AUSENCIA DE TODO

Las paredes que les albergaron quedaron sólo en un recuerdo. Ni siquera podía volver a cobijarse en sus dimensiones porque aquel edificio, aquellos ladrillos amontonados en orden, no eran ya más que un amasijo informe mezclado con madera, yeso, cemento y piedra en algún remoto vertedero de escombros.

Su imagen no era más que la sombra imprecisa generada por su mente dolorida. Se había llevado hasta la última de las fotografías que ilustraban aquellos momentos de luz, de viento y mar; de sol tamizado bajo las ramas de pinos, encinas y robles; de cristal, de espejo, de mármol… sólo sombras, nada más que sombras que intentaba sin tino reconstruir en su memoria.

Aquella camisa en cuyo hombro había descansado su faz, había perdido el último resto de su lágrima de despedida y su olor sólo podía ser ya imaginado… estuvo allí, prendido en el tejido de esa prenda que ya no podría vestir y jamás lavaría… pero ya no estaba…

Quedaban aquellos cuatro papeles con sólo breves frases, vibrantes pero breves, y tres largos reproches.. curioso legado de intensos años de pasión y complicidad: dos palabras de amor y cien de reproche. Pero aquellas letras quedaron entre todos los demás papeles y pequeños objetos cargados de recuerdos, guardados en aquel almacén sin seguro que el fuego redujo a cenizas sin compensaciones.

Y quedó durante algún tiempo un mínimo rastro al que se aferró sin límites.

Aquel día que por fin se atrevió, que tragó orgullo y hasta casi vergüenza y marcó su número de teléfono, escuchó su voz. No, no descolgó, no hubo un “hola“. Sabía que lo más probable era que al ver el número en el identificador de llamadas no respondería… pero ahí estaba el mensaje del contestador… aquellas breves palabras modulaban un saludo universalizado que analizó mil veces: no había en su ritmo, en la cadencia de sus sonidos, en su entonación, una alegría desbordante, ni una seriedad absoluta; había serenidad; no era la expresión preocupada de aquel día en el que dijo que había conocido a alguien y no sabía lo que sentía; ni la fría, heladora, del día en que sentenció que se marchaba, que ya no sentía lo mismo de antes y se iba a buscarse… por más que supiera que eran otros los motivos… Pero era su voz, esa que guardaba matices de su declaración apasionada un día de invierno y de tantas veces de “nunca-te-dejaré” y “siempre-estaré-contigo“. Y por todo eso no se cansaba de marcar aquel número y escuchar: “En este momento no te puedo atender. Dime lo que quieres después de la señal y yo te llamaré“. Sabía que era la última persona a la que ese mensaje iba dirigido; pero no era el contenido lo que buscaba sino sólo la voz… y tal vez la remota esperanza de que en alguno de los intentos se escuchara un “hola” o incluso un “¡quieres dejar de llamarme, que no quiero saber nada de ti!

Hoy volvió a marcar.

Sólo quedaba ese mensaje y ahora ya no queda nada.

No ha “saltado el contestador”: al otro lado sólo se ha oído “la compañía le informa que actualmente no existe ninguna línea en servicio con esta numeración

tfn

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