UN DÍA DE INVIERNO

Burgos. Catedral entre ramas nevadas

Adoro este frío.

Esta ciudad me aporta casi todos los elementos que me hacen la vida un poco más agradable.

Los primeros pasos de Noviembre y, en cualquier caso, los de Diciembre, suelen traer, además del frío, las sucesivas sábanas de nieve que arropan los tejados, los jardines, los paseos…

Como tantos días del final del otoño y del invierno he apurado las acciones del inicio del día para salir a pasear bien temprano. Me he echado al coleto el último sorbo del café del desayuno antes de las nueve, me he enfundado el percal de mi ya ajado abrigo, y me he liado al cuello la bufanda que me tejió mi prima para mi cumpleaños. Bajando las escaleras, me he acomodado el bombín, procurando darle la inclinación adecuada y cuidando de no descolocar la verticalidad de mis orejas, y, finalmente, antes de abrir el portal, me he enfundado los guantes (tengo que decirle a mi tía que le haga un remiendo al derecho, porque el descosido es ya demasiado grande entre el pulgar y el índice) y en el primer contacto con el aire exterior he ajustado los espacios interdigitales con un movimiento sereno pero firme; me he subido las solapas del abrigo y comenzado a caminar atravesando la nube de vaho que mi resoplido ha generado en el aire frente a mí.

El Arlanzón baja aún líquido, lamiendo unas orillas completamente blancas. El cuartel de Caballería a mi izquierda se me antoja un fogón calentado por los cientos de acémilas que se desperezan y cuyos relinchos y resuellos llegan hasta la calle… no he podido evitarlo y ante el gesto torcido del centinela de la puerta he asomado la vista vislumbrando el patio donde un precioso jerezano blanco piafaba ante su domador mientras ambos humeaban su transpiración a la gélida mañana.

Cruzar el Puente de San Pablo, camino del Teatro Principal, me evoca siempre la gesta cidiana. No sé, pienso que no adornaría mejor este punto de la ciudad que una escultura de Don Rodrigo Díaz; creo que mejor ecuestre, por hacer honor a Babieca, y aún mejor si blandiera la Tizona en actitud resuelta, marcando a los suyos el camino del injusto destierro… y a los suyos los colocaría, eternizados en piedra en cada uno de los arcos del puente… sin duda hoy Alvar Fáñez o Martín Antolínez velarían su faz con la fina capa de nieve que cubre el pretil del puente; pero ahí estarían, anunciando la partida cargada de honra de su señor campeador. Quizás algún futuro alcalde sepa adornar este rincón con las imágenes de la epopeya…

El Teatro Principal siempre suena cuando paso ante él… será que mi cabeza recrea las veladas en sus butacas, disfrutando de una zarzuela o un concierto, cuando los pudientes eras otros que los parcos reales que hoy medio me sostienen…

La castañera despereza su hornillo y parece decidida a vencer la humedad ambiental dándole yesca al invento para ofrecer sus pequeños consuelos calientes (uno no sabe si lo que paga es la media docena de castañas asadas o el rato de proximidad al carbón ardiente… pero aún le queda un largo rato para que merezca la pena acercarse.

Paseo del Espolón… blanco suelo flanqueado por un entramado de plátanos desnudos, ribeteados por la nieve…. y a veinte pasos ante mí, al final de un reguero de huellas de chapines y el lamido de los pliegues de su capa (máculas de la casi virginal sábana blanca) la vi caminando despacio, paseando su porte señorial. Me percaté de la presencia de un par de individuos que  sin duda no paseaban, sino que velaban por la seguridad de la dama… Seguí caminando, creía que al mismo paso; pero sin duda lo aceleré imperceptiblemente para mi consciencia… ella parecía recrearse en sus pasos, que ya podía escuchar sobre la nieve… No tuve tiempo para llegar a responder mi propia pregunta sobre si decirme a alcanzarla, saludarla e iniciar con ella una amable charla… Sí, creía conocer bien ese porte, ese palmito; su espalda, la compostura de sus hombros bajo la capa, su tocado, adivinado bajo el sombrero, la cadencia de sus movimientos… sí, era sin duda mi sueño inalcanzable, demasiada aristocracia en su joven persona para un miserable como yo… La doncella, que la alcanzó corriendo, con un cucurucho de churros en la mano, cortó cualquier posible intención… Bajé la cadencia de mi paso y continué a unos veinte de ella hasta el Arco de Santa María; allí, mientras su cortejo se adentraba en la Plaza Mayor, sin duda rumbo a alguno de los negocios de modistas o quién sabe, yo seguí caminando, con el Arlanzón acompañándome a mi izquierda, hasta el Espolón.

Unos minutos en la proa de la ciudad, con el aire gélido esculpiendo los surcos de mi faz, la mirada en el infinito y el pensamiento en el pasado, siempre mejor; el presente, siempre malo; y el futuro, cada vez menos esperanzador. Unos minutos y la resolución de girarme y correr en busca de esa efigie fugaz… Pero el seso se conforma con la nada cuando la nada tiene para ofrecer, y la imagen de mí mismo corriendo sobre la nieve y alcanzándola en los soportales de la Plaza Mayor para confesarle lo que mi alma siente desde que la vi por vez primera, se quedó en eso, en imagen…

Largo rato después, con la cara acartonada por el frío, las orejas a punto de romperse y los huesos congelados, reanudé los movimientos que no debería haber detenido. Volví sobre mis pasos, entré en la Plaza Mayor por el Arco de Santa María y me dirigí hacia Capitanía. Me topé con el recién inaugurado Café España, entré, pedí un manchado y me senté. Sobre el mármol de la mesa desplegué el Diario y transité por las líneas impresas sin más atención que la de la mosca que se afanaba con los granos de azúcar caídos entre ellas…

 

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