GATTACA. GENÉTICA Y TESÓN EN BUSCA DE LAS ESTRELLAS

No es necesaria la idea de un dios creador y mantenedor de su creación  para explicar el Universo.

No es el que escribe quien lo dice, por más que esté, desde su modesta posición, plenamente de acuerdo. Se trata de una afirmación que parafrasea otra de Stephen Hawking(1)

La Ciencia, la experimentación, el análisis de la realidad. nos ha llevado a comprender una pequeña parte de los mecanismos que hacen posible lo que nos rodea y a nosotros mismos.

Y NOSOTROS somos un organismo pluricelular, un organismo de organismos conformado de acuerdo a la información codificada en los cromosomas incorporados al núcleo de sus células, y más concretamente en los pares de bases nitrogenadas que constituyen los escalones de la cadena del ADN.

Esas bases nitrogenadas del ADN son Guanina, Adenina, Timina y Citosina, cuya secuencia de ensamblaje determina los datos que hacen de cada ser vivo lo que es como tal organismo.

La secuencia del ADN se expresa en la sucesión de las iniciales de dichas bases… ATGCTAGAT…

GATTACA es, pues, una secuencia de ADN, una secuencia que da título a una obra cinematográfica, uno de los referentes de culto del escribidor de estas líneas.

***

El Hombre (el Ser Humano) se va acercando a pasos agigantados a la posibilidad que la película dibuja: la manipulación genética eficaz en la reproducción, el diseño a medida.

Es obvio que las implicaciones morales de semejante reto chocan con las concepciones dogmáticas de las religiones, todas empeñadas en afirmar la dualidad del individuo (paradójica pareja de expresiones: dualidad procede de dos; individuo de indivisible), es decir, la presencia en cada ser humano de una dimensión física y de otra dimensión metafísica: el cuerpo y el alma. Y esa manipulación genética es vista como una intromisión imperdonable en las facultades supuestamente exclusivas del dios correspondiente.

Pero es cierto que los avances en el conocimiento de los procesos que rigen la vida y especialmente, de la mano de la neurociencia, el papel del cerebro en el control integral del organismo, informan de que no es necesaria la presencia de un alma inmortal para explicar cualesquiera de los procesos que el organismo articula, incluido el pensamiento abstracto y cualquiera de los principios del carácter y las actitudes.

En ese sentido, la manipulación genética para el diseño humano tendría sus implicaciones en el desarrollo del individuo pero no alteraría en lo sustancial la potencialidad vital de cada uno de los seres generados.

La película, con una ambientación, una fotografía (Slawomir Idziak) y, especialmente, una música (Michael Nyman) casi hipnóticas, se mueve, bajo el guión y dirección de Andrew Niccol, en los principios señalados, situando la acción en un futuro “actual”,  En un momento en el que la ingeniería genética ha tomado carta de naturaleza y la reproducción humana ha dado el paso adelante que permite el diseño dirigido. Nada impide seguir “el procedimiento ancestral”, recurrir, en el marco del léxico del film, a engendrar  “hijos de Dios” que se conviertan en “nacidos por fe“, dejando al “azar” de la recombinación genética los rasgos, el carácter y el ser mismo de los hijos, asumiendo los riesgos de las imperfecciones y de las predisposiciones a enfermedades; pero simultáneamente, los genetistas asesoran e intervienen activamente en la procreación si los padres recurren a ellos, pudiendo elegir aspectos como el color de los ojos, el pelo o la piel y eliminando todos los componentes del código que puedan poner en el punto de partida de la vida la programación de una posible muerte por una enfermedad congénita.

Se plantea así la eugenesia activa como alternativa al “lo que Dios quiera”. Pero, claro, esa doble opción, termina creando dos grupos de personas: aquellos que han sido engendrados puros, los válidos; y aquellos cuya carga genética no es perfecta, los no válidos. Puestos así, termina siendo preferente el “carnet genético” limpio a igualdad de condiciones de inteligencia y aprendizaje, con lo que el esfuerzo personal termina siendo inútil ante la barrera de “un análisis de sustancias”, mucho más certero que cualquier curriculum vitae.

Vincent Freeman (Ethan Hawke) es un no válido, engendrado al modo tradicional por unos padres que dos años después deciden tener un segundo hijo. En esta ocasión, aunque no terminan de ver claro que “todo” sea programado, deciden acudir a un genetista. Anton, nace como un válido, sin taras, sin defectos.

Vincent sueña con el espacio, con ser astronauta y no ceja en su empeño aun cuando sabe que sus condiciones genéticas no son las marcadas: estudia, se prepara físicamente… pero todo se empeña en recordarle sus limitaciones. Su hermano le supera (no puede ganarle en su reto de nadar todo lo lejos que sean capaces) y sus intentos de alcanzar su sueño se topan irremediablemente con los análisis de sustancias.

Pero su tesón, su obcecación por conseguir lo que anhela, le empujan a la superación y, por necesidad, al engaño.

A la superación por encima de los riesgos, sirviéndole tal vez de catapulta su victoria final frente a su hermano en el reto de nadar más lejos aplicando una resolución contundente: “jamás me reservé nada para la vuelta“.

Y al engaño porque una sola gota de sangre, un pelo, una célula epitelial sobre un teclado pueden ser fuente de la comprobación de su marchamo de negatividad, de que es un no válido. Por ello, recurre a lo que en el film se denomina “un escalón prestado“, un peldaño ajeno que le acerque a sus objetivos. Jerome Eugene Morrow (Jude Law) es un válido, postrado en una silla de ruedas como consecuencia de un accidente, que conviene en el trato: Vincent se hará pasar por él, aproximándose lo más posible a su estética y, lo que es más importante (sin dejar de lado el sacrificio de una dolorosa operación para alargar sus tibias), prestándole su cuerpo: sus restos de piel muerta, su pelo, su orina,  su sangre y hasta el latido de su corazón para esos análisis de sustancias que, una vez superados, le permiten entrar en la agencia espacial (GATTACA) y alcanzar el éxito merecido por su inteligencia y preparación: ser designado tripulante de una misión de un año a Titán

La trama, no puede ser de otro modo, se enreda con las asechanzas que ponen continuamente en jaque su identidad: un asesinato en la sede de GATTACA apunta, por el hallazgo de un simple pestaña, a “un tal” Vincent, un no válido al que Anton Freeman, convertido en inspector de policía, identifica como su hermano aunque lo oculta. La policía cerca el sueño de Vincent, descubierto y “tapado” por su “naciente” pareja Irene (pronunicado Airín, Uma Thurman) e incluso por el médico de GATTACA, el Dr. Lamar (Xander Berkeley).

Finalmente, el tesón, el empeño, de Vincent-Jerome le llevan a cumplir el sueño y volar a las estrellas. Porque, sí, “no hay un gen del destino“, como bien sabe el auténtico Jerome Morrow, quien, en el estremecedor final, pone fin a su vida, entrando en una ducha incineradora de restos, a la vez que Vincent entra en la cápsula espacial.

Tal vez la moraleja pretenda ser que por encima de la perfección biológica de la ingeniería genética, el “espíritu humano”, el afán de superación, pueden triunfar. Tal vez se quiera transmitir un mensaje de positivismo dualista, en ese empeño, tan propio de la cinematografía norteamericana, de dejar la puerta abierta a lo metafísico… a Dios y “su plan”, a pesar de los abrumadores argumentos en contra… O tal vez, visto desde la acera de la neurociencia, la demostración de que siendo un todo físico y material, nuestro cerebro, físico y material, es capaz de generar las actitudes y “las firmezas” que nos permitan, por encima de los diseños genéticos, alcanzar las estrellas.

Attribution: Zephyris at the English language Wikipedia

Attribution: Zephyris at the English language Wikipedia

(1)”No es necesario invocar a Dios como el que encendió la mecha y creó el Universo” (Stephen Hawking, en El Gran Diseño, obra conjunta con Leonard Mlodinow

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