ESQUIVANDO ESQUIVAS ENCRUCIJADAS

Esquivando presencias, voces y miradas,

cada día discurre,

llevándome de mi nada

a la nada.

Una décima de segundo basta

para que el devenir de los hechos de la jornada

siga una senda u otra…

Todo es encrucijada.

Pulsé el botón de llamada del ascensor. Miré el reloj. Las acciones cotidianas para el cierre de la jornada de trabajo debían de haberse desarrollado más rápido de lo habitual puesto que salía algo más de dos minutos antes que la mayor parte de los días.

El ascensor paró para recogerme. Seguía por delante del horario previsto. Las puertas se abrieron y, horror, el habitáculo no estaba vacío. No, no sólo no estaba vacío, sino que escasamente quedaba espacio para mí.

Las puertas se cerraron detrás de mí y allí quedé frente al reparto del nuevo episodio de la serie de mi vida.

El trayecto se me hizo eterno. Como siempre en estos casos, movía indeciso mi mirada del techo al suelo por no cruzarla con ninguno de mis compañeros de viaje que, por otra parte, se debatían en las mismas dudas. Pero lo que era imposible evitar era escuchar la intrascendente, insulsa y banal conversación tachonada de estúpidas risotadas de dos de las tres mujeres, dueñas del espacio y los decibelios. En uno de los vaivenes verticales de mis ojos, no pude evitar detenerme fugazmente en uno de los viajeros cuyos ojos, clavados en lo alto, parecían buscar refugio en el interior de su cráneo, expresando así la desesperación, por mí compartida, de no poder huir de aquel envolvente sinsentido.

Por fin, las puertas dieron cobertura a mi huida al abrirse, ya en el hall. El insufrible calor del exterior golpeó mi cuerpo, malacostumbrado durante toda la jornada al artificial aire fresco del interior; mas, no había otra que aguantar en el trance hasta el siguiente espacio tecnológicamente enfriado: el autobús.

Pero había que esperar en la parada. Un nuevo requiebro de lo que venimos en llamar destino hizo que la irregularidad del servicio municipal, me ofreciera la imagen del vehículo alejándose irremediablemente… El adelanto de mi horario no había servido de nada… O tal vez era necesaria la combinación de minutos de anticipación mía y del autobús…

La parada, recién limpiada de intrusos para mi vida, me acogió, embutido en mi música insertada en los oídos.

Mi mirada, perdida en el infinito de las sombras reverberantes de los árboles en el asfalto, reparó de pronto en unos pies parados a mi lado; levanté la vista y su figura fue cobrando forma delante de mí. Hablaba, pero yo sólo veía sus labios moverse. Extraje los auriculares y el caudal de su voz llegó a su destino. Me disculpé por obligarle a repetir su saludo y le compensé con el mío. Intercambiamos frases protocolarias mientras mi mente almacenaba para mi auto tortura las imágenes de su pelo claro y largo despreocupadamente repartido a los lados de sus hombros; de sus labios, carnosos y ondulantes ribetes de su sonrisa; del óvalo de su faz, definida por gráciles líneas; de su cuello, en tránsito; de sus hombros parcialmente velados por pelo y tela; de sus senos sólo adivinados en su proporción perfecta tras la tela…

No llegó a transcurrir ni un minuto. Irremediablemente se iba. Se iba en bicicleta, pero se iba ya. Mis consejos de precaución por la ausencia de medios de protección no eran, claro, argumento para retener a la paloma que ya casi volaba.

Su despreocupado gesto al levantar la pierna para colocarse sobre la bicicleta dejó que por un ínfimo instante contemplara sus piernas y, más que ver, adivinara la prenda oscura que cubría la esquina entre sus dos muslos.

Se fue. No pude seguir su marcha con mi mirada porque la incomprensible cadencia de los autobuses traía, sin casi distancia con respecto al perdido, un nuevo barco hacia mi realidad.

Sentado al fondo, solo, como mandan los cánones de mi existencia, mantenía en la retina su mirada y en mi médula el escalofrío que uno de sus reflejos había producido en mi esperanza.

La rutina volvió a ser rutina. Por el sortilegio del espíritu del tiempo, volvía a estar en “mi tiempo”: una recogida antes, dos autobuses adelantados y un espejismo… y todo había vuelto al riguroso, sufrido y mortal orden.

Las posteriores alteraciones de ese orden, fortuitas o intencionadas, no lograron repetir la convergencia de hechos… y las intenciones de nadie movieron ninguna de las clavijas que hicieran de la esperanza un consuelo.

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