PERSEGUIDO… ABRAZADO

Hace unos días que alguien me sigue. La primera vez que tuve la sospecha caminaba por la calle sin rumbo. Me detuve a mirar un escaparate y al ir a reemprender la marcha me llamó la atención una figura parada en mitad de la acera, a lo lejos. Durante unos segundos, permanecí mirando en su dirección, como si algo imantara mi mirada. Sentí como si la punta helada de un cuchillo recorriera mi espalda de arriba abajo. Continué mi camino; pero a los nueve o diez pasos no pude resistir el impulso y volví la vista atrás… la figura había desaparecido. Caminé unos pasos más; pero el sordo dolor de mis tripas, siempre acompañándome, se intensificó especialmente tras no más de dos manzanas. Era como si todo mi aparato digestivo se contrajera a la vez; y, como si fuera una naranja sometida a presión, terminé derramando el jugo de mi estómago entre dos coches aparcados. Una manzanilla en un bar próximo mitigó el mal sabor de boca.

*****

Pasaron un par de días y aquel episodio se me había olvidado por completo; pero aquella situación volvió de golpe a mi mente, acompañada de un estremecimiento, cuando, en el andén del metro, en el momento en el que el tren hacía su entrada en la estación, observé la misma figura, mirando hacia donde yo estaba, al otro extremo del andén. Dudé por un instante, miré hacia el vagón y volví a mirar en dirección a la figura… ya no estaba. Pensé que habría subido al tren y yo, en el último instante, conseguí hacerlo entre las dos hojas de la puerta que ya se cerraba. Recorrí el tren hasta el otro extremo en busca de mi perseguidor; pero no lo vi… Sin embargo, al llegar a mi estación, mientras el tren recorría el andén aminorando la marcha, volví a verla. Era imposible, no había subido y no podía saber adónde me dirigía. Me pareció eterno el tiempo que el tren tardó en parar y abrir sus puertas, bajé apresurado y empecé a correr entre la gente que dificultaba mi camino hacia el extremo del andén en el que estaba aquella figura… pero cuando llegué ya no estaba; tal vez había subido a la superficie y me esperaba escondido en algún lugar. Subí mirando hacia todas partes. Llegué al vestíbulo y fui resuelto a mirar tras las máquinas expendedoras y en el recodo del pasillo hacia la otra salida: nada. Mi actitud llamó la atención del vigilante de seguridad.

– ¿Le sucede algo, señor?

– Eeeh, no… buscaba a alguien – le respondí

– ¿Alguien escondido?

– Bueno, sí, tal vez.

– Yo he estado aquí desde hace un buen rato y no he visto esconderse a nadie. ¿Cómo es?

En ese instante me di cuenta de que no era capaz de describir la figura. Era consciente de su corporeidad; pero no sabría decir si era hombre o mujer, si iba vestido o vestida de alguna manera especial; ningún detalle…

– No sé. Bueno. Había quedado con un amigo y al no verle pensé que se habría escondido para gastarme una broma – dije, intentando finalizar con aquel vigilante una conversación que había dejado de tener sentido.

Llegué a casa con una extraña sensación de inseguridad. Sin embargo, en cuanto percibí el calor del interior de mi refugio, me calmé. Una calma tan relativa como siempre; una calma acompañada de mis sempiternas molestias intestinales, últimamente empeñadas, con especial intensidad, en recordarme su existencia.

Me desvestí y me preparé un café bien caliente. Con la taza entre mis manos me acerqué a la ventana para saborearlo mientras contemplaba el exterior. Por un momento, sentí la paz de saberme guarecido en mi reducto mientras, fuera, el frío y la oscuridad se iban adueñando del barrio. Tras unos sorbos, me vino a la memoria una de las ideas que durante la mañana en el trabajo me habían sugerido un punto de partida para una nueva historia; tenía que ponerme a escribir. Di un nuevo sorbo al café y eché un último vistazo a la calle… la taza se desplomó, haciéndose añicos al impactar contra el suelo, esparciendo el café por todas partes… ¡allí estaba!… otra vez esa figura, bajo la farola, mirando hacia mi ventana… si era algún maldito periodista, iba a saber cómo podía gastármelas… corrí hacia el cajón donde guardo mi cámara, nerviosamente le coloqué el teleobjetivo, volví a la ventana; allí seguía; comencé impaciente el ritual de pulsaciones a los botones que prepararan una cámara que llevaba dormida al menos un mes; miré el display: todo correcto; apunté el objetivo, moví el zoom, y disparé, y disparé, y disparé… Bajé la cámara y volví a mirar hacia la figura; ya no estaba. Es igual, pensé, ya te tengo en mi tarjeta SD, con una resolución de 14 megapíxeles. Quería verlo en condiciones, así es que saqué la tarjeta y la introduje en la ranura del PC. Apareció la lista de archivos en el monitor, hice doble clic en el archivo de la primera imagen y el visor me devolvió una perfecta y nítida instantánea, con todo lujo de detalles… del suelo de la acera junto a la farola… ¡imposible!. Seguí abriendo, una y otra vez, las cinco capturas… el encuadre era correcto; pero la figura no estaba.

Mis intestinos me recordaron que era un ser vivo con necesidades fisiológicas… y más que recordármelo me lo gritaron, porque tuve que salir corriendo hasta el trono de porcelana… por un momento me pareció que se me iba a derramar todo mi interior… aquello era un caño de agua; sucia; pero agua… Los retortijones hacían que todo mi abdomen pareciera estar siendo amasado por las manos de un gigante… un frío intenso comenzó a trepar por mi espalda, llegó a mi nuca y recorrió mi cabeza… mi vista comenzó a nublarse y un millar de puntos luminosos empezaron a danzar delante de mí…

Me desperté en el suelo del baño. Un repugnante olor me envolvía. Me senté. Tenía el pantalón del pijama por los tobillos y la piel de mis nalgas tocaba directamente el suelo. Me incorporé pesadamente. Era evidente que ese nauseabundo olor procedía del retrete, en cuyo fondo aparecía un oscuro cargamento. Presioné el pulsador y el agua de la cisterna se encargó de llevarse por los desagües el origen de aquel “aroma”. Puse en marcha a toda su potencia el extractor de aire y me metí bajo la lluvia templada de la ducha.

Estaba ya enfundado en el albornoz. Me dirigí a la cocina para prepararme un desayuno. Pero no tenía ganas de comer nada, así es que me calenté un café y, como de costumbre, me acerqué a la ventana para tomármelo. El día había amanecido con una leve bruma que confería al ambiente esa luminosidad mortecina que tanto me gusta. Sólo ese sempiterno y sordo pinchazo en el bajo vientre limitaba la tranquilidad de aquel instante. De pronto, me di cuenta. Estaba plantado en el mismo lugar que la noche anterior, junto a la ventana, pero en el suelo no había rastro de taza ni de café desparramado. Fui a la cocina, conté las tazas de la alhacena… faltaba una. Tuve que apoyarme en el refrigerador. Contuve un momento la respiración para aminorar mi ansiedad. Ya calmado, apuré el café, enjuagué levemente la taza y me dispuse a introducirla en el lavavajillas… dentro, en el lugar correcto, estaba la taza que completaba el menaje… Tal vez todo había sido un sueño.

Pasé el día, un día festivo, relativamente tranquilo. Viajé por mis mundos intransferibles, escribí, leí y disfruté de una película. Casi me olvidé por completo del sueño, o de lo que fuera; pero no pude olvidarme, claro, del variopinto muestrario de molestias de ese paquete que transporto debajo de mis pulmones.

El día siguiente comenzó con la normalidad rutinaria del sonido de la alarma del móvil, el cansino y dolorido movimiento de mi cuerpo para salir de la cama, la ducha, el café junto a la ventana, la salida de casa, el camino hasta la parada del autobús, la espera leyendo en mi libro electrónico, el tránsito hasta el trabajo y los ires y venires; dimes y diretes de una jornada laboral sin demasiadas circunstancias reseñables. Pero la rutina de una jornada de diario se truncó en el viaje de vuelta. El autobús llegaba calle abajo y tuve que (¿tuve que?) correr para evitar una espera de veinte minutos. Subí jadeante, pasé el abono y me senté casi sin aliento. Aún con la respiración dificultosa me dispuse a comenzar mi lectura. El autobús llegó a la siguiente parada. Despreocupadamente alcé la vista de las líneas dibujadas por la tinta electrónica… aun necesitando más aire, mi respiración se detuvo: allí en la parada estaba la figura que me perseguía,  quieta, mirándome a través de los cristales. El autobús arrancó, volví mi vista hacia la parada; pero la figura ya no estaba. No sabía hacia dónde mirar, era evidente que la figura no había subido al autobús. ¿Cómo había desparecido?. Siguiente parada: otra vez la figura… y así una detrás de otra todas y cada una de las paradas… excepto la que esperaba mis pies. Bajé aturdido, mirando a un lado y otro de la calle. Nada, la figura no estaba por ninguna parte. ¿Y es que debería estar?. Empezaba a confirmar mis sospechas de que todo era fruto de una alucinación; pero ¿por qué?.

Entré en el ascensor de casa doblado por el punzante dolor que se había apoderado de mis tripas; mientras las puertas comenzaban a cerrarse, miré al frente: allí, al otro lado de la cristalera de la puerta del edificio, estaba mi figura perseguidora. Los pinchazos de mis intestinos y un creciente mareo dificultaban la maniobra de introducir la llave en la cerradura; pero al fin, el calor del hogar me engulló. Cerré impulsivamente el sistema de seguridad de la puerta y sin quitarme el abrigo me tumbé en el suelo, abrazando mis piernas. El dolor era creciente y sentía algo que tal vez podía definirse como pavor. Pasaron unos minutos. El dolor aumentaba. Me incorporé por etapas; pero nada más plantarme de pie tuve que salir corriendo hacia el baño: no llegué; en la puerta, mi boca se convirtió en una especie de manguera que expulsaba con violencia lo que parecían mis propias tripas. Llegué junto al retrete; pero parecía que ya no quedaba nada que echar… pero sí, si quedaba, una nueva bocanada chapoteó en el agua depositada… y otra más… Al fin parecía que llegaba la calma, pero una nueva arcada terminó con mi consciencia, todo se puso negro…

Mis ojos se entreabrieron. Estaba en el suelo del baño. Volví a cerrarlos, Estaba completamente derrotado, no podía moverme. Recordé que había estado vomitando… y me lo recordaron mis intestinos, aún doloridos, y mi boca, con un mal sabor insoportable. Debía de haberme levantado instintivamente para ducharme y tal vez no había cerrado el grifo, porque sentía que el suelo a mi alrededor estaba mojado. Sí, el agua debía de estar empapando todo a mi alrededor. Palpé el suelo y sentí en mi mano la humedad líquida. Abrí de nuevo los ojos… mi mano se presentaba ante ellos completamente roja… no, no era agua. Me senté en el suelo con dificultad, estaba en un charco de sangre… había vomitado sangre… y ésta debía de haber salido no solo por la boca…

Sentí una angustia nunca sentida con la misma intensidad; una angustia que superaba con creces el dolor de mis intestinos… y de pronto, percibí una mano en mi hombro.

Antes de que pudiera volver la cabeza, todo volvió a nublarse y noté cómo mi cuerpo se escurría.

El dolor me despertó; era insoportable, parecía que todo mi ser iba a estallar. Una voz envolvió mis sentidos. Sí, mis sentidos. Porque era una voz que no sólo se oía; era capaz de olerla; podía sentirla como si la tocara…

– Ya está. Tranquilo. Todo está a punto – sonaba como una melodía.

Noté cómo flotaba desde el baño hasta la cama, cómo era depositado sobre las sábanas…

*****

He abierto los ojos un momento, lo suficiente para ver ante mí la figura… Sé que esa figura ha sido la que me ha trasladado a la cama… sé que es la que me ha venido persiguiendo estos últimos días; la que estaba en la calle, bajo la farola, en las paradas de autobús… y la que ha pronunciado esas palabras olorosas, tersas. sabrosas…

“Tranquilo.”

“Todo está a punto”.

Y la que ahora me dice “Se acabó”, mientras avanza, como marcándome el camino, hacia una intensa luz…

etreum

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