VUELTAS A SEIS MIL KILÓMETROS POR MESES

Gotea el infierno.

No sé cómo esculpir cielos sin tierras, ni tierras sin nadie.

Las nubes no existen porque sólo hay una que envuelve el horizonte, una nube gris oscuro que hace que límites de kilómetros se hagan paredes de una estancia colindante.

Se me hace difícil concretar en mi mente la relación entre la hora de ahora y la luz que transpira la nube que da color a mi vida.

Estoy demasiado lejos. Casi no hay más lejos con vida.

Hasta hace unos días el orden de pasos del día se acomodaba a una realidad ecuánime. Hoy no sé si quiero volver o quedarme eternamente en esta antesala del infierno. Aquí suena mejor la música y sabe mejor todo. ¿Qué son los proyectos prendidos de promesas eternas? ¿Qué sería de la Historia si siempre se hubieran respetado los tratados?

No, no quiero volver y no hay más remedio.

Tendré que hablar… y lo peor es que no hará falta que hable, porque lo verá todo con sólo mirarme.

Da igual, no hay más, ¡que zurzan al tiempo, a la vida y a sus habitantes!.

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