CATALUÑA ¿CON EÑE?

El creciente empuje soberanista en Cataluña ha dinamitado definitivamente el orden constitucional surgido de la transición política producida tras la muerte de Franco.

No hay vuelta de hoja

No cabe la huida hacia adelante, rompiendo a jirones la estructura del Estado. No es factible, en una sociedad democrática avanzada (si es que se pretende serlo), adoptar posturas de fuerza, liarse la manta a la cabeza y declarar una independencia que carecería de consenso internacional, que dejaría a los catalanes fuera de la Unión Europea y que abriría una difícil coyuntura para cualquier gobierno que desde Madrid quisiera ser fiel a su obligación y encomendar el cumplimiento de lo legalmente establecido a quien corresponde por mandato constitucional defender la integridad territorial y la unidad que consagra el actual texto de la carta magna.

Tampoco cabe la componenda al margen de la Constitución y las leyes, haciendo interpretaciones falseadas por permisivas o a cualquier rocambolesca prestidigitación con el texto constitucional en vigor; algo que convertiría la propia Constitución en puro papel mojado si no en papel con el que limpiar …

Lo que está claro es que la actual estructura territorial del Estado está ya definitivamente dinamitada y eso es algo que hay que afrontar, que no hay que tapar con componendas o aplazar bajo la filosofía tan al uso de los lamentables políticos que nos gobiernan: “el que venga detrás que arree”

De nada vale ya intentar convencer a nadie de las supuestas razones históricas argumentadas para defender cualquiera de las posturas posibles. Sí, Cataluña no tiene una independencia que “recuperar” porque nunca la tuvo entendida en el marco del actual derecho público; pero es innegable su específica identidad. No es que se trate de una identidad que sea necesariamente excluyente de la del resto de España, a la que da razón de ser. Porque no hay una realidad “española” opuesta o distinta de la “catalana”, porque la realidad española es la suma de las identidades de gallegos, asturianos, cántabros, vascos (hasta vizcaínos, guipuzcoanos, alaveses), navarros, riojanos, leoneses, catellanos, extremeños, valencianos, canarios, andaluces, murcianos, manchegos, mallorquines… ¿o es que lo “español” es identificable sólo con unas cuantas de esas identidades? y, si es así, ¿cuáles sí y cuáles no?

Lo cierto es que la identidad catalana lleva piando por su reconocimiento desde que la burguesía industrial fuera catalizando lo que ha terminado siendo una variopinta confluencia de corrientes independentistas, federalistas o autonomistas. Y en los últimos treinta años, la parcial visión de la historia y las razones de identidad (que no se puede justificar por el hecho de que en los cuarenta anteriores se hiciera lo contrario, por mal que estuviera) han germinado en los convencimientos de las nuevas generaciones, educadas en el “Catalonia is not Spain” (expresión que debería apostillarse con “Spain is Catalonia”)

Pero no, no cabe la pataleta por lo mal que unos y otros lo hayan hecho ni perderse en disquisiciones sobre razones históricas. Lo que hay que hacer es reinventar España. Aprovechar la coyuntura para diseñar el Estado de los lustros que medien hasta que de una vez por todas Europa se construya como integración de pueblos y no como suma de intereses capitalistas.

Es necesario emprender un proceso de reforma total de la Constitución, cumpliendo los requisitos que la actual prevé. Son necesarios unos nuevos “padres de la patria” que deliberen sobre la mejor fórmula de imbricación territorial y sobre la forma de Estado. Tal vez sea hora de deshacerse, de paso, de la rémora de una Monarquía obsoleta, poco creíble y un tanto proclive a la corrupción, y decidirse por lo que debió consolidarse en su momento: una República Federal.

Tal vez quepa reprochar al señor Mas haber sido poco oportuno (tal vez muy oportuno para sus intereses) planteando su órdago en momentos en los que otras cuestiones acucian la realidad política española, enfangada en la crisis y una impresentable corrupción de amplias capas de su clase política… pero a lo mejor al final hay que agradecérselo.

Y más vale que esto acabe bien para todos. No sería quizás del todo justo recordarles a los catalanes que cuando un barco se hunde quienes primero salen son las ratas. Ellos ayudaron de un modo esencial al crecimiento industrial de España y son uno de los soportes principales del sistema comercial y financiero español. ¿Que hay que encontrar fórmulas justas de financiación? sí, pero no desde la base de la insolidaridad.

No me gustaría sentirme traicionado por una parte de mis compatriotas (por más que en el fondo me dé igual cómo se organice todo mientras haya justicia y reparto equitativo de derechos y riqueza). Prefiero que se diluyan los nacionalismos en realidades integradoras (que no difuminadoras de identidades), Preferiría una identidad europea integradora en la que se diluyera lo español, lo francés, lo alemán, lo italiano, lo inglés… Y no me gustaría un estadio intermedio en el que tuviera que referirme a España como “España del Sur” (porque sin Cataluña, el resto no sería completamente España) o peor aún “la antigua España”, si la defección catalana fuera sólo el principio de un baile de independencias, como cuando el cantonalismo llevó a la paradoja de un cantón de Cartagena, con Armada, en rebeldía con un gobierno federal, sin ella, intentando poner orden.

ESPALUÑA-CATASPAÑA

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