DE RELIGIO ET DEVS (XIV). NIHIL OBSTAT

La escritura fue parida hace más de 5.000 años. El arco geográfico que va del Golfo Pérsico al Nilo fue el escenario del parto. El barro, la piedra, la madera, el papiro, fueron superficies sobre las que afanosos escribas se esforzaron en dejar constancia de inventarios, entradas y salidas de los almacenes de los templos-palacios; después, esos trazos cuneiformes o jeroglíficos sirvieron para dejar impronta (casi) indeleble de normas jurídicas y religiosas (al principio imposibles de separar) y para asentar los anales en los que rememorar la historia (casi siempre la parte elogiosa) de los mandamases promotores.

¿Quién leía lo escrito? Sólo un reducido grupo de “iniciados” conocedores del código de transcripción. En algunas fases de la historia que media de entonces al siglo XV de nuestra Era (“nuestra” “Era”) el número de “people” capaz de leer lo escrito alcanzó un cierto porcentaje sobresaliente, siempre de forma excepcional y tremendamente restringido. Teniendo en cuenta la dificultad para copiar lo escrito, la sistemática destrucción accidental o intencionada de textos, hubo más de 20 siglos en los que casi nadie sabía… NI PODÍA leer.

De este modo, fue casi siempre la transmisión oral la encargada de perpetuar historias y de difundir normas.

El ciudadano de a pie, por lo general, se guiaba por lo que le decían que era verdad; por lo que le decían que tenía que cumplir, por lo que le decían que tenía que creer.

Nada puso excesivamente en riesgo los sucesivos sistemas de creencias, mientras quienes organizaban y controlaban los mismos eran quienes dictaban lo que había que pensar. Hasta que nuevos artífices de sistemas ganaban enteros e imponían sus propios diseños (casi siempre refritos de lo anterior, adaptaciones interesadas de esquemas mentales ancestrales)

Es relativamente fácil controlar a una masa de analfabetos. El “no entiendo nada de lo que dice; pero habla muy bien y debe tener razón” ha valido casi siempre más que “no he entendido lo que ha dicho, voy a informarme bien, no sea que me esté engañando“.

Y así, por más que hubiera una buena cantidad de documentos básicos sobre los que formarse opinión, la dificultad de acceso a los mismos y la comodidad de “que me lo den hecho” impedían al ciudadano acceder a información alternativa. Ese es el caldo de cultivo ideal para las religiones.

Pero he aquí que en el siglo XV un ciudadano alemán ideó un sistema de impresión con tipos móviles que revolucionó el tradicional sistema amanuense de copia y permitió multiplicar ad infinitum las copias de un mismo texto, lo que posibilitó la difusión de ideas al margen de las oficiales. Gutenberg hizo posible que más gente estuviera próxima al conocimiento… craso error para los sistemas de creencias firmemente establecidos. Hasta entonces, la religión dominante en la Europa de Gutenberg tenía algún que otro “problemilla” con las distintas herejías que surgían aquí y allá por cuestiones de interpretación de esos “clarísimos” textos “inspirados” por un Espíritu Santo empeñado en confundir a los seres humanos y dar pie a discusiones, persecuciones, matanzas… por algo tan “fundamental” como si Jesucristo tenía una naturaleza humana o divina o ambas o si había adquirido dichas naturalezas antes, durante o después…

Así, con la difusión de ideas, no es extraño que se disparara la disensión. Casi de la mano del parto tecnológico de Gutenberg, otro alemán (Luther, Lutero) puso en solfa a la Iglesia (por razones más que “sangrantes”), propuso su reforma y dio pie a la división  que volvió a sumir a los mortales en la tesitura de rebelarse contra lo establecido y someterse a una nueva autoridad, o defender lo establecido y seguir sus premisas. Leer, pasó a ser, para buena parte de los europeos (e inmediatamente para un creciente número de americanos y de naturales de otros lugares del Mundo, en proceso de “recepción” de las bondades organizativas e ideológicas europeas) algo tremendamente peligroso. La forma de mantener los dogmas e impedir la difusión de las “herejías” era la de prohibir la lectura de todo aquello que no pasara el “análisis de calidad”. De este modo, infinidad de obras escritas, por un “quítame allá esas pajas“, pasaron a estar incluidas en el “Índice” de libros heréticos, de modo que quien estuviera en posesión de algún ejemplar de tamaña abominación podía terminar tan chamuscado como los tomos que una vez confiscados eran entregados al apetito purificador del fuego. Sólo aquellas obras merecedoras del sello “NIHIL OBSTAT del censor podían llegar a los ojos de un piadoso lector.

Leer permite al individuo que lo hace formarse opiniones. Si uno no se conforma con una opinión, sino que lee opiniones alternativas, tendrá más elementos de juicio…. ¡peligro!  ¡Nada peor que SABER para dejar de CREER!… porque si dejas de escuchar los refritos doctrinales en los que se toman por los pelos (sólo los pelos adecuados) los textos sobre los que presuntamente se basa cualquier Fe, y LEES las fuentes, conoces su génesis, su evolución, su tratamiento… terminarás por no CREER y buscar más SABER…

Hay que poner la “X” en la casilla adecuada…. dinero para buen fin con mala intención; o para buena intención con dudoso fin… ¡enfín!

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One Response to DE RELIGIO ET DEVS (XIV). NIHIL OBSTAT

  1. caligae says:

    buen post;cohones!!!
    no me quito el sombrero porque no tengo.
    saludos.
    caligae el apóstata.

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