COMPAÑÍA ANÓNIMA DE VIAJE

arepsèodna

Llegué a la parada del autobús. Como otros días, encontré allí a uno de mis habituales compañeros de madrugón y viaje. Según su costumbre, permanecía de pie, el hombro recostando el peso de su cuerpo sobre el panel iluminado de la marquesina, aprovechando la luz para leer con afán, casi diría que con ansiedad, como si se le estuviera acabando el tiempo. Naturalmente, el sonido de mis tacones llamó su atención y me dedicó su habitual mirada distraída, pero con ese par de décimas de segundo por encima del tiempo que correspondería a una mirada sin esa pizca de interés hormonal que el ligero brillo de sus ojos denota. Le miré de soslayo, como lanzando un saludo a medias y me quedé a ese metro y medio de seguridad y de concesión de perspectiva; sí, la suficiente para que, añadiendo la invitación de mi distraída búsqueda de los auriculares, pudiera hacer el breve alto en la lectura para revisarme furtivamente. Me encanta sentir que lo hace de esa forma que parece decir “un pequeño paréntesis para regalarme dos o tres segundos de subidón”.

Es obvio que mi compañero de viaje es celoso del respeto a los turnos: cede amablemente el paso a quien hubiera llegado a la parada antes que él, pero se le ve rezongar, incluso se le oye murmurar quejas despectivas hacia esas típicas señoras que llegan a la parada momentos antes de la llegada del autobús y se apresuran a subir por delante de todos los que llevan aguantada la espera.

Una vez en el autobús y ya sentado, mi compañero de viaje se hunde en los mares de letras y sólo ocasionalmente levanta la vista para acariciar con ella mi perfil, un par de asientos más adelante: siento esa mirada aunque no la vea y la siento como una caricia; pero sé que prefiere seguir leyendo a recrearse en exceso, ni siquiera lo hace cuando pícaramente me siento  frente a él y cruzo las piernas con la intención de que muestren buena parte de su longitud… él mira, claro; sé que sabe que sé que lo hace; pero sé que lo que lee es para él más importante que una dudosa insinuación; porque sé que él sabe que no lo hago más que por una especie de vanidoso exhibicionismo, como un juego: envido a chica sabiendo que nadie las va a querer.

Su última mirada es siempre a través de la ventanilla, nuevamente una fugaz despedida mientras él sigue su viaje y yo, fuera ya del autobús, adorno mis pasos con toda la gracilidad de la que soy capaz y dejo a mis caderas que pronuncien un hasta mañana a la misma hora en el mismo sitio y para el mismo tránsito fugaz.

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