ELLA

Decididamente, soy dueña de mí misma.

Me siento más fuerte que en ningún otro momento de mi vida. Es, casi, como si fuera la dueña del Mundo, la diosa que decide lo que sucede, lo que es bueno y malo; lo que está bien y lo que está mal.

Hoy me he apeado de mis sueños, despertando a un día que luce como ninguno antes. Me he estirado en la cama, bajo el amoroso abrazo del edredón y he acariciado todo mi cuerpo, sin más intención que la de sentirme a mí misma. Me he levantado con toda la calma que me da el horizonte de un día sin compromisos y he dado los pasos necesarios para llegar al baño. Aliviar mi vejiga, repleta tras la noche, ha tenido, como algunas otras ocasiones, la percepción casi erótica de la vinculación de la evacuación con los pliegues y terminaciones nerviosas del centro último de mi feminidad. La ducha , breve, pero intensa, me ha transportado durante unos segundos a los instantes de sueño vividos minutos antes… y mientras el agua atomizada impactaba en millones de minúsculas gotas sobre mi rostro, he vuelto a ver las escenas de un sueño tranquilo, apacible, soberbio… El “¡clin!” del microondas al finalizar su función me ha llevado a la oleada de calma que el olor del café con leche recién calentado me aporta casi siempre. He consumido pausadamente mi tostada integral con margarina rica en Omega 3 y mi mermelada light, mientras revisaba una vez más el Vogue del mes. Luego, con la calma del tiempo estirado por la ausencia de prisa alguna, me he apostado ante el espejo del baño, con las portezuelas y cajas abiertas mostrándome el abanico de posibilidades de color y textura de mi batería de maquillajes, mascarillas, tintes y demás aditamentos modeladores de la estética de mi ser material. Una esmerada sesión de no más de veinte minutos y estaba dispuesta para completar la ceremonia con la incorporación sobre mi piel de los tejidos que envolverían me cuerpo.

Me he puesto en contacto con la calle, con un aire fresco que ha acariciado mi rostro y me ha hecho sentir una reacción inevitable debajo de mi blusa, obligándome a cerrar la cazadora. He caminado con resolución, sintiendo las miradas lascivas de unos y envidiosas de otras y he experimentado el convencimiento de estar sublime sin interrupción, cual era, sin duda, mi propósito. Mientras caminaba, sentía la fortaleza de haber subyugado la voluntad y los sentimientos de ese puñado de seres con más carne en la entrepierna de la que concibo soportable, de esos sensiblones que piensan con, precisamente, ese exceso de carne; esos que con su “mente” han muerto por mis huesos, mi piel y, sobre todo, mis molduras… esos a los que he tenido a mi lado, he utilizado en la medida de mis necesidades y he terminado apartando de mi vida. Nada hace sentir más fortaleza que el dominio sobre los sentimientos de los demás, y yo soy dueña de parcelas de los sentimientos de más de uno. No puedo evitar esbozar una socarrona sonrisa recordando esas cartas, esas notas manuscritas, esos sms, esos whatsapp, y esas expresiones por teléfono en las que esos peleles lamentan “haberme perdido” y parecen vagar por los pagos de la desesperanza, a punto de cortarse las venas… o dejárselas largas. ¡Pobrecitos!, sufren… pero lo bueno es que sufren por mí. Y yo camino y me digo “¿¡Y a mi qué más me da!?, vuelvo a ser yo, señora de mí misma, sin tributos sentimentales para nadie… sólo para quien me parezca y para lo que me parezca…

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