ÁFRICA

¿Qué se me ha perdido a mí en África?

Pero no hay otra. U obedeces o te colocan el cartel de desertor y te pegan una andanada de tiros antes de que te la peguen en el frente.

Para alguien como yo, sin una perra gorda, el rescate es impensable. El Tomás, el hijo del Tomatero, tuvo la suerte de que su madre se supo camelar a la señorita de la Alameda y le pagó el rescate. A saber qué tuvo que hacer a cambio.

Pero yo estoy aquí, en esta mugre de barco rumbo a Tetuán para que me apuntillen los cabileños.

No hace tres días que desyuntaba los bueyes después de arar los campos del amo de padre (el muy cabrón podría haberse estirado un poco y haberle dado a mi padre el parné) y cuando llegué a casa madre me tenía preparado el ato y me dio la cena mirando para otro lado, escondiéndome los ojos para que no los viera hinchados y rojos por el llanto de diez días seguidos, desde que llegó la cédula de citación. Nos despedimos como si fuera a volver por la tarde, como todos los días… Y no sé si volveré a ver a ninguno de los dos. El pueblo me pareció un fantasma colgado en la falda de la montaña. Teodoro no abrió la boca en todo el trayecto hasta la estación del tren, como si lo que transportara fuera ya el muerto que todos me consideraban desde que se enteraron de que me iba al África.

Un día de traqueteo, de hollín y de camino de hierro interminable y en menos de lo que hubiera deseado, estaba mostrándole las credenciales al cabo en el puerto de Málaga.

Y aquí voy, con el resto de la carne fresca para el despacho de filetes. Huele a mierda de mula (las tratan mejor que a los de dos patas) y a mierda de cagalera de todos los que se van por la pata abajo sólo de pensar en los cuchillos de los moros.

Anastasia se va a quedar esperando a un novio que volverá en caja de pino si es que no le dejan tirado en el campo de batalla en el que le despachen.

Me pregunto si las estampitas de santos y vírgenes que madre metió en mi bolsa mediarán antes y mejor que el Alá al que adoran mis seguros verdugos.

….

Han pasado dos meses desde que llegué a estas sudorosas tierras que se derraman desde los altos montes del Atlas. Me enseñaron a manejar el fusil en dos patadas y casi me dieron la patada en el culo para que fuera al frente. Y ahora llevo casi dos meses encerrado en esta posición. El Monte Arruit le dicen; “Arruinado” le diría yo. Tengo en los ojos aún la imagen de la carnicería en Annual. No sé cómo salí con vida. Vi caer a sargentos, a capitanes y a miles de compañeros. Todos huíamos como ratas y aún me pregunto por qué si superábamos uno a cuatro a los rifeños.

Milagrosamente llegué a este monte donde nos hicimos fuertes y donde llevamos casi dos meses olvidados del mundo. Las tripas me encogen el alma porque no les doy nada sólido desde hace días. Y ya no queda más que beber los orines de las mulas para que este calor de Agosto no nos haga hervir la sesera dentro del cráneo.

No hay más. Sabía que llegaría. A estos ya no hay quien les pare.

¡Y no va a venir nadie a socorrernos!

Melilla está a la vuelta de la esquina y ninguno de esos aristocráticos generales va a gastar una gota de sudor en venir a salvarnos. ¿Para qué? ¿Para que quedemos alguno de los testigos que puedan contar la mierda de Annual?

No me queda munición. Los pocos oficiales que quedan están por la labor de rendirse.

No sé ni una palabra de la jerga que hablan estos tíos; pero no me gusta el tono ni las miradas que se echan unos a otros. Se supone que nos hemos entregado y que deberemos ser tratados como prisioneros de guerra (me pregunto si no sería mejor, en cualquier guerra, que los simples soldados como yo, a los que ni les va ni les viene lo que pase, no nos rindiéramos nada más llegar al frente: ¿qué harían los generales sin tropa? ¿qué les dirían a los políticos que les mandan a defender sus intereses?)

El “olfato” no me fallaba. Nos van a pasar a todos a cuchillo. Éstos no quieren prisioneros Tampoco se lo reprocho; yo mismo le rebané el pescuezo a unos cuantos “rendidos” y le separé de su cuerpo a una de esas cabezas barbudas. Me llegará el turno y la sangre se me fugará por el cuello.

¡Malditas estampitas! ¡Maldita guerra! ¡Maldita vida!

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