MI CUENTO DE LA TORTUGA

Se sentía completamente satisfecha de su condición.

¿Qué le importaba que le llamaran lenta, pesada, perezosa…?

Ella se sentía plena y segura con su queratinoso caparazón: era la casa perfecta.

Allí estaba ella y sólo ella, no podía entrar nadie. Si quería, podía encogerse en su interior. dormir, descansar, meditar; si no, podía sacar la cabeza y las patas y desplazarse con tranquilidad, sin prisas, hasta el lugar habitual de suministro alimenticio.

Aquello de tener panza y espalda acorazadas le proporcionaba una protección total. Si notaba llegar algún peligro, alguno de esos inoportunos linces, o de esos malolientes y tozudos jabalíes, bastaba con encogerse y confiar tranquilamente en la prestancia de la concha que le vino de regalo al nacer y que una adecuada alimentación mantenía dura como una piedra.

Sí, sí, todo confianza, todo tranquilidad, todo ausencia de temor ante los depredadores… hasta que llegó aquella fría mano con cinco dedos…

Aquella mano estaba al final de un largo brazo conectado con un cuerpo carente de caparazón y con una boca nada temible… nada parecido a aquellos colmillos del lince o a los dientes del jabalí. Aquella cabeza tenía unos ojos que se acercaron, escudriñando su caparazón…. parecían de confianza, no amenazantes, así es que no pudo evitar asomar ligeramente su cabeza y cruzar con aquel ser una mirada de mutua curiosidad.

Pero de pronto, aquella cara que se dibujaba frente a ella esbozó una mueca sarcástica, la mano que la sujetaba le dio la vuelta y la depositó en el suelo boca arriba, encajando su caparazón en un pequeño hoyo… no hubo manera de deshacer la postura: sus patas, por más que las agitaba, no conseguían como en otras ocasiones balancear el caparazón hasta encontrar algún punto de apoyo para darse la vuelta; su cuello se estiraba inútilmente, intentando forzar la liberación de aquel estatismo insoportable… Sus fuerzas fueron decayendo paulatinamente.

Mientras, aquel monstruo traicionero contemplaba sus angustias y se reía triunfante, orgulloso del poder demostrado sobre la vida y la muerte.

Ella, miró al cielo y, ya carente de fuerzas, se abandonó esperando la oscuridad.

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