LUIS FEITO. PASIÓN INTERIOR

Luis Feito - Nº 179 (1960)

Por lo general, a los pintores, a los artistas consagrados, se les conoce en los libros: por obligación escolar, cuando el Arte es una asignatura; o por devoción, cuando el cerebro va uniendo estructuras plásticas con sensaciones pasionales.

No conformarse con el libro lleva a acercarse, en la medida de las posibilidades, al cuadro expuesto en el museo; allí, ante las auténticas dimensiones de la obra, se conoce definitivamente al pintor y a su creación.

Pero a Luis Feito no lo conocí ni en los libros ni en los museos. Alzaría poco más del metro cuando vi por primera vez una obra suya. Rodeados de reses en canal, de ristras de chorizos, morcillas y jamones y cubiertos por sábanas, conservándose tan frescos como las viandas, descansaban unos cuantos hermanos, hijos del autor, en el frío conservador de la trastienda de la carnicería de su padre. Las presentaciones corrieron a cargo de su hermano Ángel, amigo de los de mayúsculas de mi padre: una presentación tan llana y campechana como lo era quien la hacía: “y aquí están los huevos fritos de mi hermano

Y no, no eran huevos fritos, por más que, cual respuesta al test de Rochard, el volumen, el color y la composición pudieran sugerir tal sentencia. Era tal vez pronto para que su esencia me llegara en la medida que por entonces me habían llegado Velázquez, Goya y Dalí, cuando el tamiz visual y cerebral se inclinaba por la realidad tratada; pero lo haría.

Tiempo después, en alguna ocasión estreché la mano creadora (confirmando que pueden con tales gestos transmitirse virus pero no talento) y me prendé de su obra del mismo modo que él mismo afirma crearla: por sentimiento, por impulso, por pasión interior.

Sabía, como sé, de su trascendencia, de su participación en la fundación de la asociación de artistas españoles “El Paso” con Canogar, Miralles, Saura…, de su proyección internacional, de sus incontables exposiciones, de sus premios y honores; pero siempre y antes fue alguien próximo “a través de“. Porque la mayor parte de las noticias sobre sus circunstancias vitales me llegaron a través de esa parte de su familia que en cierto modo era parte de la mía. Así supe de sus estancias en Montreal o en Nueva York, de sus regresos temporales a Madrid, de sus exposiciones, de que alguna de sus obras cobraba espacio en “el Reina Sofía”, o de la inauguración en Oteruelo del Valle (Madrid) de una exposición permanente de una selecta parte de su obra. 

Al lado de esas “noticias familiares” estaba la aproximación a su obra. A sus comienzos figurativos, a sus escarceos cubistas y a su definitiva y prolífica maduración abstracta. A sus ocres, blancos y negros creadores de luz, a sus colores vivos planos de los 60, a sus rojos y negros de geometrías, de explosiones de sentimientos.

Le vi por última vez, hasta la fecha, el 22 de agosto de 2007 Aquel día, él sufría el dolor, el desgarro de la pérdida de uno de sus hermanos, el mismo que “me lo había presentado” y cuya muerte yo sentí como la que treinta años antes se llevó a mi padre, su amigo, casi su hermano.

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Recomendaciones:

Página dedicada a Luis Feito: todo sobre él y su obraaquí

Entrevista y selección de obra: aquí

 

 

 

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