IDENTIDAD, PRAGMATISMO, OPORTUNIDAD

Que Cataluña constituye una realidad específica, individual, intransferible, insoluble, es algo que nadie con dos dedos de frente puede negar. Es más, bajo mi punto de vista constituye una de las realidades más encomiables del orbe en el que estamos.

Como en tantas cuestiones y aspectos vitales, el maestro Joan Manuel supo definir el talante y trasunto vital del pueblo del que forma parte y de cuya misma sangre participa:

Mil años hace que el sol pasa
reconociendo en cada casa
el hijo que acaba de nacer,
que el monte dibuja perfiles
suaves, de pecho de mujer,
que las flores nacen discretas
y las bestias y la luz también.
Mil años para nuestro bien.

En cada valle una gente
y cada cala esconde
vientos diferentes.

Mil años, que el hombre y la guerra
dieron lengua y nombre a la tierra
y al pueblo que rindió a sus pies,
la plata del olivo griego,
la llama persa del ciprés.
Y el musulmán lo perdió todo,
la casa, el sueño y la heredad
en nombre de la cristiandad.

Íberos y romanos,
fenicios y godos,
moros y cristianos.

En paz descansen esplendores
de amor cortés y trovadores.
Dueños del camino del mar,
no había pez que se atreviese
a transitarlo sin llevar
las cuatro barras en el lomo.
Descansa en paz, ancestral grey
vendida por tu propio rey.

De mártires y traidores
enlutaron tus campos
los inquisidores.

Mil años hace que el sol pasa
pariendo esa curiosa raza
que con su llanto hace un panal.
Y de su sangre y su derrota,
día de fiesta nacional.
Que con la fe del peregrino
jamás dejó de caminar,
de trabajar y de pensar.

Empecinado,
busca lo sublime
en lo cotidiano.

Mil años hace y unas horas
que con manos trabajadoras
se amasa un pueblo de aluvión.
Con sangre murciana y de Almería
se edificó una exposición.
Ferroviarios, labradores,
dulces criadas de Aragón,
caricias de este corazón.

Y lágrimas oscuras
de los andaluces.
Y la dictadura…

Patria pequeña y fronteriza,
mil leches hay en tus cenizas,
pero un soplo de libertad
revuelve el monte, el campesino,
el marinero y la ciudad.
Que la ignorancia no te niegue,
que no trafique el mercader
con lo que un pueblo quiere ser.

Lo están gritando
siempre que pueden,
lo andan pintando

por las paredes…

… O con pancartas y senyeras…

Son versos que subliman la esencia de la catalanidad de hoy.

Un catalán no es un “agarrao” (“la pela es la pela”), no es un cabezadura, no es un egoísta… es un catalán.

No es fácil entender determinadas actitudes sin una visión histórica a la par que actual, pragmática…  El problema es que determinados sentimientos, en momentos críticos, pueden ser hábilmente manipulados por visionarios, por individuos convencidos de haber sido elegidos por los dioses para consumar la conquista de la Troya del futuro.

Artur Mas se ha mostrado como ese visionario que quiere jugar la carta del destino. Él sabe que propone una entelequia y, espero, sabe que la viabilidad de su propuesta es nula. Prefiero pensar que es un hábil  negociador (como lo han sido los catalanes de todos los tiempos, especialmente cuando surcaban las aguas del Mediterráneo, haciendo valer con venecianos y genoveses su capacidad comercial) y que ha echado un órdago para conseguir dinero, aprovechando momentos especialmente delicados de la economía española general y catalana en particular, desviando la atención hacia asuntos de raíz, sí, pero canalizables en otros parámetros, y así hacer fuerza para conseguir más poder económico (no se puede minimizar la “coherencia” de la aprobación en la misma reunión del Consell Executiu de la convocatoria de nuevas elecciones y de la petición de “rescate” al fondo de liquidez español; o sea, pongo la marcha adelante hacia la independencia respecto a ti; pero pido que me des dinero antes de irme…)

Cataluña es una de las regiones españolas más pujantes, más emprendedoras. Eso le ha hecho tradicionalmente ser una de las regiones más ricas. Naturalmente, en un Estado con regiones tan ricas pero tan poco eficaces con sus potencialidades como Andalucía o Extremadura, el intento de equilibrio ha supuesto siempre la inversión de los beneficios de las regiones pujantes en las más desfavorecidas. Décadas de sacrificio en ese sentido ponen a prueba la capacidad de solidaridad de cualquiera. Ver que tus impuestos no son suficientes (en teoría) para permitir, por ejemplo, que puedas entrar y salir de Barcelona sin tener que pagar un peaje de autopista, mientras otras regiones viven del subsidio, que se nutre, entre otros, de tus impuestos… cuesta asimilarlo… Pero forma parte del trasunto de pertenecer a un Estado (cuya esencia intentaremos analizar a continuación).

Ayer hace hoy y hoy debería ser consustancial con ayer.

Cataluña ES por una sucesión de circunstancias históricas que hicieron que determinados condados de la llamada Marca Hispánica, vinculada con el Imperio Carolingio, se transformaran en entidades independientes que por la gracia de un tal Vifredo el Velloso terminaron por convertirse en condados unidos por la soberanía del mismo conde (soberanía personal del conde; no soberanía de un pueblo o una nación, cuyo concepto aún no habían parido los tiempos en el sentido moderno del término) Las relaciones familiares entre la nobleza circundante terminaron haciendo converger a los territorios catalanes con los condados aragoneses, manteniendo su especificidad. A lo largo de la Edad Media, la desigual, multiforme y compleja suma de estructuras de poder: la Iglesia, la aristocracia y la monarquía, además de una pujante burguesía comercial; unido a la progresión reconquistadora que incorporó Valencia y Baleares, fraguaron en la formación de una entidad multilateral con Aragón, Cataluña, Valencia y Mallorca como esquinas diferentes forjadoras de un conjunto… y el final de la Edad Media trajo la unión dinástica de los dos grandes ámbitos monárquicos peninsulares: la Corona de Castilla y la Corona de Aragón. Un primer paso de una progresión de convergencias que con diferentes implicaciones y formas llevaría en un siglo a la unificación dinástica de toda la Península Ibérica (Navarra a principios del siglo XVI; Portugal desde 1580 a 1640) Pero bien empleado está el término “unión dinástica” puesto que la realidad no era la de una unificación territorial plena, sino  que todos los citados territorios, junto con el resto de los que constituían el Imperio de los Austrias, se encontraban bajo una única autoridad monárquica; pero mantenían sus especificidades jurídicas.

El Despotismo Ilustrado trajo consigo, entre otros aspectos, el de la idea de homogeneización legal y centralidad administrativa y económica. Los territorios peninsulares de la Corona Española no eran precisamente un ejemplo de esa idea cuando tuvo lugar la Guerra de Sucesión tras la muerte sin herederos de Carlos II. El triunfo del pretendiente Felipe de Borbón (Felipe V) trajo consigo (al menos parcialmente) esa nueva filosofía de Estado… Por ello, entre otras cuestiones, entre los territorios hispanos que se oponían a la candidatura dinástica de Felipe estaba Cataluña… y, precisamente, la toma de Barcelona por las tropas borbónicas el 11 de septiembre de 1714, es el hecho del que parte la celebración de la llamada “Diada de Catalunya” (de ahí los versos de Serrat, reproducidos más arriba: “Mil años hace que el sol pasa / pariendo esa curiosa raza / que con su llanto hace un panal / Y de su sangre y su derrota, / día de fiesta nacional”)

Vino después el liberalismo, el crecimiento de la burguesía y la Revolución Industrial. Y Cataluña fue siempre a la proa de los avances sociales y económicos. Su pujanza y la merma de la de otras regiones españolas atrajo hacia sus industrias a gentes llegadas desde todos los rincones de España, que forjaron ese “pueblo de aluvión” y dieron manos y sudor a la industria catalana. Pero surgió también el nacionalismo; fruto de una ancestral identidad cultural y de las concepciones liberales en las que la burguesía, pujante económicamente, ambicionaba también un poder político que sentía mermado desde el centralismo administrativo, también propio del liberalismo que les alimentaba.

El siglo XX hizo de las ideologías un trasunto multipolar y en el caso del nacionalismo catalán llevó a una popularización de la conciencia identitaria.

Esa identidad, sin embargo, no fue excluyente ni secesionista, por más que celosa de su especificidad. Así, cuando en 1931 Francesc Macià, en las críticas jornadas de la proclamación de la II República Española, proclamaba el Estat Catalá, no lo hacía como una entidad independiente, sino incluida en una pretendida Federación de Repúblicas Ibéricas. Y cuando Lluys Companys proclamó en 1934 la República Catalana, lo hizo expresando inmediatamente después “dentro de la República Federal Española

Los años de la Dictadura de Franco, acabaron con cualquier traza de autogobierno catalán, poniendo fin a la autonomía otorgada a Cataluña por la II República, y alimentando las posturas más radicales mientras intentaba acallar las voces más serenas.

La Constitución de 1978 dio el marco legal para que Cataluña, al igual que otros territorios españoles, alcanzara un nivel de autogobierno que para sí quisieran entidades territoriales tildadas de Estados dentro de Repúblicas Federales. Pero hemos llegado a 2012 con una clase política miope, tanto en Barcelona como en Madrid (que, dicho sea de paso, no tiene la culpa de ser la capital en la que residen y malgobiernan esos miopes; y, es más, es tan perjudicada en cuanto al destino de sus impuestos, o más, de lo que lo pueda ser Cataluña), una clase dirigente que parece mirar sólo para sus bolsillos y el de los amigos y no para el interés real de sus ciudadanos.

Bajo una perspectiva histórica, económica, cultural y popular, Cataluña es una parte vital de España. Esto es innegable para cualquiera que analice con serenidad, sin apasionamientos, cada uno de los aspectos citados. Es una parte específica, individual, particular… y tiene derecho a que esa identidad sea reconocida… pero no como algo fuera de la realidad histórica a la que pertenece. Porque España no sería España sin Cataluña… y Cataluña, seguramente dejaría de ser lo que ha venido siendo fuera del Estado al que llamamos España.

En un mundo que tiende a converger parece absurdo hacer lo contrario. Casi sería más coherente  promover la integración de Portugal en una realidad federal peninsular que poner fronteras donde hoy no las hay.

Pero no hay más de lo que hay. El futuro lo construirán los ignorantes simplemente por ser mayoría. Por más que su opinión se fundamente en una suma de desconocimientos y estereotipos alentados por los que deberían dar ejemplo y orientar sus acciones a la consecución del bienestar de sus ciudadanos y la solidaridad con los demás.

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