CASABLANCA. ESPERABAN…

El cine me subyugó desde que soy consciente de mí mismo.

No me preocupó nunca en exceso el análisis técnico de las películas… siempre me gustó contemplarlas con el corazón abierto para sentirlas más que para analizarlas.

Banda sonora, iluminación, puesta en escena, dirección artística, efectos especiales, ambientación, vestuario, guión, psicología de los personajes… siempre me pareció UN TODO que me entra por los sentidos y no algo que desmenuzar, por más que, obviamente, pueda hacerse.

Dicho esto, como declaración de intenciones y actitudes, valga para ésta y las próximas reflexiones, si las hay, sobre aquellas películas que tienen un lugar especial en mi memoria…

Esperaban en Casablanca… esperaban… esperaban…

La fatigosa superposición de la banda sonora doblada y el fondo musical original fueron probablemente lo primero que me llamó la atención cuando descubrí el contenido, la realidad y la esencia de una película que se resistió a mis ojos hasta que mi tercera década estaba más que mediada.

Y en ella, en la sucesión de sus fotogramas, esperaban… esperaban… esperaban, personajes-tótem, situaciones referenciales y frases para apostillar e ilustrar mil momentos.

Humphrey Bogart e Ingrid Bergman eran entonces, claro, figuras sin tacha de los que colocaba en el panteón de los grandes; pero todavía eran elementos de valor diverso en el balance de mis sentimientos. Humphrey era una especie de sombra de esas películas en blanco y negro… de cine negro y negras tardes de domingo. E Ingrid era “luz de gas” y un rostro que enamoraba mi alma adolescente con pinceladas freudianas.

Y como en otros tránsitos de mi vida, tuvo que ser otro ser medianamente sensible quien me descubriera una vertiente de sensaciones y sentimientos hasta entonces ignorada. No es que tal ser fuera alfombra de coherencia; pero al menos tenía esas áreas de sensibilidad de las que han carecido tantos otros seres con los que he compartido parte de mi deambular mortecino por esta antesala de la nada que llamamos vida.

Desde aquella primera vez que contemplé todos y cada uno de los fotogramas, desde el escudo con “WB” hasta el “The End“, tras ver perderse en la niebla a Rick y a Louis, Casablanca se convirtió en la número 1 de las películas de mi “ráncking” particular.

Su contemplación ha llenado muchos momentos en los que el espejismo de la felicidad se me dibujaba con sol tras cortinas que reflejaban la esencia de la única vida que he vivido.

En otras etapas ha sido compañía única de solitarios ojos contempladores, o torrente de compartidas melancolías con amistades en aquel momento tenidas por sinceras.

Tal cual me sucede con las canciones, las situaciones descritas en las películas parecen buscar hormas de adaptación a mis circunstancias vitales… y el transfondo de desgarrado desamor vencido por la responsabilidad y asumido con altruismo, resignación y coraje, me gritó siempre; aún en los momentos más claros (¿presagios, certezas, lamentos?)

En su versión original, con la banda sonora íntegra, Casablanca me pareció (y me parece) perder buena parte de la esencia con la que llegó a mi alma; y la sentí más profunda en las versiones dobladas al español… sí, porque hay varias versiones: las censuradas durante la época de Franco (1946, 1966) y la que transcribe (de esa manera que los que se llaman intérpretes transcriben los diálogos) la versión original (1983) (además de alguna otra en eso que ha venido en llamar español latino). Las tres versiones tienen sus peculiares posos, sus específicas matizaciones de las escenas cumbre de la película. No es sólo que en las “tradicionales” se atribuya a Rick su participación en el Anschluss de Austria por Alemania en lugar de su compromiso con las Brigadas Internacionales en la Guerra Civil Española… es que las voces no son las mismas… las modulaciones, inflexiones, ritmos, dan a las frases una fragancia específica en cada caso. Y cualquiera de las tres subyuga… pero quizás la de 1966 sea la que compila más rasgos emocionantes.

Muchas son las frases del magnífico guión de Koch y los Epstein que han pasado al acervo de expresiones que ilustran, marcan, modelan.

Una de las más famosas y luego mal llevada, como en tantas ocasiones sucede con eso que se llama “sabiduría popular”, es la de “tócala otra vez, Sam“. En realidad, la expresión es de la película de Woody Allen Sueños de un seductor, en Casablanca, Ilsa (Ingrid) y Rick (Humphrey) le piden a Sam, en dos momentos distintos, que interprete “As time goes by“… en ninguno de los dos casos utilizan “again“… Le piden: Ilsa casi le suplica y Rick le ordena, que la toque: “Tócala, Sam“, “Play it, Sam” o definitivamente “Play it“… y eso conduce a la interpretación de una de las canciones más significativas y con una melodía más rompedora; con versos tan concluyentes como

(…)

A kiss is just a kiss
A sigh is just a sigh

(…)

It’s still the same old story
A fight for love and glory
A case of do or die

Guarda la esencia enmarcada por las voces originales…

O por el doblaje en español…

o por el doblaje en español de América…

¿Frialdad?_

– Yvonne: “¿Dónde estuviste anoche?
– Rick: “¿Anoche? No tengo la menor idea. Hace demasiado tiempo
– Yvonne: “Y, ¿qué harás esta noche?
– Rick: “No hago planes con tanta antelación.

¿Sarcasmo?

Recuerdo cada detalle. Los alemanes iban de gris. Tú ibas de azul

– Louis: “Dígame, Rick, ¿qué le ha traído a Casablanca?
– Rick: “Vine a Casablanca a tomar las aguas.”
– Louis: “Pero… ¡si Casablanca es un desierto!
– Rick: “Al parecer me informaron mal.

¿Lamento?

Of all the gin joints of all the towns, in all the world; she walks into mine.

Rick buscó el refugio del silencio y la distancia en medio de la locura de la guerra y, abandonado por el amor que le había hecho llenar París de los besos y suspiros que pasaron as time goes by, encontró acomodo en Casablanca. Neutral, de nacionalidad “borracho“, buscó su prosperidad material en un lucrativo negocio de juego, copas y música y el consuelo de lo cotidiano en el ajedrez, la ginebra y los encuentros carnales sin compromiso. Su neutralidad le lleva a “no jugarse el cuello por nadie” y por eso hace de Pilatos (pero sólo a medias) ante la caída de un “amigo”, de un negociante con sueños llamado Ugarte. El negocio va bien y la connivencia con la autoridad local, representada por el Prefecto de Policía, un aprovechado “bailaelagua” de nombre Louis, le permite vadear, haciendo equilibrios, eso sí, el marcaje del todopoderoso y omnipresente III Reich…

… todo le va bien… pero rumbo a América, como tantos y tantos presentados al inicio del metraje, aparece por su establecimiento un héroe de la resistencia, un checo con empaque, con prestancia, con orgullo y con fuerza, un Viktor Laszlo que no puede reprimir el arrebato de contrarrestrar una altanera marcha nazi, con la callada aquiescencia de Rick, con una enfervorecida interpretación de La Marsellesa… bajo la mirada atenta, embelesada y prendada por la admiración de su esposa…

de su esposa… aquella que creyendo muerto a su marido había iniciado una  historia de amor con Rick en ese París que perdieron y volvieron a recuperar, aderezado por la mezcla de amargura, pasión y esperanza de su reencuentro.

El pequeño mundo–salvavidas que Rick se había construido se viene abajo.. la ginebra, el ajedrez, el tabaco, constriñen un alma rasgada por los recuerdos de un tiempo fugaz de felicidad y esperanza. Se deja llevar  momentáneamente por un resquicio en la actitud de una desesperada, perdida, dubitativa, Ilsa que abriga la posibilidad de elegir un amor por el bien del otro… Mas, finalmente, Rick impone el altruismo inspirado por sus principios y convicciones, mata definitivamente su corazón y abre las puertas al sosiego del alma mecida por el horizonte de bienestar… bienestar tal vez vano pero descargado de más compromisos que los convenidos, por un interés, con un socio o los asumidos con uno mismo… único ser que, en principio, no te va a traicionar.

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