por antonomasia. Eso del cine de autor, del cine con fondo sociológico, filosófico, etc. se quedó para los monstruos europeos, auténticos dioses de culto de los cinéfilos; pero infinitamente menos rentabilizadores de su producto.

Puesto esto en cabecera, enfentrarse a una película como Invasión a la Tierra debe llevarnos directamente a la primera frase de la entrada y olvidarnos de cualquier otra consideración. Sin embargo, desde que la vi, me han comido las entrañas algunas reflexiones.

El argumento no resulta nada original. Viene a ser como una versión actualizada de La Guerra de los Mundos o de Independence Day: Unos extraterrestres malos malísimos invaden la Tierra, machacan a diestro y siniestro, llevando la situación al límite de la aniquilación; pero al final, el triunfo humano deja en ridículo la inicial superioridad tecnológica de los alienígenas. Por supuesto, todo esto sucede en los Estados Unidos del Norte de América del Norte cuya  potencia bélica es puesta a prueba, llega al límite de la derrota, pero termina siendo triunfadora con la mediación de una intervención heroica, a la par que inteligentísima, de alguno de sus probos ciudadanos.

No hay que buscarle tres pies al gato, desde luego, ni pretender veracidad, credibilidad, racionalidad, coherencia…

Hoy en día las infinitas posibilidades infográficas y de animatrónica redireccionan el mérito en las superproducciones desde el derroche y el ingenio a la hora de hacer maquetas y jugar con los efectos visuales hacia la capacidad de los especialistas informáticos para dar forma a las ideas de guionistas y directores. En este sentido, no cabe sino elogiar determinados aspectos de la estética y los detalles visuales algo tenía que salvarse.

La película está catalogada como de Ciencia-Ficción… Ficción, sí que es; pero Ciencia… Podríamos tratar otros detalles, pero baste con una afirmación emitida por un supuesto científico: “Quieren nuestra agua, La Tierra es el único lugar del Universo en el que el agua se encuentra en estado líquido en superficie…” ¡Toma ya!. ¿Para qué una aseveración tan peregrina? No tiene sentido, entre otras cosas porque cualquier forma de vida en este universo precisa agua líquida… los extraterrestres también… es más, precisamente quieren el agua para obtener energía, para alimentarse… ¿es que antes no la tenían?

En cualquiera de los ejemplos de películas en las que se produce una invasión extraterrestre, como es el caso, queda de manifiesto la superioridad tecnológica de los alienígenas, una superioridad que no precisaría ninguna demostración específica: el simple hecho de que sean capaces de desplazar grandes naves, gran número de medios bélicos y un ejército numeroso implica una potencialidad tecnológica a la que el ser humano hoy por hoy no le llega a la suela de las botas espaciales, ni le llegará, al paso que vamos, en siglos. Al fin y al cabo, por el momento sólo hemos sido capaces de enviar de una sola vez tres hombres a la órbita de la Luna y hacer a dos de ellos bajar y subir de su superficie; de esto hace ya cuarenta años y después de ello todo nuestro alarde tecnológico espacial ha sido pasear por la órbita de nuestra propia casa y enviar sondas automáticas a la superficie de Marte y a la órbita de otros planetas del Sistema Solar.

Sin embargo, los superavanzados extraterrestres, tras un viaje de años-luz desde su lugar de origen demuestran una estupidez supina: despliegan un sinfín de medios bélicos mecánicos, eso sí, muy avanzados y extremadamente eficaces durante parte del desarrollo de la trama. Son tantos, tan certeros, tan resistentes por sus medios de defensa, que hay que freír a tiros a cada individuo para reducirle (en este sentido la película me recordaba aquella de Starship Troopers, de Paul Verhoeven, de 1997). Naturalmente hay que rendir tributo al estilo de videojuego de “marcianitos” tan asociado a este tipo de entretenimiento; porque es evidente que si una civilización tan avanzada quisiera hacerse con el control del planeta, eliminando a los seres humanos, pero manteniendo los recursos, utilizaría probablemente algún sistema de guerra biológico-genética que produciría la muerte de los humanos como consecuencia de una pandemia… ¿Para qué destruir las infraestructuras y gastar recursos?

No merece la pena, al menos aquí, entrar en la cuestión de si una civilización capaz de viajar en el espacio desplazándose años-luz de distancia no intentaría algún tipo de contacto que buscara entendimiento, conocimiento, etc. y no destrucción…

Lo voy a dejar. Sólo una cuestión más. La industria cinematográfica norteamericana piensa en su propio mercado y en clave de mentalidad estadounidense en la fase de redacción del guión, en el rodaje y en la distribución inicial. Luego, sabedora del potencial cautivador de los efectos grandilocuentes, tentaculea el mercado internacional. Y sí en este tipo de películas de invasión extraterrestre o de catástrofes apocalípticas, los guionistas, hoy en día, tiempo de globalización, hacen guiños a una cierta conciencia internacional con algún comentario sobre la presencia invasora en otros países; pero irremediablemente, es entre Atlántico y Pacífico y Río Grande y Paralelo 49 Norte donde tienen lugar los hechos principales y donde irremediablemente se da con la tecla que salva a la Humanidad. Y es que los norteamericanos reflejan sistemáticamente en sus películas un concepto del mundo ciertamente chauvinista: el Mundo son los Estados Unidos y unos cuantos suburbios más (especialmente los suburbios de Japón, Reino Unido y Francia, con ocasionales referencias a Rusia o hasta a España), hacen ejercicio de autocrítica; pero siempre son ellos los mesías, the best.

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